11 de junio de 2019

Váyase sin irse


Escuche con atención. Ahora que tengo su atención, ya no la quiero. Retírese, pero quédese. Lo quiero y no lo quiero. Estoy hecho un histérico. Mejor quédese, pero con una tendencia latente a irse. Quédese con la idea de irse, eso es lo que ahora necesito. Si desea quedarse, y yo así lo deseo, mejor sería desear que se vaya después de determinado tiempo. 
Si usted desea irse, y yo deseo que se quede, entonces me armaré de valentía, fingiré indolencia y le abriré la puerta; pero si usted desea quedarse y yo deseo que se vaya, será mejor que acate mis órdenes: 

“Váyase y no vuelva”

Si de lo contrario, usted me hace caso y se va, no se atreva a contradecirme luego, porque irse y volver es peor que no querer irse. Y si se va y no vuelve, mi excentricidad ha triunfado nuevamente. No deje que esto ocurra. Quédese, pero porque así usted lo desea. Yo así lo desearé si usted lo desea de verdad, porque so pena su indiferencia, yo le estaré agradecido de que junte sus petates y se vaya, si así lo desea, claro. 
No se puede ser neutral dentro de un tren que se mueve y posee un destino, una última estación. Le ruego, pero sin rogarle, que se quede y que quiera y desea quedarse, porque este tren se mueve, tiene un destino, y su indiferencia, amado pasajero-lector, es el principal obstáculo en las vías.

28 de mayo de 2019

Confesiones de un no espectador de GoT - Sagasus usted est

He venido hasta aquí para comentarle, querido lector, que tengo la audacia contestataria de dejar constancia de mi no participación (un poco al estilo Cobos) en la renombrada serie del señor Martin, actual widespread content de la cancerígena cadena HBO (existe el cáncer, y muchas veces no se diagnostica en personas, está en el aire). No me hace ninguna gracia admitir la no participación de quien les escribe, y menos en todas las reuniones sociales de las cuales el tedio y el hartazgo hasta la nausea, donde la comida rápida del siglo XXI causan estragos en los débiles nervios de un gentleman delicado. Mi mente ha tenido que soportar con estoicismo las diferentes comparaciones de mi persona con varias formas bochornosas de la existencia, tales como un ermitaño desinformado, una lombriz que genera lastimosa culpa de matarla, o un pequeño pajarillo indefenso. Seguidos de estas aberrantes afirmaciones, injustificadas por cierto, algunos escupitajos a la cara, y otros redobles de tambor que sugerían, en cierto desconcierto, una paliza inminente de los participantes (fans) a los no participantes (yo), pelea notablemente injusta y cuya desventaja tendría que haber previsto antes de emitir una terrible frase:

“Yo nunca vi Got”

Estupefacción. Candor general. Bochorno incontrolable. Caras indignadas. Embarazadas sollozando como ante la tumba del hijo. Mucha sorna, mucho empeño febril en hacer la burla al comandante de la estupidez, de un soldado valiente y abnegado a su nación, pero lo suficientemente atolondrando para ser el centro de atención, y que además, no solo ha tenido el tupé de admitir y también jactarse de que no ha visto una de las series más aclamadas de la historia. Usted dirá: “Pero si no es para tanto, estimado”. Pero cuanta maldad en esas gentes, y cuanta maldad de mi parte también, porque no soy inocente. Como quien busca el odio generalizado, me veo muchas veces en la situación de admitir aquello que todos temen admitir, pero juro solemnemente que lo hago por deporte y que mis intenciones no son buenas. Por eso llevo siempre mi ropa interior adecuada a la ya mencionada filosofía de vida:



El “deporte más sano del mundo”, me gusta llamarlo. Al menos yo lo veo así. El deporte de alzar la voz, incluso cuando la voz está difónica. El deporte de decir ‘mu’ en una granja de cerdos, o ‘guau’ en la casa de la vieja de los gatos. Me veo tentado a acceder a una iglesia, ataviado de negro, Ozzy Osborne a todo volumen. A esperar invitados y recibirlos por la puerta trasera.

“PERO QUE SAGAZ!” - Ha de emitir el lector. 

Y no se equivoca. Una sagacidad inconmensurable la mía esta de hacerle ring-raje al policía del barrio (y para que no se le ocurra otra cosa que indignarse, hacerle lero-lero a lo lejos, una mano en una nalga y la otra atrevidamente posada sobre las bolsas escrotales). Y que me comenta, querido lector, sobre mi aparente sagacidad? Acaso no se siente incómodo, penetrado por una sagacidad tan sagaz que queda fuera de los limites delineados por una cabeza sana y mundanal? Esta sagacidad, la que me ha llevado a la penosa reyerta de participantes contra no participante, es de la que vengo a hablarle, sumada a mi última venganza, tan sagaz y vil como mi ser completo.

Resulta que me entero del triste desenlace de GoT. Uno podría preocuparse de, primero que todo, enterarse QUE se empeña en criticar la audiencia y que ha visto desmoronar sus ilusiones y hacerlas añicos en apenas unos pocos episodios. Puesto que desconozco la serie de principio a fin (nunca mejor dicho), había decidido bucear en las aguas turbias del desarrollo completo, hasta llegar al desenlace calamitoso, pero me pareció más tentador dejarme llevar por una risa interna incontrolable, una carcajada sincera de “me lo venía venir, no avisé, y que sagaz que soy. La tengo atada por saber y no avisar”. De haber nacido unos años antes del estallido de la segunda guerra, habría sido el más sagaz de toda la Argentina al guardarme la certeza del próximo ataque de la gran Alemania hacia el mundo. “Otra de tus sagacidades, queridísimo Meca”. Un anciano, indignado, diría: “Pero si lo sabía, señorito. Por qué no dijo nada?”. “Es que soy un sagaz”, diría con sorna, sobrando la sobrada experiencia malgastada del viejo. “Ah, ya. Usted es uno de esos. Cuanta sagacidad, cuanta galantería, hombre!”, proferirían sus labrios crispados en una mueca de agonía ante tal inconmensurable sagacidad. Pero basta ya, que se sobreentiende mi sagacidad (me parece, creo) y mi anterior conocimiento de la inminente catástrofe que se avecinaba sobre las pobres cabezas de los participantes. “Pero por qué?”, pregunta el lector ahora.

“Es usted un hater, que usted está lleno de bilis, eso ocurre!”

Y no estaría muy lejos, aunque si soy un hater, soy un hater con pipa, ataviado con fina galera y monóculo a la inglesa, que pertenece a una cierta inteligentzia, pero con una fina inclinación hacia un delirium tremens ad honorem. Yo odio, pero mientras lo hago, me tomo un tecito de valeriana, al rato que despotrico sobre los políticos con el meñique levantado, seguido de una risita socarrona, un poco a lo Antonella Lamas en Patito Feo (telenovela tristemente célebre por la admirable actuación de Juancho "Tocanenas" Darthés).



“Pero señor Meca, como es eso de que usted ya se esperaba el rotundo fracaso? Acaso es usted vidente?” – se atreve a inquirir el lector

“Porque ninguna serie –comento, en tono liviano, como quien se arregla el sobretodo con la suavidad de una pluma y la firmeza de un bancario- está a la altura del hype puro. Porque la espera, la esperanza, ese halito vital que exhala la vida, que se acumula como las plegarias a un Dios indiferente, nos dimensiona y distorsiona, nos desilusiona al final de la carrera, nos deja indefensos ante un ganador que ha perpetuado alguna trampilla, derribado algunos caballos enemigos, y finalmente envenenado a algunos competidores unos minutos antes del comienzo”.

“Esto es absurdus”, logra aventurar el lector

“No lo est, queridisimus. Es que soy un sagaz”, replico sin titubear.

Y usted morirá al instante ante tanta sagacidad. Todo indica que los niveles de sagacidad del caballero aquí presente exceden toda norma de medición de la sagacidad. No hay ring-raje que resista a semejante acto de galantería popular. Por ello me entrego a la paliza que sé y deseo recibir a manos de los participantes. Debido a esto, particularmente. Debido a la búsqueda de una sagacidad lo suficientemente colmante (esta palabra la inventé, porque soy un sagasus) para la vida de este rebelde sin causa.

“Usted me quiere decir que ninguna serie puede resistir las inclemencias de un hype lo suficientemente poderoso y prolongado a lo largo de varios meses?” – se pregunta el lector.

Me limito a responder:
“En efecto, querido lector. El poderoso hype es la mercancía que mantiene viva al subproducto” – comienzo a decir, sagazmente

“Pero que descaro!” –grita indignado este lector que ve la posibilidad de herir al malhechor de no participante que tiene enfrente. “Usted sugiere que la serie es el subproducto y el hype el producto principal?”

“En efectus, querisimo lector. Usted lo ha puesto de mil amores. Imposible ser más clarus ante semejante desconciertus de tema”

El lector, ahora dominado por una cólera interminable, con las venas hinchadas, la cara roja, y la vergüenza en la garganta, ha de proferir: “Es usted un hater, lleno de bilis, ignorante, descarado!”

“Oiga, cálmese” – me tomo el atrevimiento de todo un sagaz. “No soy un hater, y si lo fuera, sería uno con pipa, ataviado de…”

“Si, si, la pipa y el monóculo inglés” – me interrumpe el lector, impaciente. “pero digame una cosa… Acaso no posee usted alma y pasión? Usted no es un hombre, es un monstruo lleno de ojos que sueña pesadillas anti filántropas”

Ante tal aseveración me veo acorralado. Busco alguna sagacidad escondida, algún as bajo la manga, algún truquillo que deje invalidada la verdad que mis oídos han sopesado bajo un cielo tan claro y diáfano como Jesús en la cruz. La verdad me ha sido vomitada frente a mis ojos, y la sagacidad se quiere ir por el inodoro.

“Eso no se lo permito, queridísimo. Yo, un anti filántropo? Absurdus! Me siento cómodo con mi verdad”

“Pero es la suya, estimado. No contradiga la felicidad ajena. No se haga monstruo, no degluta a los hombres. Ayúdelos, mejor. Dele herramientas para entender su desgracia y superar sus obstáculos. Hágase un hombre, el papelito de quimera devoradora déjela para los políticos”, dijo astuto, un lector muy avispado.

Debo confesar que con esta última oración me conquistó. Había nacido el amor. Pensé que no sería posible en un mundo para nada idílico, esto de enamorarse. Y eso que uno es un sagasus, y se atreve a llamar stultum a todos los hermanos que le rodean. Pero al final, el sagaz es un hombre, y el monstruo solo destruye. La palabra monstruo resonó en mi cabeza por unos instantes. Tendría que ir al diccionario para buscarlo.

Monstrum: prodigio, el que presagia algún grave acontecimiento/ monstruo, monstruosidad.

“El que presagia algún grave acontecimiento?”, pensé. “Dios mio! He tirado una bomba a la filantropía de este afable universo humano! He hecho el mal, debo arreglarlo!”, pensé para mis adentros. Y decidido a enmendar un error de grueso calibre, cité al lector a estas adorables páginas que ahora lee sin saber que ya ha entablado conversación con este sagaz no participante.

“Usted me ha citado. Digame, queridísimo y sagaz, que se le ofrece?”, preguntaría usted, amable lector.

“Efectivamentem, queridisimus. He pensado largo y tendido sobre lo que me dijo el otro día (por “largo y tendido” entiéndase 5 minutos antes de irme a dormir y una búsqueda de diccionario). Una afrenta que apenas ha superado mi sagacidad, pero que mi orgullo de hombre ha visto más comprometedora aún.

“No le culpo por ser un imbécil, estimado”, dice un tanto de soslayo el marqués lector participante.

“De ningún modus le permito la afrenta. Creo haber sido sincerus al aproximarme al tedium que requiere abordaro este asuntum tan particularitus del que se trata GoT”, le digo, un poco con sorna. Algo me decía que los latinismos no se detendrían hasta muy avanzado el encuentrum. Seguí: “El hype es un elemetiam esencialus en la creación de cualquier ficcionitas, non me malinterpretiam, estimadisimus”


"Efectivamentem, queridisimus", espetó el conde Sagasus

Quise dejar en clarum que se había poseído de mi cuerpum un spiritas de afectación y derroche de lujo y galantería. No podía detenerum. Todo se hacíam dificilitae por mi animosa predispositio a la exageratio de mi suntuosa lingua. No pude salirme con la mía. La excusa había perdido el brío en mi garganta antes de ser proferida. Solo llegué a emitir un débil sonido, farfullando con la poca capacidad de los músculos de la lengua, en un vano intento de hacerme merecer el respeto debido de caballero: “Ist qua soy un sagasus”, susurré, las venas del cuello apretadas contra el cuello de la fina levita. Había caído en la cuenta de la inútil repetición a la que me sometía y que había perdido su efecto humorístico algunos párrafos atrás. La explicación cobró, por último, aquellos tintes de estupefacción y patetismo que, a fuerza de mi alma toda, intentaba no imprimirle a mis palabras. Había dejado en claro una cosa: Era un canalla, voz debilitada, orgullo apabullado. Ignominioso banquete el que me había montado para que se lo comiesen, al final y un poco por lástima, las ratas de la desdicha y la afrenta.

“Otra afrenta más y moriré aquí mismo”, me dije.

Pero el lector redobló la apuesta y se mostró compasivo. Se lo debo, es un favor que, como el caballero que soy, deseo fervientemente que se haga honor a tan humilde espíritu humano. Me dejó publicar estas palabras, me escuchó atento y parsimonioso. Me ha dejado explicar el punto, y ahora ha desistido en salvarme de las garras del demonio de la ignominia. Y no puedo sentirme más a gusto con su decisión. Porque me lo merezco, soy un canalla. Un canalla sagasus, un caballero de la afrenta y la desdicha, y me hago eco (Umberto) de mis honores como sagasus muriendo como tal. Finalmente le dije al lector: “Usted tiene razón, soy un canalla. Jamás volveré a enfrentarme al mundo. Ahora quiero paz (Marcos), y se la debo a usted, señor, que me ha abierto las puertas del entendimiento con una facilidad que dejaría perplejo al prestidigitador más talentoso”.

“No hay de qué”, me dijo, sonrisa burlona en cara.

Aquella sonrisa majestuosa, pero vil, malintencionada. En mis entrañas se revolvió el caldo de la ira. Un jugo espeso y corroído me subió por el tubo, llegando a acidificar mi paladar, y evaporándose como los efluvios de una noche de rocío. Antes de largarlo, como un grito acuoso, quise doblegarlo y comprimirlo para dejar lugar a una última astucia. Algo que logre imprimirle a mi afrenta publica algún toque redentivo. Una jugada de ajedrez maestra, una inesperado giro de tuerca a lo Henry James. Busqué en los fondos más oscuros de mi mente, tanteando la oscuridad para hallar un escondite y un pozo, donde oscila, por arriba, el filo brillante de un péndulo. Me acerqué al pozo, inclinando levemente la cabeza hacia delante para escudriñar el interior. Allí encontré a una dama vestida de blanco, cuyos dotes y silueta, recortada contra la negrura del pozo, resaltaban audazmente sus cualidades: la blancura de la piel, la marca de la inocencia. Pero algo de su fisonomía no estaba en tono con su exuberante porte. Las muecas del rostro. Esas muecas se contorsionaban, mostrando un semblante de agonía y pesadumbre; los ojos tristes y la mueca de un asco interior se apartaban de cualquier semblanza general de una mujer en bienestar psíquico. Aquella musa subió del fondo hasta arriba, donde me encontraba, sitiado por los demonios de la parálisis. SE acercó al oído y me susurró, casi sin aliento, un tono que se asemejaba extrañamente al gutural, pero en tonos bajos, casi latidos, muertos por el espasmo de la garganta, inútiles y que desecharon la longeva practicidad de las cuerdas vocales humanas para comunicar ideas, tan abominables en este caso, como la negrura del pozo. Contemplé, no sin desconcierto, como los labios comenzaron a dibujar un fresco terrible sobre el aire, ingresando por mi oído izquierdo, y culminando en la vena aorta, apretándola, después de recorrer todos los recovecos del fibroso cerebelo. La dama había aventurado un pensamiento atroz y despiadado! Mientras lo ejecutaba, maldecía y se reía, y yo, indefenso, me retorcía, rechazando la idea temerosa, una idea repleta de un daño colosal. Repitió la frase cuantas veces creyó necesario, y ahora, devastado, no podía olvidarlas:

“Péguele al lector donde más le duele”

Recordé súbitamente que llevaba conmigo un pedazo de cartón y un fibron indeleble Faber Castel (ambos convenientemente guardados en el interior de mi levita), y comencé a trazar unos despiadados mensajes sobre el marrón del cartón, con el pulso herido y quejumbroso. Logré, a duras penas, un mensaje lo suficientemente convincente como para deslumbrar al lector y sumirlo en un pozo de depresión instantáneo. Antes de que se retirase, tomé al lector por la solapa del cuello, lo traje hacia mí, dándole un caluroso abrazo fraternal. Entrelacé mis brazos, acercando el cartón, ahora convenientemente provisto de un pequeño moño de cinta adhesiva, y se lo pegué debajo del cuello, afirmándolo con suaves palmadas que me esforzaba en encubrir por un apaciguamiento de su ánimo, entrelazado con palabras de afecto y consideración por la anterior reyerta. El lector se alejó, feliz de haberse reconciliado con un no participante, y yo, vilmente parado, bajo un cielo gris que anunciaba una terrible tormenta, viéndolo escapar, despreocupado, ignorando la bajeza de la que había sido víctima. Me imaginé su cara al leer la odiosa frase. Cuanto horror! Cuanta ansiedad que encierra el mundo del hype, mis estimadus! No tiene fin, la desgracia. Aquella desgracia que, como dice Poe, conforma un vasto arcoíris de padecimientos, tan diferentes pero íntimamente ligados entre sí. E inevitables. Con aquello me contenté. Con la ansiedad y agonía que someterían los nervios del lector, al descubrir, en un errante intento de rascarse un omóplato, la existencia del terrible cartel, que rezaba, ni más ni menos que:

“Si el final le decepcionó, espere el nuevo libro”

No serviría de mucho tiempo, quizás el libro terminara por salvar la serie. O no? Qué tal si la hunde? Qué tal si las esperanzas son enviadas a una fosa común de pestilencia? No hay pruebas que refuten un triunfo, como tampoco un nuevo y posible fracaso. Aquel lector, indefenso, se pasaría horas frente a la computadora, esperando el ansiado lanzamiento. Y mientras tanto, yo sonreía como demonio impío ante su inevitable sufrimiento.
Estoy ataviado con fina levita, suntuosa galera y monóculo inglés, querido lector, pero he hecho esto y cosas peores… Porque soy un sagasus...

29 de marzo de 2019

Sin título


No les traigo un poema político
Ni un discurso privado
Esto nace del alma
Honesto y angustiado
El hombre, que es fuerte
Y erguido
Con la frente alta
Como sus padres le han dicho:
“No llore, a usted nada le hace falta”
Pero quien me dice
Lo que me hace falta
Si a veces un niño me creo
Un crio ingenuo
Que carga una espada
Y un escudo de lata
Que arremete contra los monstruos
Sombras horribles, sin rostro.
Cuando me caigo
Sobre los pies me levanto
El peso puesto en los hombros
Con ellos cargo
El peso más pesado
El crimen de los otros
Y junto a ellos mi pasado
El propio, y no el ajeno
Que en esta vida
Más vale andar liviano,
Las cargas que sobran
Nos dejan invalidados.

La vida me ha enseñado
Que los monstruos no son de cuentos
Existen a nuestro lado
Visten de cuero y fieltro
Y tienen el rostro machucado
Por los males que han cometido
Sobre las pobres mentes
De inocentes y perdidos
Las manos más grandes
Poderosas, sin guantes
Todas ellas cubiertas de sangre
Son aquellas las que estrangulan
El amor y el arte.
Por eso los busco
Pero los pierdo de vista
Quizás no soy buen buscador
Me hace falta una guía.

Pero siguiendo mi corazón
He llegado por una vía
Agrietada y abandonada
Que descansa sobre una loma despoblada.
Encontré renacuajos y bichos raros
Pero aunque peligrosos se vean
A nadie le hacen daño

Y detrás de las casas bajas
Hombres tiesos, levantando las palas
No se mueven ni se inmutan
Solo contemplan la mirada
De los que pasan sin voltear la cara
Los que se apresuran a pasar de largo
Y no verles la tez ajada
Y ellos allí clavados
Entre la miseria y el espanto
Son muchos, son hombres varios
Pero aunque peligrosos se vean
A nadie le hacen daño

Con esto ya he demostrado
Y me quedo seguro
De no estar equivocado
Son muchos los hombres
Que parecen peligrosos
Pero las apariencias engañan
Los ponzoñosos son otros
Todas las veces
Que mis pies
Este suelo han hoyado
No será la última vez
Que me doy consuelo
Que mirando los techos
Bajos y cerrados
Y aquellos niños achaparrados
Que juegan siempre en el barro
Estoy seguro
Que a nadie le han hecho daño

Mientras escribo estas líneas
Mi pecho se desgarra
No sé si es un recuerdo
Pero duele como dagas
Clavadas en la espalda
O será esta realidad
Que rasguña con sus garras

Pero yo no bajo los brazos
Las alzo bien alto
Aunque combativo,
También soy manso
Aunque solitario
Más vale solo que mal acompañado
No se ofendan, mis amigos
A ustedes los conservo a mi lado.

Y a los traidores y los blandos
Mejor no verlos y olvidarlos
Saben qué? A veces pienso
Un poco enojado
Que gracias a ellos
Los chicos achaparrados
Hoy juegan en el barro

28 de marzo de 2019

Cerveza Negra


Prefiero la cerveza negra. Los tonos oscuros, el sabor de la malta y la espuma chocolate. Saben mejor en la boca llena de amarguras. Saben mejor solo, como acostumbramos a estar. Debe estar fría, helada. Debe entumecer los dedos al más mínimo roce. Debe beberse de la lata, directo, sin intermediarios. Debe degustarse, unos segundos, no más de dos, antes de tragarla. No debe calentarse en el paladar; ¡Herejía si las hay! Se toma sola, y solo, como acostumbramos estar. Mejor tomarla en pena, para remojarlas. Así se hinchan y explotan… Se olvidan. Se toma sola y solo, porque así funcionan las cosas. En su propio mundo, donde no hay enemigos, ni incordios, ni el miedo que durante las mañanas cobra grandes dimensiones y por la noche se esfuma, siempre al lado de una negra. Si la tomo es porque me gusta su color. Porque es negra y oscura, pero no enturbia el corazón. “7° de alcohol tiene la Stout”, leí destrás de la etiqueta. Uno más, uno menos, ¿A quién le importa? ¿Alguna vez alguien se preocupó por el algebra alcohólica? Algebra, que estorbo… Eso me recuerda a un profesor de matemática de la secundaria. Solía colgar el sobretodo sobre el respaldo de la silla; desprendía un hedor a licores y cervezas extravagantes. ¿Por qué “extravagantes”? Porque apenas tenía 16 años, y ¿qué sabía un pobre adolescente de los matices de la bebida? Antes de arruinarla, prefería dedicarme a descubrir los secretos divinos del arte de la voluptuosidad, de la proximidad de los cuerpos. Porque era adolescente y de bebida no entendía nada. Tampoco ahora sé mucho. Tampoco ahora bebo mucho. Elijo momentos especiales para destapar una negra y dejarme llevar. Mi profesor me estaría alentando: “¡Destape esa negra, Meca!”, me diría desde la otra punta del aula. Y yo le sonreiría, un poco penoso, y otro poco con pena; pena por él, por su fanatismo irreflexivo, incurable. ¿Quién diría que las bebería como jugo de naranja? Es una locura. Pensar que en algún remoto pasado ser abstemio parecía algo natural, y de repente uno se encuentra con una pila de botellas y etiquetas rotas y mojadas, reposando a su lado, rodando por el piso encerado, goteando por el cuello. Las bebo y las abandono, como la vida hace conmigo. Las vacío, las arrojo, las dejo paradas sobre un mueble, sobre la mesada, sobre el escritorio. No se tiran hasta que se solidifican con el ambiente, cuando uno ya no distingue entre libros y el vidrio oscuro. Cuando revolvemos entre los pequeños tomos de la biblioteca del Centro Editor de América Latina, de los antiguos volúmenes de Gredos en tapa dura, y los rústicos de Random House; y bajo esa pila de papeles, un pico brillante que nos apunta y sobresale como el final de una filosa lanza. A veces intento sacar una que quedó al fondo de un Quijote y un poemario, pero estaba tan enterrada como las raíces de un olmo. Decidí dejarla allí, todavía no me decido a sacarla. Y no quiero que se me malinterprete. Bajo ninguna circunstancia soy un borracho. Me niego a tan nefasto epíteto. Me conformo con un “señor bebedor”, porque entre bebedor de gaseosa y catador de vino, prefiero que me llamen por lo que parezca más maduro. Nada de tomar leche, ni mucho menos con cacao. No tengo nada en contra de la leche chocolatada, pero no la pediría en un bar, donde la barra se llena de ojos que nos miran. Una vez descubrí a un hombre curioso, vestido con un suéter negro a cuadros, un pantalón de vestir de un gris pardo y zapatos negros bien lustrados, que relucían a través de una tenue luz amarillenta. Lo vi sentado, inclinado levemente hacia mi, pero se daba aires de desinterés. "Una botella de agua, por favor", pedí en la barra. Y entonces lo vi sonreír. Algo de aquella situación de pedir un agua a esas horas de la noche le resultó gracioso. "Tenía sed, eso es todo", pensaría más adelante. Creo que en ese momento sus labios pronunciaron en voz baja algo como “nene de mamá”. No pude soportarlo y pedí un whisky on the rocks. El hombre me escuchó y se sorprendió. Se quitó el sombrero y me dedicó una reverencia. Al retirarse de la barra, pasó a mi lado y me susurró: “Usted es un verdadero caballero”. “Y todavía no me vio aventurarme en la ginebra”, le dije, al tiempo que le dibujaba una sonrisa de confianza. Todos me aplaudieron, pero cuando iba a darle un sorbo al whisky, el borde del vaso chocó contra un diente y la bebida dorada se derramó sobre mi regazo. Todos dejaron de aplaudir para dar lugar a unos aborrecibles abucheos. Me tuve que ir porque me sentí avergonzado.

Y ahora me quedé sentado acá. Bebiendo a sorbos una negra, como mi profesor me habría dicho que hiciera. “Tomala ahora que está fría”, me habría dicho, pero él no sabía que la había dejado calentar unas horas sobre el escritorio, justo al lado de un Quijote. Cuando la quise tomar, el trago descendió lento y pastoso como un pedazo de moco. Se había solidificado con el ambiente. No esperaba menos de un ambiente tan cargado de libros de Bukowski. Al final, la fui tomando despacio. Después de todo, tengo otra en la heladera, y no tengo apuro en tomarla. Me gusta ser todo un caballero, y los caballeros saben esperar.