3 de junio de 2016

Volver a escribir

Me llevó mucho tiempo formarme una idea fija sobre la realidad. Desde la niñez he absorbido información del exterior y la he utilizado para mis fines y consideraciones del mundo. Me formé en base a los shows televisivos de los 90’ y las concepciones de mis padres de que es lo correcto, los modales y las formas a mantener. Pasaba el tiempo en soledad, agitando y revoleando mis juguetes, mis figuras de Dragon Ball y mis muñecos sin brazos. Imaginaba universos fuera de la vida aburrida y monótona de la que formaba parte. Despegaba de este suelo gris y aterrizaba en una fuente colorida de hermoso dorado, viajaba por las estrellas hacia un planeta de cielo rojo, dominado por el trueno, donde los dioses se agitaban por conquistar tierras con sus superpoderes. Evitaba el contacto excesivo con cualquier persona, era parco y no me gustaba que me preguntaran. Dibujaba mucho, especialmente reproduciendo lo que veía en la televisión. Esa era mi afición, era sagrada, nadie podía molestarme cuando dibujaba. Pensaba y reinventaba a la gente, reformulaba sus actitudes, pretendía entenderla cuando en realidad apenas conocía sus principales motivaciones. En mis visiones, hombres y mujeres compartían un cuento en común, se ayudaban mutuamente en pos del bienestar general, se amaban y se buscaban.

Fui creciendo, y la escuela me fue introduciendo de a poco en el ámbito académico de los textos críticos. Compartí mis días de pubertad junto a mis compañeros del colegio y fui aprendiendo a socializar. Esta parte fue la más difícil; en general chocaba con mis colegas, no era respetado, y cuando me hacía respetar era siempre a base de amenazas de ejercer la violencia o burlas sin sentido. Me fui adaptando a este camino tan particular de relacionarse con los demás, me volví más agresivo y contestatario. Fui dejando atrás la imagen de conjugación perfecta que era el ser humano. La tristeza comenzó a gestarse en mi pecho, luego se desperdigó por todo mi cuerpo, hasta llegar a mis ojos, que sangraban desamparo. En ese momento me enamoré por primera vez, solo para experimentar una enorme frustración posterior, y la terrible consciencia de que todo gira en torno a esta madre social de todos los males del nuevo siglo. Comprendí que los libros, la imagen engañosa de las promesas, los sueños y las aspiraciones estaban en pugna constante con la sociedad. Fui obligado toda mi niñez, mi adolescencia y juventud a sentarme al lado de mi prójimo, sin dirigirle la palabra por horas. Fui arrastrado a guiarme por mis propios medios y olvidar el trabajo en equipo. Evocaba aquellos días coloridos de la niñez en el patio largo del departamento de la calle Ramón Carrillo. Intentaba recuperar algún sentimiento, un pesar, una sensación, algún aroma, que me llevara de vuelta a ese paralelo distante entre las dimensiones. Soporté horribles ignominias, lloré y pataleé, haciendo un esfuerzo por comprender que guiaba el motivo despiadado de mis detractores. Y en esta lucha diaria encontré en los libros un refugio de mi infancia perdida; un producto pasajero que me permitió revivir viejas experiencias en el paralelo distante. Me empapé de conocimientos desde la primera hasta la última etapa de mi adolescencia. En algunos casos desobedecí la autoridad, en otros, simplemente me permití dudar de sus imposiciones. Allí comencé un itinerario que todavía recorro hasta la actualidad. Entonces la duda se antepuso a mis pensamientos e ideas. La duda tal cual la entiende el filósofo René Descartes: una duda metódica. Me permito dudar de todo lo que me dicen. Todo lo dicho por la gente lo sometía a un juicio estricto. Comencé a identificar en los diálogos ajenos todos los elementos que tienen su propia procedencia y repetición. Advertí un “logos mimético” que operaba en boca de los trabajadores, civiles, transeúntes, etc. Entendí, tristemente, la naturaleza caprichosa de las sentencias sociales. Comprendí la necesidad de los libros y la convicción personal para vivir tranquilo. Por aquel entonces no sabía que me equivocaba, pero era lo que impulsaba mi vida después de todos mis fracasos amorosos y amistosos. Me aferré tan tenazmente a los libros, la ficción, que me evadí casi completamente de la realidad, sin dejar de asistir a los hechos socializantes gracias a la escuela y otros eventos. Engullí gran cantidad de novelas y antologías de cuentos. Seguí leyendo filosofía, conocí al ácido Nietzsche, y probé un poco de su crítica hacia la antigüedad. Mi tío me presento al poeta oscuro, Edgar Allan Poe. De él aprendí la importancia de lo furtivo, la imperiosidad de una ciencia que desvele y estructure los conocimientos que se escapan de la luz del día; saqué de sus cuentos un conocimiento más lúcido y transparente de la condición humana; sobrelleve como pude sus revelaciones de desesperanza. Por naturaleza, mis cavilaciones tendieron a construirse una certeza comparativa. Descubrí las amargas consecuencias de comparar mis pensamientos pasados con los actuales, y haciéndome el desentendido, a veces solo quería volver el tiempo atrás y hacer a un lado lo aprendido. Había perdido la fe en la humanidad. Había ollado por primera vez el templo donde mora el Dios burlón. Aquel ser de toga griega, laureado e impoluto, se reía de mí. Desamparado e indefenso, me tendí a sus pies, y grité: “¿Qué querés de mí?”. No recibí respuesta, en cambio, un silencio antiguo, de más de mil años, serpenteó a través del templo, haciendo eco en las altas columnas de mármol, agrietando los suelos blancos, de donde se escapa un olor fétido a humedad y manuales viejos. Y así quedé, solo, tirado allí en aquel templo, sin rumbo. Me levanté y seguí como pude.


Durante los primeros años de mi juventud, busqué sin cesar el placer en lo mundano, intenté adaptarme al resto con más ahínco que en mi adolescencia. Por supuesto estaba destinado a fracasar. Continué con mi anterior filosofía y no reparé en las fórmulas impuestas. Entrando en los veinte, caí en la cuenta de que mis creencias sobre los libros no superaban el plano de lo discursivo, que en la realidad no podía aplicarlos, que venía sosteniendo un papel que me era ajeno. Me destruyó saber que me había mentido por tanto tiempo, que no podía hacerme a un lado del bullicio de las gentes y pretender estar bien. Desestimé muchos antiguos ideales, y los fui reemplazando lenta y dolorosamente por estimaciones más arraigadas en el colectivo social. Este reemplazo tan drástico solo pudo darse progresivamente, porque desterrar una idea que había echado tan fuertes raíces en la cabeza, no es para nada fácil. Entrando en los veintidós, aquel dolor había pasado. Estaba en posesión de nuevas formulaciones. El papel de la duda metódica de Descartes, instalada durante mi paso por la escuela, se había ganado su merecido lugar y ahora demostraba su indiscutible veracidad. Haciéndose valer más que nunca, ante todo, la duda me llevaría a reformularme lo que sea necesario, en el momento preciso, para llegar a una verdad. Hoy puedo decir con seguridad de que es así. Me interioricé en mi cuerpo, logré conocerme cada día un poco más, llegué a comprender como reacciona mi mente ante tal o cual estímulo. Aprendí, casi con religiosa constancia, a apartar de mí los malos pensamientos. Me animé a deshonrar a Poe y Nietzsche, sometiéndolos a un exhaustivo interrogatorio. De aquellas preguntas, me di cuenta que ambos pensadores trastabillaban ante ciertas formulaciones; no sabían que responder en cualquier momento, ante cualquier pregunta, como creía antes. Entendí también que no eran dueños de lo absoluto, pero también me animé a formularme una verdad propia. Cuestione a mis queridos escritores, repensé algunas cuestiones, viví nuevas situaciones, y terminé dando por tierra más de una teoría que daba por irrevocable. Supongo que de eso se trata la vida, pero en cuanto tomé la iniciativa de transitar este sendero, los problemas exteriores y los choques dominaron el centro de la escena. Me topé con muchos individuos que no eran capaces de tal hazaña, que se desbocaban y destruían por sueños ajenos, por complacer a los otros. Las voces autorizadas de la sociedad son poco fiables, podría ponerlas en duda con simples argumentos, sin forzar demasiado las cosas. El operativo que permite este funcionamiento no se equivoca. Conoce la psiquis humana, y la domina casi por completo. Comprendí que solo una amorosa y cuidada educación familiar podía aportar herramientas para defenderse de la invasión mental, que por suerte había recibido de mis padres. Mi formación académica, a pesar de que dejó mucho que desear, no podría considerarla deficiente bajo ningún punto de vista, y me ayudó a ordenar un tanto las ideas. Obviamente necesite la experiencia y tropezarme y volverme a levantar para tener una mente clara. Los errores son parte del aprendizaje, y de esto me mantengo inexpugnable. No es posible concebir un camino de vida sin el error, no es posible planear un itinerario perfecto. Y acá estoy, sublimando libido y energías en este escrito. Vuelvo a escribir como Don Quijote vuelve a las andanzas después de su primera parte. Vuelvo a la locura, porque en ella me aferro. Escribir es un proceso doloroso pero necesario. Y acá estoy, nuevamente, arrodillado en el templo blanco, ante la mirada perversa de un Dios burlón.