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27 de mayo de 2022

Las obsesiones y la mente cerrada

La estrechez de mente es un síntoma prolifero en el siglo actual; si no se trata de una epidemia concienzudamente desperdigada por el mismo Dios, no será más que lisa y llanamente un mal humano y corriente, casi atávico y arraigado en las profundidades de los hombres y las mujeres. Hacemos, decimos y entendemos el mundo a través de pensamientos parciales y prejuiciosos, esquivamos determinadas situaciones por miedo puro, o tal vez nos dejamos llevar por una corriente social cuando deberíamos imponer un poco el poder de nuestro entendimiento para hacernos respetar con determinación. Estos y otros errores siguen siendo íntimamente humanos, y no deberían avergonzarnos más de la cuenta. Lo que sí debería avergonzarnos es no poder poner razón y mente en el corazón, cuando este se encuentra parcialmente dominado por la ira, el miedo y las fobias (sentimientos negativos que nos roban gran parte de nuestra vitalidad). Pero parece más fácil decirlo que hacerlo, o no? Pues bien, lo es. Es difícil, sin lugar a dudas. Aún más teniendo en cuenta que con la sola voluntad no podemos cambiarnos por completo, ni tampoco en parte, si esa misma voluntad no viene de la mano de una sesuda puesta en acción de las reflexiones hechas en la cabeza. Ponerse manos a la obra es tan necesario y clave como el pararse en seco para reflexionar y pensar sobre la situación actual que nos ampara al momento. Tampoco se trata de pensar y repensar, actuar y repensar lo ya actuado también, como si se nos fuese la vida en ello. Debemos dejarnos llevar, y actuar por impulso en determinadas ocasiones, sólo que, tal vez, no dejar a ese espíritu de impulsividad tomar las riendas de nuestra vida. De esto vengo a hablar: la estrechez mental que nos contamina al momento de tomar decisiones (financieras o laborales) , dejarnos llevar (o no), cortar o empezar relaciones de todo tipo, y un sinfín de etcéteras. Parece más simple dejarnos llevar en todo momento; o tomar decisiones afines a las decisiones que otros ya han tomado en una situación similar. Creemos que al copiar inconscientemente los pasos de los otros, trazaremos el mismo camino de huellas hacia el éxito que tanto nos afanamos en lograr. A veces, esta actitud temeraria no solo ignora las razones más profundas del alma (las necesidades reales que albergamos en el pecho), también se muestran incompatibles con las situaciones particulares que nos competen. Copiar siempre fue más simple, de eso no cabe dudas. Alivia la compleja necesidad psicológica de que "se está obrando bien" porque el "otro obra igual". Pero, lamentablemente, no podemos estar más equivocados. La ilusión de igualdad que los ojos proyectan sobre los otros, es tan engañosa como el mundo de los sentidos y las sensaciones: todo puede engañarnos o darnos una falsa idea de lo que el otro ha hecho, está haciendo, o hará en algún momento. A su vez, la imagen que poseemos de un otro es engañosa: sus triunfos, sus penas y malestares, su personalidad y su contenido general como persona o individuo. Se trata más de una "imago" (empleando un termino de Jung) desarrollada por un sistema neurótico de obsesiones con las ideas y los valores que hemos mamado en la infancia. Estas obsesiones las proyectamos sobre los otros, y en los otros no queda más que proyecciones intrínsecas, evanescentes y engañosas, de la persona real que conforma a ese otro. Es un otro significado por proyecciones propias, anhelos y deseos íntimos de fundirse con un ideal que solo existe dentro de la consciencia. Por ejemplo, cuando un obsesivo posee en su cabeza la imago de una persona o cosa, la idealiza al punto de despojarla de su entidad material y mortal. La desglosa tanto en la idea platónica que la contiene, que la persona o cosa pierde su verdadera forma. Se vuelve una sombra de proyecciones positivas, donde los errores, los vicios e imperfecciones quedan pulidos tan amablemente por la mente que proyecta, que nos propicia una sensación de querer fundirnos con ese otro que nos topamos, ya que así dejaremos de ser imperfectos nosotros mismos. No tengo que recalcar acá lo absurdo de todo el tema; es evidente, y se cae de maduro. Las obviedades son aquellos vestigios de la realidad que la mente obsesionada no puede ver más, porque se encuentra obnubilada por el objeto o persona que lo obsesiona. A la luz (o la sombra sería más correcto decir) de las obsesiones, todos los objetos y sujetos cobran matices imaginarios que no les corresponden en el plano terrenal ni material; están idealizados por sobre todo lo demás que, a los ojos del obsesionado, se muestra mucho más cotidiano y aburrido de lo que realmente es, en comparación con el objeto de su obsesión. Así ocurre con tantos fanáticos de cualquier facción política, o cualquier fan de alguna banda o género musical (y con esto no quiero prejuzgar a nadie en particular dando nombres especificos, ya que todos somos obsesivos con algo en algún punto), o simplemente con el hombre de familia que se parte el lomo trabajando, y en varias ocasiones albergamos la sospecha de que comparte con sus compañeros una evidente obsesión por la perfección laboral (ya sea para evitar algún dolor domestico o personal, o simplemente por pura obsesión con lo reglado y lo bien hecho). Así me ha ocurrido a mi mismo con determinadas cosas. De niño, las series de anime me producían una gran obsesión que no podía ocultar. Los trazos de dibujo, la calidad, la imaginativa creación de mundos imposibles que, a través de ingeniosos argumentos, se volvían posibles en el terreno científico, o por lo menos en la inocente mente de un niño de seis años. Más adelante fueron los libros y las obsesiones con determinados autores. He leído más literatura de terror y gótica que ningún joven de menos de 30 años (aunque esto no es chequeable bajo ningún punto de vista, pero me lo creo igual), empezando desde el mismísimo padre del gótico: Poe, hasta el maestro contemporáneo de la prosa terrorífica: Stephen King. Conozco tan íntimamente las páginas de los maestros, las formas, el estilo de prosa, y las técnicas de cliff-hangers, que yo mismo cultivé por un tiempo, a través de pequeñas reseñas o cuentos, las ya mencionadas técnicas, no con habilidad similar, porque no me considero tan experto, pero si con mucha pasión y asiduidad a lo largo de ya casi 14 años.

Y es que las obsesiones nos propulsan tanto como nos precipitan al abismo. Todo lo que con ellas hacemos, cuando no están dominadas por la estrechez mental que mencioné más arriba, nos puede colocar en situaciones ventajosas, de aprovechamiento de recursos, o para ser mejores o más habilidosos en alguna materia de la vida. El paso importante es hacer de ello algo elemental, primordial y cercano en lo inmediato y cotidiano. Que las obsesiones sirvan de propulsión mecánica hacia las alturas (al menos lo más alto que se pueda ir) y luego se precipiten sobre las cabezas de los mortales que desean ser mejores, más cultos, más preparados o simple y llanamente más humanos con respecto a sus congéneres.

Volviendo al tema de la estrechez mental, si no se combate a través de las obsesiones (aquellas que nos instan a ser mejores o las obsesiones de propulsión) y en contra de las malas obsesiones y los vicios inútiles, esta puede dominarnos de principio a fin e instalarlos en una situación doliente de padecimientos. Todos ellos son evitables, y esa es la buena noticia. Aunque no a bajo costo: la voluntad debe imprimirle a los actos cotidianos toda la fuerza de la convicción. Se deben abrir puertas para cerrar otras no muy útiles ni sanas. El encomio de realizar estos actos de voluntad es evidente; nadie quiere hacerlos por temor al fracaso o por pereza. Pero la pereza es de las más vivaces controversias con el ser humano: nos tira para abajo y, en el circulo vicioso de estar decaídos, seguimos tirados, sin siquiera intentarlo. Para vencer el espíritu del decaimiento hace falta una buena cuota de voluntad patria hacia uno mismo y los que lo rodean. Leer clásicos de literatura (o leer cualquier cosa al fin y al cabo), filosofía (los grandes como Platón, Sartre, Nietzsche, Heidegger), y los libros en general, nos permiten estrechar lazos más fuertes con el otro, con familiares, amigos, compañeros laborales o incluso con mascotas. Es una buena forma de vencer malos hábitos, malos pensamientos y figuras básicas del entendimiento que nos son legadas por el exterior no pensante o extremadamente intuitivo. El mundo y la sociedad se manejan de una forma muy violenta y disparatada. No calla nunca el constante rumiar de las malas voces: el egoísmo, la apatía, la conveniencia, la jerarquía social, la avaricia y el desinterés por los demás. Conforman una masa amorfa de malos sentimientos que Jung resumía como "arquetipos del anima", una serie de elementos sensibles e intuitivos, hechos de placeres e impulsos violentos, que el hombre y la mujer, a lo largo de la historia, han intentado esquivar por cientos de años. A la religión se le debe el primordial hallazgo que el hombre civilizado ha intentado emplear en las vivencias totales de las cosas: evitar el ocio excesivo, los placeres carnales y los impulsos egoístas. La modernidad no los condena en absoluto, por lo contrario, el capitalismo encuentra su nicho en todos los vicios que puedan desperdigarse con tal de servir como objeto de mercancía. "Mientras se venda, es legal, o se puede, digamos, de alguna forma perpetuar sin mayor escándalo". Y en ella no ve la peligrosidad de tal ideología. Aunque bajo ningún punto de vista estoy acá proponiendo un punto castrativo, religioso o moralista, (y muy lejos estoy de ello), convengamos que abandonarse a la perdición de los sentidos y los placeres mundanos no ha sido nunca gratuito para ningún humano en la Tierra. Tampoco podemos afirmar que los vicios no son necesarios, puesto que algunos de ellos lo son, ya que sin el influjo de su poder los hombres y las mujeres no lograrían siquiera reproducirse. Pero qué hay de aquellos vicios que no forman parte de ninguna misión productiva para todos o alguien? Qué hay del fumar? Qué hay del deseo por la pareja del otro? Qué hay de la sed de sangre o la sed de dinero o poder? Qué hay de todas aquellas situaciones que no traen dicha más que a unos pocos, a merced de la desdicha de muchos otros más? La respuesta a estas preguntas es un poco obvia: pues simplemente existen sin más, aunque hagan el daño que hacen. Quien puede pararles la mano a los influjos negativos del vicio interior? Los libros podrían ser una respuesta; la mente y su poder redentor podría ser otro. También podríamos pensar en la familia, los amigos o las buenas acciones. Digamos que se trata de cosas que entretienen la cabeza, mientras esta no tenga capacidad y tiempo libre para rumiar sobre el vicio, ésta se aleja más y más del centro álgido de la lucha entre malos y buenos pensamientos, y solo queda el accionar bien intencionado. Nadie es civilizado e integro en su totalidad, eso lo sabemos. Tampoco yo lo soy, ni tampoco soy santo de la devoción de nadie. Pero justamente porque conozco los lugares oscuros de la mente, soy de los pocos que más pecho le plantan a los vicios y las malas costumbres. No siempre logro salirme con la mía, pero en mi lucha dejo algunas enseñanzas para mí mismo. Otra cosa no me importa: ser mejor, leer más, escuchar más a los otros, e intentar darles algo que yo tenga en devolución del tiempo que me han concedido mis amigos y mi gente. Así combato la estrechez mental, aunque todavía queda largo camino por recorrer, porque no se llega a ser perfecto en nada a no ser que se acepten las imperfecciones propias y las del otro, y se acepten primero todos aquellos sentimientos negativos que nos surgen de improvisto. 

1 de abril de 2022

The Importance of Being Yourself

 "Stay Awake" - Theodore Finch (All the Bright Places, 2020)

So if you're wondering what brings me here, or why would someone care to write down sterile pieces of words in front of a screen, just for some wandering and lonely souls on the internet to read, you're actually wondering right about this amateur writer. Yes, I do write a lot for strangers I will never meet in my whole life, but that doesn't stop me from doing so. It seems the only chore that I take so seriously from the beginning of my life, and it will forever be my grounded way of reflecting upon the past and understanding the uncertain future. Hardest part of it is that I would not always make it right. Words and feelings don't get along too well, they tend to be confused and get mixed up all inside our messy thoughts. But it's also truth, my fellow reader, that in effort and strong willed beings, lies inside a powerful contract with humanity: trying, although you might actually fail at the beginning. But try first...

When you take your time to do something nobody (or at least almost anybody) does, even if you try hard, you're bringing to life one hell of an art, an approachable investment for others to use, to hear, to listen, to read; to make those others feel understood, in company, or maybe identified and finally recognized. Society in general tends to negate that feeling to all people going around our mad world. It makes you invisible to the point of nausea, it tears individuality apart for the sake of normativity and social functioning. It makes you a small gear in a big iron system that works with replacements and spare parts. So if you get lost or break, you're replaced by a new and shinny small gear. No humanity, no consideration, just a mere replacement done by a giant monster made of iron. Let's break with that, shall we? Seems boring and emptying. It IS boring and emptying... It's an internal shout-out to ourselves, a pure reminder of what we should NOT do as humans beings that want to make footprints all over this precious land we call Earth. 

As a teenager I had a teacher that would always come to me, and talk in a sort of strange whisper to my ear. He asked like every class why I was afraid of participating. "I clearly see you know the answer when I look at you. Why don't you raise your hand?". A tough question he pulled out indeed. The truth is that I didn't know the reason. I felt ashamed and tiny. I felt my answers were foolish or too obvious. I was wrong. I kinda felt an amused introversion towards socializing my own knowledge to people I already disliked or they disliked me back. "Why would they care anyways? They won't care, I'm sure of that", that would be the constant statement I did to myself every day. In part, I was right. There actually were some students that didn't mind my existence, let alone my thoughts and ideas. The interesting fact is not everybody shared that same vibe towards me. When I finally accepted myself and came out of my inner frozen state of shame, I made maybe some appealing commentaries on social subjects and maybe one or two souls began to bend towards my vibe. Thus, my teacher, that already began to feel himself some sort of "student savior", came to me after literature class and uttered his usual and rare tone of whisper to my ear: "See? It's a matter of acceptance. Now make it yours. Be proud of being a nerd". Those words now stick in my brain like a living moto, a really deep and useful one. After this, I began writing like if my life depended on it. I never brag about my hobby, it's just something I do that reminds me of staying truthful to myself, or maybe to stay awake (like Theodore in the movie All the Bright Places). There's nothing wrong in liking books, in being introverted, in being deep while everybody is trying to stay cool or show relaxed, just not to bother social standards of being "happy" all the fucking time. The effort put on propelling yourself into the highest version of YOU that could possibly be attained, is an underestimated value our society decides to ignore. It tears us apart, it makes us less human, more separated from our inner selves, more cheating... Fake... Compulsive liars with no rhyme nor reason, stuffed with excuses and resentment. Break it. Break the cage, stick out your arms and hands, communicate, fight for values you find appealing and necessary. If you don't make yourself your own life savior, nobody will. Save yourself first. I learned that the hard way, but that's another story.

21 de febrero de 2022

Azares

Cuantas veces he caminado el sendero de la soledad sin percatarme de las bellos brotes a mis costados? Una vez un amigo me dijo que mientras más enfrascado uno se encuentra en la vida, entre asuntos personales y objetivos a alcanzar, menos disfruta del viaje, porque pierde el gusto por "perderse". Estamos tan dedicados a controlar cada minuto de nuestros pasos, para no dar uno en falso tal vez, pero también para no perder el control en cualquier momento. Qué es el control al fin y al cabo? Una engañosa treta de los seres vivos para autoconvencerse de que la vida posee patrones manipulables, que pueden sacarse resultados en base a una variable numérica y fija, como una tabla de derivadas. Lo más cierto es que el azar es mucho más nefasto en intenciones que esa voluntad meramente humana de controlarla. Bueno, en realidad no sabemos a ciencia cierta si el azar posee una voluntad, no hay conocimiento científico que lo avale; no obstante, la ciencia no puede meterse donde su método científico no logra producir más que un puñado de explicaciones algebraicas. Intentemos describir la fe cristiana o la creencia en apariciones con el teorema de Pitágoras, o aplicar una fórmula de diferencia de binomios para dilucidar que hay más allá de la muerte. Simplemente haríamos agua. Meterse en el fango y plantar semillas de manzana sería, con todo, una incoherencia insoslayable.

Qué puede esperarse de la vida entonces? Una o varias estocadas de azar acaso? Con el pavor que eso generaría?! No quiero ni pensarlo... Pero el punto no se trata sobre lo que yo o los otros quieran o deseen (al menos en este punto). Se trata de lo que debe aceptarse como tal. Y no se confundan. Con esto no quiero significar una "rendición" o tregua con el azar y la vida, sino más bien de madurar ciertos aspectos del carácter para hacerlos comulgar más afablemente con las inclemencias de la realidad. La realidad no pega, ni pega fuerte tampoco. La realidad solo es, se deja estar y ser. Un conjunto de eones, materia y átomos traviesos que revolotean alrededor nuestro, y nos acarician las mejillas con sus manos frías de química y física. Por suerte, la caricia atómica nos permite existir al mismo tiempo que nos da ese pavor inefable; es casi como un doble filo existencial, meternos miedo hasta por las orejas, pero al tiempo que nos otorga un cariño particular (permitirnos la existencia material). Luchar contra este coloso inmemorial, preexistente al sistema solar incluso, es como luchar con el aire. Mejor, digo yo, sumarse a su bando con sensatez, aceptar sus reglas de juego. El azar no contiene mal intrínseco, a diferencia de los hombres y mujeres que, en su afán de conquista eterna del mundo, no paran de lastimar, de abrir heridas ajenas ni soltar una parva de tonterías, de viejas equivocaciones milenarias, que al final del día solo causan estupor y dolor. El azar tiene esa capacidad: ser imparcial. Y con su imparcialidad se muestra más noble al trato humano. Es justo con el fuerte y el débil, racional con el invalido y necesitado de comprensión, la imparcialidad hecha carne en un ente superior y abstracto. Reconciliarse con el azar es abrir un mundo de posibilidades y disfrutes, aunque la muerte aceche y esté pronta, la mente abierta tiene capacidades incalculables en comparación a los cerrojos neuronales del fanatismo y la voluntad de control. Dejar de intentar controlarlo todo es una liberación suprema, casi éxtasis demencial cuando uno aprende a desgajar cada miga de su tierno pan, sin desvivirse por la nomenclatura de carbohidratos. Es aprender a disfrutar un presente y desterrar de los labios aquel halito insoportable de la negación a uno mismo.

Aunque parezca ridículo, esto pensaba mientras caminaba una noche de verano por el centro de San Martín, casi absorto por completo en mis pensamientos y preocupaciones. Recuerdo que sentí algo así como un millar de recuerdos arremolinados dentro del cerebro, haciendo gárgaras con mis miedos y escupiéndolos al aire. No los pude callar, pero intenté darles otro sentido. Caminando por alguna u otra calle, fijé la vista varias veces en los elementos más naturales a mi alcance. Todos estaban íntimamente fusionados con lo urbano: el hormigón con la hoja verde, el cemento con el pasto, los grises balcones y barandas recortados contra el cielo azul, y las pocas flores de ciudad, todas juntas, creciendo a centímetros de toboganes de cordón amarillo y postes de luz descascarados. Había allí como una estirpe de fealdad indeseable, pero inevitable: la ciudad. Comprendí que no tenía caso luchar contra los azares urbanos. Por un lado, alguna parejita discutiendo por dinero; por el otro, algunos niños corriendo en una plaza, y los adultos tomando mate, lejanos al murmullo infantil (casi me pareció que habían olvidado cómo eran de niños). No me sorprende, yo también olvidé como es ser niño, como es dejar fluir el azar, no controlar los vaivenes de la vida, solo dejarme ser y estar. Se me ocurrió que, al menos casi por un instante, pude volver a sentir esa libertad casi cósmica y etérea. Entendí, muy al final de esa caminata, que el azar es inevitable, y me dejé llevar por las ensoñaciones de mi tierna infancia por un largo trecho que ya no recuerdo. Es increíble, pero por arte de magia, los pensamientos que antes me habían asaltado, se desvanecieron por completo. Lo único que necesitaba era dejar fluir un poco. Dejarme ser.

11 de diciembre de 2021

El atractivo de la imperfección

 He perdido la cuenta de los innumerables escritos que he depositado en estas hermosas arcas de texto virtual, y lo primero que se me viene a la mente cuando reflexiono sobre la meta del rejunte de letras aquí expuesto, es nada más ni nada menos que un sentimiento de insatisfacción. Una insatisfacción que recorre mis poros, insulsa, a veces imaginaria, a veces tan real como un desamor o un puntapié de la vida. Y la pregunta que luego se erige en mi mente, o la de los lectores reunidos en los posteos, es ¿Con qué objeto, al final, el de escribir prolíficamente sobre los deseos más íntimos o los vaivenes de una vida insatisfecha? A veces uno siente que no quiere responder a esa pregunta, entonces rejunta una serie de estrategias evasivas para rodearlas y así escaparles por la avenida más próxima a pique rápido. Pero lo cierto es que aquellas preguntas que uno no responda en lo inmediato, se transformarán en nuevas inquisiciones futuras, pudiendo retornar como negros vórtices a la mente del escapista, casi de forma irreductible. Lo más seguro es plantarles cara y responderlas cuanto antes. Eso es lo que me dedico a lograr en estas endebles páginas (aunque espero sean formidables), y probablemente sea, de alguna manera, ese motor o leit motiv artístico que pretendo encontrar en todo lo que hago y digo, incluidos los textos, los ensayos, los cuentos, los poemas improvisados y las reflexiones de vida. A lo que me refiero es aquello con lo que el escritor, tanto amateur como el experimentado, buscan incesantemente a través de su prosa y sus reflexiones; y con esto me refiero a decir todo lo que pueda decirse, aunque parezca una locura o una empresa imposible. Todos los escritores somos buscadores de la verdad por naturaleza, nos cuesta contentarnos con los silencios lapidarios, los malentendidos y las fórmulas sociales predeterminadas. Simplemente no podes conformarte con eso. Para nosotros conformarse significa morirse un poco por dentro. No es viable. No lo queremos, denostamos públicamente la falta de lenguaje, la mediocridad salvaje de la sociedad, la violencia como primer recurso, y más específicamente: callar lo que no debe callarse. Es casi un acto de rebeldía necesario, el decir o poner palabras sobre lo que los demás, por regla general, deciden callar o, en su defecto, no son capaces de pronunciar. Y quizás es esta empresa imposible la que más nos caracteriza. El hecho de ser individuos que persiguen incansablemente algo que no está al alcance de la mano. Es deshacerse y desvivirse por la pasión de describir, explicar, expresar sentimientos confusos, vivir y poner palabras sobre las vivencias de los otros (lo que significa dignificarlos, hacerlos notar, porque ellos han vivido y siguen haciéndolo).

Escribir es esto y mucho más. Tarea perpetua e inabarcable. Incansable oficio de los que deseamos ver la verdad absoluta y transmitirla a los otros, y probablemente fallar en el intento, pero dejar tranquila a esa consciencia sempiterna del humano que todo lo quiere demostrar y emprolijar, con el sólo y único objetivo de llegar a más individuos, de demostrar que uno está allí con ellos, que comparte una experiencia irrepetible: el don de la vida. El deseo de vaporizar por los aires cualquier posibilidad de fallos, de falta de comunicación, de todas las detestables faltas de tacto que la humanidad, a veces, descuida por sobre todas las cosas, descuidando así a los otros... A la humanidad entera. Para ello ha nacido el escritor, se trate de quien se trate, novelista, cuentista, poeta, ensayista o humanista y filósofo en general. Para buscar y rebuscar lo perdido por milenios: la elocuencia de los hombres y las mujeres.

Bien sabido es que la historia está repleta de malentendidos. El hombre y la mujer tienden, por un fallo en la voluntad de superarse, a proyectar sobre los otros las inseguridades que residen en su interior, dando por sentado que se comprende al otro, y por ende, sus últimas intenciones. También es bien demostrado que se trata del error garrafal más común de la humanidad, que podría reducirse o definirse como un conjunto de malentendidos destinados a desencadenar guerras innecesarias y reyertas inútiles. La guerra es el resultado de un grosero malentendido en el que juegan en el tablero unas pocas fichas neuróticas que interpretan cualquier diferencia como una afrenta a sus deseos o pensamientos individuales. A veces estas fichas neuróticas lo saben y no les importa, pero muchas veces solo son pobres figuras susceptibles a las opiniones ajenas que, curiosamente, desatan un mal inconmensurable sobre las cabezas de los inocentes con tal de preservar la integridad de un ego herido. Pero esto creo que muchos lo sabemos, aunque nos resulte difícil de paliar. Queremos ponerle un fin a estas atrocidades, nacidas de la incapacidad de la voluntad por entenderse con los otros, pero no sabemos cómo hacerlo. Aquí entra en juego el escritor. Si bien los escritores tampoco saben cómo paliar estos malentendidos, lo que si tienen muy en claro es que el lenguaje y la expresión por escrito tienen un poder latente tan grande que no puede ignorarse. Es cierto que las palabras y los libros no han podido detener la totalidad de las irrefrenables intenciones de de emprender la sed de sangre, pero solemos centrarnos comúnmente en las batallas perdidas por la letra y la pluma. Entonces estoy obligado a darle crédito a los escritores, no por las guerras que no han podido evitar, sino por el sinnúmero de ellas que, a lo largo de la historia mundial, han sabido desviar a base de juiciosas sentencias contra la violencia, y su inquebrantable voluntad de explicar y dejar en claro lo que los violentos no logran sopesar. Al final, no solo es preciso el oficio del escritor, sino que también es altamente productivo y necesario a nivel social. Todos nos vemos profundamente nutridos por la voluntad de hierro de estos seres nobles que desean llegar al meollo de los asuntos en todo momento, sin titubear ni mediar el beneficio propio, o en todo caso, respondiendo al único y más notorio beneficio propio: el hecho de que la sociedad prospere y entienda es, al fin y al cabo, que el individuo también prospere (incluido el propio escritor y sus seguidores). Se trata de un "win on win" o un acto tan noble que no hay nadie que no salga enriquecido por tal empresa imposible. Por esto último, la "imposibilidad" del objetivo del escritor, decimos que la nobleza del acto de explicar en palabras reside en las imperfecciones del que escribe, que intenta superarse a base de SABERSE imperfecto y humano, pero que ello no le impide seguir en la búsqueda de lo imposible.

Nietzsche decía que el atractivo del hombre y la mujer, muchas veces, se encuentra más en sus imperfecciones que en todo aquello que sale redondo de sus manos. "Su obra (la de los imperfectos) no expresa nunca plenamente lo que en suma quisiera expresar, lo que le gustaría haber visto. Mediante su visión imperfecta, eleva a quien lo escucha por encima de su obra y le da alas para elevarse a una altura tal que nunca alcanzarían los oyentes. Su obra se beneficia del hecho de no haber alcanzado en realidad su meta". La nobleza del que intenta algo que es casi imposible eleva al imperfecto por sobre todo lo demás, le da ese toque tan íntimamente humano que muchos desean: el impulso de ser mejores, para uno y para los otros. Se puede extrapolar esto a los escritores que, en gran medida, han contribuido también, con sus mensajes y denodados esfuerzos, a desviar a la humanidad del camino pantanoso, y depositarla sobre un sendero más florido. Pero también es una característica de todos los inconformistas, sean quien sean. Amas de casa desvividas por sus hijos, trabajadores humanitarios y empáticos, hijos, hermanos y hermanas que a diario intentan comprender a los otros, y deciden darle una mano al que la extiende en señal de ayuda, sin malpensar ni albergar ningún sentimiento de desconfianza. Y aun así, ellos también se sienten imperfectos, pero eso ayudan, porque conocen el sentimiento de necesitar una mano cuando uno más la necesita. Eso nos hace nobles. Entonces entendí todo... Entendí por que los escritos, por qué tanta inversión de palabras virtuales. Porque así uno también intenta aportar lo mejor de sí mismo para que alguien, algún alma perdida por el etéreo mundo de la internet, se pare a leerlo y diga: "Esto me sirvió, aunque sea un poco".

2 de abril de 2021

Harto

 

Harto. Harto de los caprichos y las fanáticas adherencias. Harto de las grietas y los paroxismos de estupidez. Harto de estar harto, de ser un objeto reemplazable en el engranaje de un sistema que se queja, herrumbroso, por el chirriar de las vigas sueltas y los tornillos carcomidos. Harto de las insoportables inseguridades. Harto de las deleznables mentes moldeables… Y malditas las mentes que las moldean. Harto de la conducta de masas. Harto de las modas, las apariencias y el “deber ser”. Harto de escuchar “estoy harto de tal o cual cosa”, luego de cruzarse de brazos, inactivo y pensante… Estático. Harto de las volubles amistades de pasillo; las simpatías de ascensor; las carcajadas sociales cuando el alcohol entona lo suficiente el alma. Harto de estar en este rincón, queriendo dejar de estar harto, intentando cambiar algo. Harto de mirar a los demás. Harto de percibir su inevitable capricho vaporizado que volará las ideas de ahora para transformarlas en cenizas de un ayer. Harto de esa movilidad tan aceptada, tan vencedora, que muda los pensamientos e ideologías humanas. Harto de una serie de mentiras que tapan verdades de rostro deforme. Harto de verle escapar a la voz filosófica de la conciencia, con la desesperación de un sediento por el agua en el desierto, a los transeúntes de una calle empedrada, que corren hacia sus trabajos de traje y corbata. Harto de hartarme hasta tener que escribir que estoy harto. Harto de este ejercicio, cada vez más solitario e inútil, de describir en un teclado el nivel de mi “hartitud”. Harto del hastío de cama sobrevenido exactamente después de tus palabras como cuchillos. Harto de ver esos mismos cuchillos salir de distintas fauces. Harto de comprobar la obvia frase de “te lo dije” tras el hecho vaticinado y trágico de la fatalidad. Harto de forzar las sonrisas y las palabras de aliento. Harto de esperar las sonrisas y las palabras de aliento de los otros. Harto de tentarme a responder “bueno” una vez escuchadas estas palabras, porque otra cosa no se debe decir. Harto, entre otras cosas, de querer significar con mis débiles actos, la completitud de mi ser, el sinsentido de lo cotidiano, traducido en vanos deseos y evasivos “te quiero” de un alma que se extingue antes de hacer carne la voz. Harto de toparme con los que prefieren irse, porque quedarse es más difícil. Harto de una insoportable levedad del ser. Harto...

25 de febrero de 2020

Reflexión personal sobre tecnología (muy romántica)


Breve introducción:

El siguiente ensayo (si le cabe un nombre tan grande a un pobre cúmulo de palabras, tejidas con el dulce dolor de la existencia), apenas un berrinche de quien patalea para ahuyentar a los demonios que le atormentan, está destinado a generar algún tipo de consciencia virtual sobre los usos y malos usos de la tecnología del siglo XXI. El escritor que ahora mismo los interpela sabe de sobra que este y temas similares han sido reflexionados y ensayados de forma larga y tendida, y no faltan artículos periodísticos ni entradas de blog que traten el asunto más o menos con cierta frecuencia. Entonces, el lector se preguntará, ¿qué tiene este nuevo ensayo que aportarme a lo ya discutido ingente cantidad de veces? Quizás deba responder, desde mi más total humildad, que nada, salvo que se trata de un ensayo de consciencia más, y estoy convencido de que mientras más se machaque sobre las cosas importantes, mejor cala en el subconsciente del publico aquello que algunos vemos como algo rescatable, o como algo de lo que debemos protegernos. Todos nos cuidamos entre sí, y es una actividad netamente humana la de prevenir a través de sugerencias y explicaciones en pos de evitar amarguras, desdichas y otras calamidades que ensombrecen el alma de los mortales. Esta es mi humilde intención. Si he logrado mi objetivo, el de advertir y concientizar, que lo juzgue el lector por cuenta propia. La elección del tono romántico se debe pura y exclusivamente a mis gustos personales en estilo narrativo. Los que me conocen sabrán perdonarlo (la hipérbole, el tono solemne, etc). Y ahora, sin más dilación, lo dejo solo, lector. Encuéntrese con usted mismo. Piense, y nunca deje de pensar. Piense, para sobrevivir, para ser usted mismo. Piense, y guárdese el derecho de decidir no ser pensado por los demás.


Un millar de historias se tejen en los vastos entramados de las calles. Rostros ausentes y nombres que aparecen y desaparecen en un santiamén, centellean violentamente unos segundos para luego desvanecerse, de un brillante blanco enceguecido a un tenue verde que palidece como un débil fotograma impreso en la retina. Así se pasean por nuestras vidas, desconocidos y allegados, conocidos que luego no serán tan conocidos, y se perderán en el infinito pulular de la urbe, casi como si nunca hubieran existido. La tecnología nos facilita el morbo placentero de espiar los distintos avatares, y con ellos, tomados de la mano, las infinitas posibilidades de un tenue contacto, de acercar el pecho y escuchar el latido virtual de los próximos vecinos, buscando desesperadamente un puerto donde encallar el navío. Este simple acto de búsqueda nos proporciona una especie de hiato de la cotidianidad; y aun así, resulta un dolor de cabeza a veces, tanto por motivos propios, como por motivos ajenos. En el espectro de los motivos propios, nos desesperamos por batir nuestras cabezas contra las piernas de una dulce muza, esperando la suave caricia en los cabellos, el dedo que resbala por los contornos de la mejilla, y que luego desemboca en los labios rosados. Una desesperación tan humana, tan despreciable también. Por otro lado, aquellos motivos no tan nuestros, sino más bien sugeridos por nuestras familias y parientes, quienes nos han legado la antorcha de los ancestros, para advertirnos tristemente sobre las consecuencias de la dependencia emocional, y de la, en cambio, evidente conveniencia de la fortaleza del individuo y el desapego. Sendos motivos, tan opuestos entre sí, no pueden más que generarnos cierta molestia de cara al uso tecnológico, y uno finalmente termina por optar abandonar cualquier deseo personal engendrado en el seno virtual, para relegar las aplicaciones a una utilización casi utilitaria por entero, y así salvaguardar los límites de la individualidad, enfrascados en una burbuja tecnológica, seductora, tranquila y familiar.

Los caminos en soledad a través de esta amplia burbuja tecnicolor, nos parecerán terribles y desoladores, pero a los vehementes espíritus individuales a los que aspiramos noblemente se mostrarán como los caminos correctos, el tránsito necesario y desolador de una vida llevada por el sendero del equilibrio y el provecho de lo redituable. Un contrato auto-impuesto es este, realizado a sabiendas del esfuerzo bruto y vano que ensordece los nervios contra las penas del alma; nos va endureciendo los músculos y el órgano del sentir que, bajo este auto-contrato, ya no desean el tacto de la mano cálida, sino el inofensivo roce del viento gélido sobre la piel, y el azucarado resplandor de una pantalla que se repliega por los contornos de los ojos para inmiscuirse en el corazón del órgano ocular.

No obstante, sucede que, muy hondo en el pecho, los vestigios de una voluptuosa voluntad por quebrar aquel contrato de soledad nace de las cenizas del hastío. La nausea de subsistir aprieta contra los pesos metafísicos del aislamiento, y la consiguiente e inenarrable consciencia de la imposibilidad de suprimirlos en una burbuja tecnicolor nos asfixia con la fuerza de un par de manos de gorila. Surge entonces, de la necesidad de someterse al sordo dolor inútil de la autocompasión, otra necesidad más noble y sana; una voluntad aferrada a la vida, que nos da un impulso para romper las cadenas del dolor y obtener la redención. Buscamos conformar un espacio donde las cadenas no se fabriquen por gusto a la esclavitud, ni se forjen ampulosas quimeras que versen sobre la virtud del casto o el valor de la joven virgen, puesto que a través de estas imágenes nos hacemos una idea de la muerte que adopta los contornos de un vacío estereotipo, viejo como la humanidad, podrido y calcificado por el abuso de sí mismo, por las tantas muertes en vida que ha engendrado. La quimera que enciende el fuego de la represión, del desencuentro, de la falsa virtud del evasor del disfrute, de la vida, y del amor. Y que echa la culpa al sacerdocio, la iglesia, una educación familiar castrativa o, en última instancia, a la sociedad con mayúscula. Una problemática antigua es la que acabo de citar, solo que ahora se encuentra mezclada con aspectos de la nueva era. Quien desee mantenerse incólume ante la necesidad afectiva en el nuevo milenio, se encontrará con una visión general que le facilitará tomar la decisión de insistir en su individualidad, y mantenerse alejado del "contacto innecesario", ya sea que así piense que le escapa a los horrores del ermitaño, o solamente para preservar el estado mental que tanto esfuerzo le ha costado mantener. Pero este estilo no es para cualquiera. ¿Qué sucede con los que desean llegar hasta a alguien, por más ínfimo que sea, por más corto que sea el tiempo de duración de contacto? El celular y las aplicaciones preparan aquí los cimientos para un sólido terreno donde se desata la lucha humana: La necesidad de contacto (Para algunos, un placebo para aliviar momentáneamente el síntoma de la modernidad; para otros, la única búsqueda posible de felicidad). Pero, ¿qué sucede con las promesas de la tecnología en cuanto a este punto? ¿Cómo afectan las conductas y el consumo de ellas a los ingentes usuarios? El resultado, si me preguntan, es completamente diferente de lo que estas aplicaciones prometen. Cierto malestar aparece en los pechos de los solitarios que, ahora que han echado mano de los mejores dispositivos contra la soledad, se ven inmersos en un mar de perfiles virtuales, mensajes secos, vacíos sin respuesta donde debería haberla, o contestaciones innecesarias donde el silencio hubiera sido la mejor respuesta. Apenas unos pocos ejemplos, pero contundentes como prueba de que el desencuentro aún persiste, y se ven aumentados por la cantidad en relación con la oferta.

Ya que los usos virtuales de aplicaciones como Tinder o Badoo comienzan a dejar baches para el aprovechamiento de los usuarios y algunas trampillas (perfiles falsos, fotos trucadas, múltiples consortes y la facilidad de saciar una demanda psicológica de autoestima, dejando insatisfecha la demanda real, etc),  y debido a que esas acciones tramposas de los usuarios, en su mayoría, obligan a las otras partes a adaptarse a las trampas o malos usos generales, se sigue reproduciendo el sentido tiránico común de la virtualidad (orden del cual engendra un circulo vicioso). Cuanta ironía. Resulta que intentando escapar del lobo, la soledad real, nos encontramos en sus más oscuras fauces perfiladas de un marfil de bits sintetizados en ondas magnéticas, y una extensa garganta de fibra óptica. Aún así, lo seguimos intentando. Intentamos conectar. Prolongamos nuestras relaciones interpersonales a través de extensas líneas de pixeles y verde éter. Intentamos conectar con nuevos perfiles en un maremoto de otros perfiles que están siendo interpelados al mismo tiempo, en todo lugar y a toda hora, por todo el mundo. Y ninguno de ellos sospecha la colosal confusión mental de tanto espacio liberado, de tanta posibilidad junta, de tanto potencial “contacto”. Mantener los pies sobre la tierra de un horizonte perfilable y limitable es aquello que nos mantiene cuerdos, al menos en lo que se refiere a algo tan vital. Y ante el panorama infinito, los adictos y pendientes del dispositivo se someten a la contemplación también infinita de un horizonte desdibujado. La laguna de posibilidades sin fin, y el horizonte de cordura, necesario para todo ser humano, se esfuma a consciencia, por voluntad del individuo. La compulsividad por lo virtual termina por dominar una tercera parte de nuestras actividades cotidianas, y la aceleración de los contactos (si es que se producen) nos deja un regusto amargo; ya que pareciera que, para ser justos, nunca hemos hablado con nadie, ni conectado con nadie. Un recuerdo fantasmal y pasajero que acude por las noches frías, con la cabeza recostada sobre la almohada, en desinteresada contemplación de un techo blanco.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con unos rostros, representados dentro de una pantalla luminosa que resplandece por las noches? (Noches solitarias de vacío y espacios no reconciliados). El temor de lo vacuo, lo inerte, de un hueco helado entre mi piel y la de otro ser que no alcanzo a tocar, sino casi apenas a través de torpes mensajes privados (intentos de conversación) tan inútiles como evanescentes. Un visto o un "en línea", dos símbolos patrios de lejanía, dos demonios hechos de ojos, que acechan pero no accionan; una bestia hermafrodita que conforma los órganos de dos monstruos en uno, y la semilla de su flor genital que encuba embriones de desolación que acaban por producirnos una renuncia definitiva a tocar un alma. Una sensación brutal de abandono, que nos alza en el aire para luego dilapidarnos sobre el violento pavimento, nos estampa de un sopetón, y de bruces al piso caemos para encontrar la realidad maciza de un crudo llano de cemento: la soledad gris. Del piso nos levantamos, con la fuerza de una lastimosa babosa que se repliega ante la sal que se empeña en darle muerte, pero ella todavía lucha, tan absurda y pequeña como la consciencia de sus dimensiones, pero tan inmenso su dolor en comparación. También la babosa se encuentra sola ante el espectáculo de su propio deceso. Y a simple vista, qué trágico se ve todo, por más pequeño que sea, cuando se asiste al cese de la vida, desde los organismos más insignificantes hasta los humanos. La muerte es un asunto solitario, pero ¿qué hay de la vida solitaria? ¿Es acaso otro tipo de muerte? Por otro lado, ¿cuánto de ella es verdad y cuanto una triste ilusión del inadaptado? ¿Cuántos sufren de ella sin vocalizarlo, y cuantos la padecen, mientras se tragan el nudo de la angustia que les aprieta la garganta? Para responder sobre una cantidad indefinida de solitarios, tendríamos que calcular el número colosal de almas solitarias y, en primera instancia, esto ya nos reportaría una tarea meramente inviable. Aunque, si se hiciese el intento, la sensación probablemente consistiría en la visión de un mundo inmenso, desierto, y virtual.

Sin embargo, las apariencias engañan, eso lo tenemos bien sabido. No todos los pobladores de este árido desierto serán los habitantes del desierto virtual. Pensemos en el siguiente ejemplo: Un niño solo, mirando el celular por horas, sentado en un banco en una plaza, sin interacciones por largos periodos de tiempo, y una mirada fija en el horizonte que parece delatar cierta actividad mental sobre la rudeza de la triste vida, o al menos eso creemos con ver sus lacrimosos ojos, despistados en el vasto zigzag de edificios de la ciudad. Si bien ese niño retirado de todo en una plaza, con el celular en mano, echando de cuando en cuando algún vistazo al horizonte gris, nos parecerá una situación particular o aislada, no podremos ignorarla; ya que la imagen toda nos resulta un claro indicio del solitario, y, aún así, quizás incurramos en un grosero error. Los simuladores de sonrisas y compañía, rodeados de multitudes que parecen nacer de la tierra e ir variando con los cambios de órbita terrestre, son quizás portadores de soledad en parecidas proporciones. Sus aptitudes para el deportivo ejercicio de la socialización los pintarán como seres capaces, mundanos y repletos de luz interior. No es más que una mera máscara, una pantomima del individuo sociable; un artificio bien elucubrado y sostenido por las fuerzas inquebrantables de la voluntad humana, que solo reside en algunos benéficos cuerpos. En comparación con esta imagen mental, el niño solitario de la plaza es apenas un solitario tecnológico más; de otra estirpe, quizás, pero de la misma esencia de la que están hechos los otros.

Entonces, aún más allá de la apariencia de acompañamiento del “sociable”, se encuentra el alma que no toca ni logra sentirse tocada por su entorno. El sentimiento parece persistir, pero se desvanece en cuanto el individuo entabla una nueva relación. De esta manera logra escaparle astutamente a los devastadores efectos de  una reflexión más profunda de su condición; la que puede llevarlo invariablemente hacia la cruda convicción de la propia soledad. Los dispositivos y las aplicaciones de citas lo mantienen encandilado, tan pronto como aparezca alguna novedad material que arrebate sus deseos e impulsos de consumo. A sabiendas de esto, y de las apariencias y sus múltiples formas, en conjunto con lo anteriormente explicado, nos sabremos, en última instancia, en un embrollo insoluble en cuanto a los distintos tipos de solitarios, y de la tentativa de medir cuanto aporta la tecnología para agravar ciertos aspectos. Un laberinto imposible de sortear como queremos, la soledad, nos pone contra la pared, y nos oprime al fin, a todos y todas, casi por igual, y sin posibilidad de obrar contra ella de manera efectiva. ¿Es acaso la espada de la tecnología la que nos acorrala contra el muro? ¿Es esto una ilusión oscura sobre la condición humana? ¿Acaso se trata de la débil voluntad de un alma enferma, “padeciente” o pesimista aquella que se siente solitaria y busca refugio en aparatos electrónicos? ¿O más bien se trata de una realidad, mitad pesimista, mitad realista, de la condición actual humana? ¿Hemos entrado en una era de desconcierto ante la presencia real de los individuos? ¿Acaso se ven más reales los avatares virtuales que las personas de carne y hueso que las conforman? Son demasiados interrogantes, lo sabemos. Para responder la última pregunta, que es el que nos resulta, quizás, más interesante, echémosle un vistazo a los dispositivos que regulan nuestras vidas: celular, televisión, computadora, entornos virtuales, aplicaciones, y smart-devices en general. ¿Qué tienen en común y cómo nos han afectado? Poco y mucho, podría responderse. Poco en cuanto a nuestra capacidad para adaptarnos, y que solo se trate de un cambio más en las formas de socializar. Mucho en cuanto a las consecuencias de estos cambios de socialización. Mucho en cuanto a la recepción de los diferentes usuarios de Whatsapp o Android/iOs y otras aplicaciones, puesto que dentro del espectro de interacciones cotidianas se encuentra un flamante patrón conductual que se establece como dominante, desplazando y dejando como “obsoletas” otras formas más presenciales de la socialización. De esta forma, toda una generación podría considerar aún más real una experiencia virtual que una presencial, puesto que la virtual retiene el factor idílico de las relaciones (aspecto que sobresalta por todos los demás, ya que de publicidad y promesas está hecho el “mundo del capital”). Por supuesto que no pretendo acá sugerir que el encuentro presencial sea un aspecto olvidado de las nuevas interacciones; pero podríamos estar en condición de afirmar que ha perdido una antigua y necesaria vigencia que la constituía como la mejor vía de conocimiento de las personas, dentro de su ámbito de vida rutinario y real. Las nuevas generaciones (me incluyo) comienzan a ver dificultades en la posibilidad de contacto real cara a cara, y las facilidades que permiten las nuevas tecnologías se vuelven, finalmente, en una excusa para evitar hasta las últimas consecuencias el conocimiento no virtual y personal de las interacciones con las cuales venimos compartiendo contenido, imágenes y audios (o por lo menos evitarlo hasta que resulte excesivamente necesario que alguna de las partes actúe finalmente para que se dé el contacto final). Lo virtual se vuelve un poco más real dentro de semejante panorama. Si las conexiones que establezco bajo parámetros virtuales responden a mis necesidades con mejor precisión que la dura y pragmática realidad material del mundo, entonces la conexión entre sujetos por aplicaciones se vuelve una experiencia tanto más intensa. Esta intensidad termina por vencer la posibilidad material de las probabilidades de que dos o más sujetos se encuentren plácidamente en el resquicio de una agenda apretada, puesto que facilita en los participantes un estado perpetuo de miedo al fracaso social, una vez se hayan presentado fuera del ámbito virtual (nuestra laguna segura y reconfortante).

Lo que parece ser el meollo del asunto es el desencuentro permanente que causa lo virtual contra lo real, encarnizado en un teclado que irradia una luz fosforescente, y que nos recuerda una y otra vez cuán inútil puede ser el intento por alcanzar al ser al otro lado del teléfono, ya sea por evasión de una de las partes o por el propio miedo al fracaso terminante. Y todo ello se multiplica: las agonías y la oscuridad de una soledad irremediable, dentro de los límites geográficos de esta tierra: por ejemplo, Argentina, tierra de nadie, tierra olvidada. No solo sufrimos el insoslayable acoso del cambio urbano y las tecnologías, sino que los comenzamos a sufrir como cualquier urbe mundial. Una tierra, antaño característicamente cálida y compañera, que ahora se cierra sobre su población como la mano negra aciaga del aislamiento; la mano que ha sabido desplegarse con la misma velocidad con la cual la mano de la luz y la creación, oscura y febril, se ha desplegado a lo largo y ancho de la humanidad. Esta mano, que es la sombra antitética de la mano de la luz, ha hecho carne el desprecio y el odio; ha sabido desplegar su penumbra tan rápido como la luz se esparce por el globo. A la par van las dos manos: la mano siniestra y la diestra, articulándose, levantándose, y cubriendo distintos lugares, por separado, pero siempre mirándose y copiándose la una a la otra. Cada rincón que es iluminado con sonrisas, compañerismo y bondad, es abarcado en su antítesis con la mano siniestra. Ella se levanta y roza con la yema de los dedos todo lo que se encuentra en frente de la mano derecha. Se imitan, solo que ambos poseen distintas intenciones. Bajo los árboles argentinos, las hojas de esta patria, y su cielo, en conjunto, la mano siniestra ha tapado casi todo lo visible. Su amiga derecha se ha empeñado en extenderse por otros países, y así se jacta la siniestra de haber alimentando naciones enteras con la miseria, convenientemente posada sobre Latino América, mientras que la derecha se felicita, sus frutos en la mano, y la victoria consagrada en cemento lejano. El precio a pagar para los condenados ciudadanos será una condena perpetua, precisamente. Quien no se anime a dejarla, tendrá que adaptarse a la sombra como hábito y estilo de vida. Quien se quede, tendrá que asumir el riesgo, con pocas o casi nulas posibilidades, de salirse de la negrura, o más bien, transitarla cómodamente, sin demasiados sobresaltos ni sorpresas. Sobrevivir es el verbo que mejor nos cabe en la boca a los argentinos, cuando nos referimos a nuestro sagrado suelo.

Las almas aquí residen, quejándose a intervalos, escupiendo el hogar que les tocó colmar con el pellejo, y maldiciendo cada día que transcurre. Este argentino agónico, sobre una larga y vasta tumba de "desconocidos", enmudece ante la tristeza que mira de soslayo. No estoy seguro de si se trata de un acto de respeto por lo grave y lo turbio, fenómenos ampliamente conocidos por nosotros, o si se trata de un miedo irrefrenable y suma desconfianza al porvenir, inseguro y desdibujado. Y digo "desconocidos", porque la identidad firme no le ha arrancado ningún suspiro a esta pobre tierra, salvo, claro está, por aquellos conservadores nacionalistas que defienden con fervor un estilo y costumbres que no pueden durar mucho más tiempo del que ya han tomado. Paso a paso se van conformando los cables, los postes, las calles, edificios, y pavimento, de un conglomerado solitario. Cada cable, rumiando fuera de las pequeñas y achaparradas casitas de la gran Buenos Aires, va trazando un itinerario que el ojo de la siniestra vigila sin descanso (no vaya a ser que se le escape un transeúnte, imperdonable desidia si las hay). Y, finalmente, la única escapatoria queda en el individuo y su libre albedrío.

Si el individuo en cuestión, sometido a los avatares tecnológicos, presenta una notable predisposición débil a caer una y otra vez en los placeres y facilidades de la comunicación virtual, un tercero debería estar en derecho y posibilidad de hacérselo notar. Si un tercero hiciese este movimiento de altruismo mágico, entonces se encontraría con la posible primer barrera: la negación de parte del individuo a reconocer el problema; lo que claramente descalificaría el asunto como tal (“problema”), para mantenerlo en el lugar en el que persiste (“orden común de las cosas”). Para que una situación pueda desplazarse de un “orden común de las cosas” a una calificación de evidente “problema”, todo un sistema interno, tanto individual como colectivo, debe ponerse en marcha en pos de su conveniente aniquilamiento. Si las consciencias que atrapan los pensamientos del orden común no se replantean aquel “orden de las cosas” como tal, es decir, no se figuran la posibilidad de otro “orden de las cosas”, entonces el orden vigente nunca podrá desplazarse a la situación de “problema”. Pero, ¿qué nos hace ver en determinadas situaciones la definición de un problema? Debe haber siempre una mente correcta y concienzuda que respete las leyes anteriores del orden de las cosas para estar segura de que este nuevo orden configura todos los aspectos de un “problema”, al estar lejos de lo que los hombres y mujeres consideraríamos una mejora de la calidad de vida, tanto física como psíquica. Puesto que las mejoras de la comunicación virtual están más a la vista que sus respectivas desventajas, se hace harto difícil que toda una comunidad, inserta en el nuevo orden de las cosas, se dé cuenta o que apenas logré un atisbo de duda frente al nuevo panorama que le toca vivir de forma virtual. Es el individuo que aún persiste en ciertas formas antiguas el que primero pone el grito en el cielo ante lo nuevo. ¿Cuándo este espíritu viejo lleva razón en su queja?, y... ¿Cuándo consiste en un simple berrinche de un anciano que encuentra difícil la adaptación al nuevo orden? Complicado de responder, ya que los momentos de transición tecnológica y sociológica configuran momentos históricos que no se dejan seducir tan fácilmente por el análisis intelectual. La historia se resiente a ser descrita hasta que haya pasado su efervescencia, para luego ser transformada, justamente, en historia: resumido en el momento de ser descrita fríamente, y transmutados los hechos de anterior actualidad en un compilado reconocible de sucesos y efemérides, vistos hacia atrás con la relativa comodidad del historiador. Por lo tanto, sería arriesgado decir ahora si la virtualidad constante corrompe o sirve a su causa al usuario que la porta; pero no sería igualmente arriesgado afirmar que sus consecuencias negativas afectan a una gran masa de la población, y que, bajo una no muy extensa reflexión de los usos y malos usos de las aplicaciones, se puede llegar a un régimen de consumo mucho más sano y a consciencia. El objetivo de este escrito es tomar consciencia, justamente. No podemos culpar a un dispositivo de nuestros malos usos o conductas frente a los fenómenos, claro está, pero tampoco podemos hacer la vista gorda frente a un problema como tal, cuando la debilidad de la consciencia nos deja inermes frente a un fenómeno, cuya potencia se ve enervada por la indiferencia general.

Inmersos en esas pantallas, cristal y líquido ocular, fusionados como dos partículas subatómicas en el imperceptible aire. Son una bola de sombras negras, caminando sin rumbo, gritando, peleando inútilmente contra sí mismos, desperdigando una maldad ultraterrena, repleta de insensibilidad y negruras de un agujero insondable. Hacen aquello que les sienta mejor: quejarse, replegarse contra sí mismos, luchar por un egoísmo recalcitrante, luchar contra el otro, hasta aplastarlo en pequeños montoncitos de migas inútiles, dispersas por el suelo. Un cúmulo de historias viejas y motivos despreciables ya estudiados- aquello que suscitó las más frías guerras y masacres, pero hechas, ahora mismo, a través de un mundo de pixeles luminosos. Esta lucha reciente no hace a la guerra menos aborrecible, pero seguramente empeora notoriamente algunos de sus rasgos. El semblante perdido de un amante enojado, en soledad contra una pantalla. El llamado de una voz que requiere, palpitante en la sorda noche, pidiendo auxilio y compañía a un oyente indiferente; una discusión estéril llevada a cabo en el rincón más alejado de un shopping intenta hacerse camino entre las bulliciosas muchedumbres, para terminar destrozando la única ligazón entre dos seres, ahora separados por trivial broma del destino. Todo ello, en nueva vía electrónica, tiene la sutil pero temible apariencia de un demonio enmascarado. El demonio no se ocupa de crear la discordia, pero donde ella existe, sabe que sus acciones tienen algún influjo sobre los discordantes. El demonio tecnológico, un gigante negro hecho de eones, más allá del cielo, la tierra, las nubes y los astros. Nos mira desde lejos, se ríe por lo bajo.

A veces quisiera pulverizar este eterno instante, querido lector. Que se esfume todo lo que no nos sirve más que para sufrir, que se evapore tan rápido como sus asquerosos pantallazos se posan sobre mis órganos receptores. No quiero verlo, ni escucharlo más de lo necesario en el día. De tan solo pensarlo, no puedo siquiera sorber lentamente esta cerveza negra junto a mi escritorio, simplemente me da náuseas. Me cuesta digerirlo; creo que padezco del estómago. Un renombrado escritor ruso dijo una vez que los que padecen también del hígado poseen una marcada disposición sensible que delata una terrible condición: no pueden digerir la realidad. No sé si es bilis, dolor físico, resentimiento puro, o un temblor kierkegaardiano contra Dios, uno hecho de tuercas y cristales... O simplemente un ente superior, que nos domina, se burla de nuestros torpes pasos, y nos hiere con un dedo acusador que requiere de la desdicha ajena para su deleznable entretenimiento. Que terrible giro narrativo el que me atrevo a componer ahora mismo. Le doy al lector un cómodo y agradable artículo de auto-superación tecnológica, para después dar con una última estocada de mi espada negra. Qué pretendo acaso? Intentaré un esfuerzo de respuesta:

Que sirvan estas palabras, querido lector! Que sirvan! Para que, en algún rincón de Bs As, tan alejado como cercano al bullicio de ciudad, una cuantiosa colectividad decida que lo que acá se ha escrito no son puras tonterías sin sentido. Siempre y cuando una sola alma, tanto perdida como guiada por el espíritu de la modernidad, encuentre un paliativo para sus dolores de soledad cibernética, y que utilice dicho paliativo, en conjunción con el poder de las palabras, para disuadir a una generación entera de una desgraciada existencia, compuesta de una tecnología mal utilizada para las mejores y más sanas tendencias del ser humano: comunicarse, tocarse, sentirse acompañados en un baile del que nunca hemos querido formar parte, pero que debemos realizar con máximo placer y disposición.

11 de junio de 2019

Váyase sin irse


Escuche con atención. Ahora que tengo su atención, ya no la quiero. Retírese, pero quédese. Lo quiero y no lo quiero. Estoy hecho un histérico. Mejor quédese, pero con una tendencia latente a irse. Quédese con la idea de irse, eso es lo que ahora necesito. Si desea quedarse, y yo así lo deseo, mejor sería desear que se vaya después de determinado tiempo. 
Si usted desea irse, y yo deseo que se quede, entonces me armaré de valentía, fingiré indolencia y le abriré la puerta; pero si usted desea quedarse y yo deseo que se vaya, será mejor que acate mis órdenes: 

“Váyase y no vuelva”

Si de lo contrario, usted me hace caso y se va, no se atreva a contradecirme luego, porque irse y volver es peor que no querer irse. Y si se va y no vuelve, mi excentricidad ha triunfado nuevamente. No deje que esto ocurra. Quédese, pero porque así usted lo desea. Yo así lo desearé si usted lo desea de verdad, porque so pena su indiferencia, yo le estaré agradecido de que junte sus petates y se vaya, si así lo desea, claro. 
No se puede ser neutral dentro de un tren que se mueve y posee un destino, una última estación. Le ruego, pero sin rogarle, que se quede y que quiera y desea quedarse, porque este tren se mueve, tiene un destino, y su indiferencia, amado pasajero-lector, es el principal obstáculo en las vías.

29 de marzo de 2019

Sin título


No les traigo un poema político
Ni un discurso privado
Esto nace del alma
Honesto y angustiado
El hombre, que es fuerte
Y erguido
Con la frente alta
Como sus padres le han dicho:
“No llore, a usted nada le hace falta”
Pero quien me dice
Lo que me hace falta
Si a veces un niño me creo
Un crio ingenuo
Que carga una espada
Y un escudo de lata
Que arremete contra los monstruos
Sombras horribles, sin rostro.
Cuando me caigo
Sobre los pies me levanto
El peso puesto en los hombros
Con ellos cargo
El peso más pesado
El crimen de los otros
Y junto a ellos mi pasado
El propio, y no el ajeno
Que en esta vida
Más vale andar liviano,
Las cargas que sobran
Nos dejan invalidados.

La vida me ha enseñado
Que los monstruos no son de cuentos
Existen a nuestro lado
Visten de cuero y fieltro
Y tienen el rostro machucado
Por los males que han cometido
Sobre las pobres mentes
De inocentes y perdidos
Las manos más grandes
Poderosas, sin guantes
Todas ellas cubiertas de sangre
Son aquellas las que estrangulan
El amor y el arte.
Por eso los busco
Pero los pierdo de vista
Quizás no soy buen buscador
Me hace falta una guía.

Pero siguiendo mi corazón
He llegado por una vía
Agrietada y abandonada
Que descansa sobre una loma despoblada.
Encontré renacuajos y bichos raros
Pero aunque peligrosos se vean
A nadie le hacen daño

Y detrás de las casas bajas
Hombres tiesos, levantando las palas
No se mueven ni se inmutan
Solo contemplan la mirada
De los que pasan sin voltear la cara
Los que se apresuran a pasar de largo
Y no verles la tez ajada
Y ellos allí clavados
Entre la miseria y el espanto
Son muchos, son hombres varios
Pero aunque peligrosos se vean
A nadie le hacen daño

Con esto ya he demostrado
Y me quedo seguro
De no estar equivocado
Son muchos los hombres
Que parecen peligrosos
Pero las apariencias engañan
Los ponzoñosos son otros
Todas las veces
Que mis pies
Este suelo han hoyado
No será la última vez
Que me doy consuelo
Que mirando los techos
Bajos y cerrados
Y aquellos niños achaparrados
Que juegan siempre en el barro
Estoy seguro
Que a nadie le han hecho daño

Mientras escribo estas líneas
Mi pecho se desgarra
No sé si es un recuerdo
Pero duele como dagas
Clavadas en la espalda
O será esta realidad
Que rasguña con sus garras

Pero yo no bajo los brazos
Las alzo bien alto
Aunque combativo,
También soy manso
Aunque solitario
Más vale solo que mal acompañado
No se ofendan, mis amigos
A ustedes los conservo a mi lado.

Y a los traidores y los blandos
Mejor no verlos y olvidarlos
Saben qué? A veces pienso
Un poco enojado
Que gracias a ellos
Los chicos achaparrados
Hoy juegan en el barro