8 de diciembre de 2014

Detrás de las blancas puertas

Detrás de las blancas puertas de mansiones antiguas se encuentra la vida en su estado de decrepitud; blancas momias danzan tras los goznes y el living se impregna de un aroma a muerte. Ancianos que se aferran a sus últimas horas de vida, luchando contra la muerte, aquel infortunio que antes de su llegada dicen que produce una angustia por todo lo no vivido, y el arrepentido anciano desea volver el tiempo atrás y rehacer sus momentos con lentitud. Un pulso herido que ronda la pieza, la cama y las paredes húmedas recorre toda la casa, pasa por el techo, se escapa por la ventana y toca el corazón de algún cansado caminante, deprimido y cabizbajo. Son estos siniestros, la incertidumbre de la nada y las últimas lágrimas lloradas las que alcanzan y corrompen las almas de los que todavía tienen el deber de seguir arrastrando esta incertidumbre hasta el final que, ellos adivinan, será como esta negrura.

Mi papá me dijo una vez que ver un cadáver es horrible. Nunca le creí, pero tuve la oportunidad de verla a mi abuela en un sarcófago en el velatorio. Me acuerdo que segundos antes de traspasar el umbral donde dormía, pensé que lo que iba a ver me perseguiría con obstinado horror hasta la vejez. Me equivoqué. Sólo vi un retorcido desparpajo arropado con una fina seda blanca. El rostro de mi abuela se veía tan deformado en sus mejillas que otrora rebozaban de buena salud, pero que en aquel momento solo morían en silencio, infladas por el efecto de las drogas que intentaron inyectarle minutos antes de los espasmos que terminaron con su historia. Mi abuelo no se alejó del cajón en todo el velorio, y el espectáculo parecía ridículo para un adolecente de 17 años. Algunos pocos “conocidos desconocidos” reían y tomaban café, sentenciando frívolamente sobre la muerte y rindiéndole incomprensibles analogías. Uno de mis tíos (ya no me acuerdo su nombre ni donde vive)  dijo “La vida de casado es tan nefasta como la muerte, señores. Salvo que ésta última no lo es tanto como la primera.” *Risas*. Yo miraba desde mi asiento, con las manos en los bolsillos, sintiéndome culpable por no sentir nada. Un hombre alto y corpulento, que reconocí al instante como Silvio, un amigo íntimo de mi tío, me palmeó el hombro y me consoló:

-Fuerza, eh.

A lo que respondí con un gesto patético, intento de una falsa sonrisa de autocompasión. Aunque no recuerdo haberme sentido así.

Recuerdo que a las pocas horas de estar allí, me sentí extraño. Era todo ese espectáculo un show tan ridículo. Me pregunté por qué unos matrimonios de ancianos que apenas mantuvieron contacto con mi abuela se sentían responsables de asistir tan hipócritamente al evento que, dicho sea de paso, no resultaba tan diferente de otros inútiles homenajes. Una casona donde mantenían un cajón abierto durante horas, desparramando angustia y muerte. Los parientes se acercaban para llorar al muerto, derramando lágrimas (¿Cuántas de ellas eran verdaderas?) sobre la piel mortecina de una anciana cuya vida devota al matrimonio y los quehaceres domésticos habían hecho un poco más fáciles las condiciones familiares de una familia que desaparecerá en unos siglos, sin apenas dejar rastro sobre la humanidad.

Al final, cuando los falsos payasos parisienses abandonaron uno a uno la casona, me invadió un sentimiento de tristeza aguda. Esta tristeza no estaba dirigida hacia mí, sino hacia la agonía de mi abuelo, que veía una vida sin sentido después de perder a su compañera de tantos años. Y me puse a pensar que, quizás, lo más terrible de la muerte son sus sobrevivientes; quizás también las horas restantes sobre la tierra, que impregnan cada acción y cada pensamiento con la sombra del miedo a que estas sean las últimas, el miedo a que la muerte aparezca, haga fallar los órganos y se lleve nuestros deseos de transmitir un mensaje importante a nuestros seres queridos. En las películas, los personajes mueren heroicamente, profiriendo sus sermones en voz fallecida, pero certera, mientras derraman un hilo de sangre que corre por sus labios. Lo terrible es que, en la realidad, lo único que estos ancianos agónicos llegan a proferir antes de morir son un par de estertores moribundos, seguidos de la rigidez de los miembros, y la vista clavada en el cielo. Algunos llegan a decir “Maaaaa…. Uuummmm…. Muaaaa” queriendo articular un extraño lenguaje que se torna lúcidamente torpe a medida que la sabiduría de la muerte ilumina los conocimientos humanos.


Detrás de las blancas puertas de mansiones antiguas, otra vida más se extingue en esta jungla de cemento. Y no fui el único caminante deprimido en escuchar un anciano morir antes que su compañero.

1 de septiembre de 2014

Una breve nota sobre mí


"Solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo".

Robin Williams


Controversial manera de introducir una nueva entrada... después de tanto tiempo, ¿No?. Para los que se preguntan por qué abandoné un hábito que venía manteniendo por mucho tiempo, la respuesta no es simple; es un cúmulo de cosas inexplicables. Si tengo que empezar por uno de los tantos problemas que me causaba, debería decir que fue aquel contraste entre lo que consumía de "ellos" y la realidad misma. Cuando uno prueba el paraíso, no puede volver a la realidad sin un desliz en su sanidad mental. La ficción, tan colorida como es, nos permite imaginar, pero a veces ésta vuela tan alto, que nos aleja de lo que nos rodea. Este hábito (solo algunos sabrán a cual me refiero) me dejaba una pena existencial al alcance de la mano, deseos frustrados en la mochila, y una tristeza inmensa. No la curaba nada. Consumía horas reloj, días, semanas, meses, y años de mi vida. Cada día me sentía más un extraño. Llegue al punto de no querer ni esperar nada de nadie. La humanidad me daba asco (quizás me siga dando asco). Comencé a engendrar una sensibilidad exacerbada por lo abstracto, que claramente me enceguecía de lo práctico. Estaba hecho un monstruo devorador. Pero la sensación de soledad no solo persistía, sino que crecía con las páginas pasadas. El sentimiento de incomprensión alertagaba mis ánimos y me dejaba un malestar que no me dejaba disfrutar de ningún momento. Cada minuto pensaba que "podría estar haciendo otra cosa" o bien "esta o tal otra persona es una basura". Mis intenciones de entablar conversación con los otros se desvanecieron por completo. Nada de lo que la gente pudiera aportarme en una discusión se comparaba con el monólogo único y poderoso que entablaba con mis amigos de papel. La depresión y las constantes luchas conmigo mismo me habían llevado a contraer enfermedades físicas asociadas al mal funcionamiento de la psique; en otras palabras, mi malestar psíquico era tan drástico, que transpolaba aquel malestar a los órganos de mi sistema, haciéndolos accionar de manera deficiente. Mi cuerpo y mi mente eran un caos. Tuve que tomar una decisión drástica (por lo menos me sigue pareciendo drástica... e injusta también), pero lo único que podía salvarme era suprimir por completo aquel hábito. Un hobby que había hecho nacer tantas cosas buenas en mí, pero a un precio descomunal: mi propia salud. 

Hace 7 meses que estoy completamente sobrio. Y sólo debo decir que me siento "bien". Pero todavía sueño. Sueño y deseo. Ahora estoy sujeto a los temas y las problemáticas de este mundo mortal. Ya he entregado mi voluntad al exterior. La voluntad inerte está en peligro, no me queda duda. No sé si seguirá vivo, pero, por el momento, creo que va camino a su propia muerte. La voluntad inerte ha renacido en busca de su total aniquilación... porque ahora ha decidido confiar en los demás.

8 de febrero de 2014

Ojos Que Persiguen - 1984 de G. Orwell (review)






"Political language is designed to make lies sound truthful and murder respectable, and to give the appearance of solidity to pure wind"

George Orwell 

"La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza"

Enunciado del Partido

"2 + 2 = 5"

Enunciado de O'Brien



En el año 1984, Winston Smith, un integrante importante del Partido y empleado del Departamento de Archivos, decide escribir un diario para dejar a la posteridad. Ingresa en la habitación. Al otro lado de la pared se encuentra una enorme pantalla que monitorea los movimientos más leves y registra los sonidos más imperceptibles. Winston se sitúa en un rincón donde la telepantalla no alcanzaría a delatarle; un lugar en la oscuridad donde escapar de aquellos ojos persecutas. Toma una pluma, y comienza a trazar el camino hacia su libertad. Un camino que lo pondrá en peligro inminente. Y comienza la cuenta regresiva. Las horas están contadas. Desde el momento en que concibió la idea, ha cometido una herejía contra el Partido. Winston ha cometido el “crimental”.

En plena dictadura, este hombre intentará esconderse de la Policía del Pensamiento, una organización estatal que se encarga de rastrear y torturar a todos aquellos que infrinjan la ley o demuestren cualquier tipo de conducta heterodoxa. El avasallador control mental ejercido por el Partido sobre los habitantes de Oceanía, junto con la incipiente lobotomización del uso de la nuevalengua -que castra el lenguaje hasta reducirlo a apenas un simple germen-, impide cualquier concepción “desviada” de la doctrina de las guerras y el odio: la doctrina del Gran Hermano. Una doctrina que impone que la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza. El pasado no existe, o, mejor dicho, es constantemente mutable. Winston es uno de una indefinible cantidad de empleados abocados a alterar el pasado y corregir cualquier inconsistencia o incompatibilidad que pueda controvertir las sentencias del Gran Hermano. Ningún recuerdo es confiable, ya que no existen pruebas materiales que lo abalen. Ni un archivo, ni una fotografía, texto, revista, libro, diario, absolutamente nada. Todos los medios audiovisuales se encuentran bajo la lupa del Departamento de Archivos. Cada día, el escritorio de Winston se llena con nuevos papeles provenientes del tubo neumático. Tendrá que corregir todos y cada uno de ellos para no dejar evidencia de las erratas del Partido. La guerra siempre ha existido, pero nunca hay ganadores. Oceanía y Esteasia contra Eurasia; Eurasia y Oceanía contra Esteasia; Oceanía contra ambas potencias; los aliados y los enemigos van mutando según la conveniencia política del momento. Los ciudadanos utilizan el “doblepiensa” para convencerse a sí mismos de que la historia no ha cambiado, y la rueda sigue girando y creando ciudadanos “bienpensantes” que se someten de buena gana a una vida aburrida y poco emocionante.

Dentro del malestar social que experimenta Winston en sus últimos días como un creciente inadaptado del Partido, aparece una joven y hermosa muchacha del Departamento de Archivos que capta su atención con sus delicadas curvas y su andar provocador. Al principio, Winston, convencido de la frialdad y rigidez de las mujeres del Partido, decide ignorarla y desearla en silencio, pero llega el glorioso dia cuando Julia decide acercarcele y dejarle una nota escrita, fingiendo una caída en el pasillo, frente a las telepantallas que tocan constantemente una asquerosa música enlatada de ascensor. Winston se las arregla para leer el mensaje en el trabajo, bajo la vigilancia opresiva de la telepantalla. Desliza el mensaje junto con los papeles del tubo neumático y logra leerlo. La dificultad principal en aquel momento residía en ocultar la conmoción dentro de su corazón, que se asomaba en el rostro como una traición del inconsciente. Por supuesto, la telepantalla presta especial atención a cualquier distorsión de la cara. Una ceja levemente levantada, una mirada fija, una mínima apertura de la boca o cualquier indicio de sobresalto. Cualquiera de estos deslices podrían delatarle fácilmente. No obstante, logra sobreponerse con una facilidad impresionante. Después de todo, el mensaje rezaba nada más ni nada menos que “te amo”.

Aquí comienza el escape de los amantes a través de distintos paisajes para desembocar en retirados parajes donde poder esquivar la vigilancia y tener intimidad. Julia guía a Winston a través de un camino de bosque frondoso, donde los micrófonos y las telepantallas no existen: un lugar tranquilo donde entregarse a los placeres de la carne. Los amantes pasan allí un tiempo considerable, antes de terminar alquilando la habitación superior del viejo erudito, el señor Charrington. El anciano introduce a Winston en un mundo pretérito, donde las emociones florecían, sin censura, en los corazones de la gente, y las manifestaciones de amor se practicaban a la luz del día. El poder sentimental que sus antepasados atribuían a sus objetos preciados se mostraba con total libertad... muestras de un mundo inalcanzable por aquel entonces. Estos encuentros refuerzan en Winston el deseo de vivir y experimentar situaciones nuevas. Julia y Winston deciden realizar encuentros cuidadosamente programados, que parezcan inconexos y fortuitos a los ojos del Partido. Esquivan miradas, susurran planes por lo bajo, y hacen el amor en el lecho del ático. Sus encuentros se van sucediendo, entre citas a escondidas y desenfreno sexual van construyendo un lazo que los mantendrá hasta... casi el punto culmine de la historia. Cuando los amantes son descubiertos finalmente, comenzará una tortura horrible y despiadada, dirigida a encausar el comportamiento de los abyectos desviados. Julia y Winston son sometidos a un tiempo indefinido de agonía y dolor inhumanos, hasta desfigurar sus contornos, modificar sus pensamientos, y destruir sus pasados anhelos.

Es quizá inútil intentar explicar el horror que me inocularon estas páginas, emoción paralela enraizada junto a la pesadillezca sensación de un posible futuro sin esperanzas. Esta historia logra convencer al lector de la posibilidad de un mundo sombrío y devastador; semejante a un infierno en la Tierra. Este libro es, de la mano de “El Proceso” de Kafka, otro mundo distópico tan cruel y sádico como lo que sus crónicas narran. Tal vez es el agujero más hondo al que la humanidad puede rebajarse, pero creíble al mismo tiempo en que influyen un marco político y económico tan desafortunadamente conveniente para muchos regímenes autoritarios, que la pesadilla da el virtual presentimiento de un devenir del ocaso de la raza humana. A pesar de estos fuertes sentimientos, me he topado con una suerte de opiniones encontradas entre los lectores habituales del género. Quizá por la preponderancia del espíritu de hiper-reflexionar sobre un terreno hipotético, me es posible sumergirme en el mar de emociones que produce la novela en los incautos y aquellos que se dejan llevar por el torrente hacia un fin inesperado; a otros, quizá, les es más difícil no ensamblar la conclusión del libro son sus inclinaciones políticas, y reducir la novela a una mera crítica de la doctrina del comunismo y sus dictados absolutistas. Creo que, en este caso, los incautos son estos últimos. Si bien Orwell ha admitido públicamente que el comunismo tuvo cierta influencia en el desarrollo de la trama, reducirlo a tan estrecho marco de influencia es quizá una forma de despedazar y triturar los motivos más profundos del hombre detrás de la mascara que constituye el libro. En la manifestación del marco histórico, podemos observar como actúa una fuerza indiscutiblemente despótica, siniestra y subyugante; infatigable y acechante, que se encuentra claramente muy lejana a cualquier concepción del comunismo. El Partido, que sirve como contrapunto de la libertad de expresión del pueblo, es un organismo castrativo que no teme en aplicar represalias de las más severas a cualquier individuo que manifieste signos de pensamiento propio. No me hace falta continuar con este circunloquio si mi punto es sin lugar a dudas más que evidente: el Partido y el Gran Hermano son paradigmas de la dictadura más aberrante de la que cualquier nación puede padecer en la vida real.

Lo terrible es que, por alguna razón inescrutable de la existencia, los mundos distópicos son más creíbles que la isla de Tomás Moro y aquel Mundo Feliz de Huxley.






"El Gran Hermano lo está vigilando"

11 de mayo de 2013

Diario incompleto de un viajero - (review)



Llego la hora de dar unas pocas líneas acerca de un tópico esencial y reiterado en mi corto paso por el mundo. Hay muchas cosas que no conocemos. Y solemos hablar sin saber. ¿Existe el amor eterno? No lo sabemos. ¿Qué hay más allá de la muerte? Tampoco lo sabemos. ¿Es necesario que toda ficción sea una interpretación de la realidad que responda preguntas existenciales? ¿O acaso tal fenómeno es casi imposible? Incluso la ciencia se ha topado con un gran muro blanco en cuanto a la mente humana se refiere. Y ni hablar del universo. Esas preguntas son frecuentes cuando ponemos en tela de juicio la finalidad del arte. En el ámbito popular de las masas lectoras, se aceptan aquellos libros que arrojan alguna luz a los temas que más nos preocupan, pero dejan de lado la literatura que está escrita en función a un aspecto indisociable de nuestra alma: la incertidumbre. 

Está de más recalcar el odio insidioso de la población provocado con tan solo la mención de «final abierto». En estos tiempos que corren, no hay frase más detestable; qué asco, que aversión inestimable nos producen ambas palabras juntas en la misma oración: final + abierto. ¿A qué se debe conducta tan esquiva? ¿Tiene razón de ser? Empecemos primero por definir un término empapado de actualidad. Estoy hablando de la ciencia. Resulta que un día —no estoy seguro cuando— la ciencia comenzó a ocupar un lugar más que privilegiado en el mundo de las letras. Con la aparición de la ciencia-ficción y los relatos extraordinarios de Jules Verne, H. G. Wells y otros, la literatura comenzó a adaptar a sus contornos y formas al propio método científico, como vía irrefutable para constatar de manera factual y mecánica un hecho casi inverosímil. Poco a poco, los lectores a nivel mundial fueron aceptando con mayor facilidad la intromisión —si es que así podemos llamarla— de la ciencia en el contexto literario, y no pasaron muchos años antes de que se publicaran antologías y novelas que hoy ocupan un lugar privilegiado en nuestra biblioteca (Asimov, Bradbury, R. Matheson, Theodore Sturgeon, Arthur C. Clarke y muchos más). 

Es así como nos hemos fundido tanto con la ciencia que no soportamos un quiebre en la estructura ni la superficie de lo que observamos. Nos volvimos intolerantes con el desorden conceptual  del arte y sus visiones que «no encajan en la vida real». Por eso necesitamos datos, números, héroes bien delineados y finales felices. Esto es justamente lo que no presenta la narrativa Poeiana; más bien presenta agujeros, algunas fechas imprecisas, héroes depresivos y vagamente delineados, y finales inconclusos. He aquí el explícito fracaso de la única novela escrita por uno de los más grandes cuentistas norteamericanos del mundo. Una desidia casi adrede impregna las últimas páginas del libro. Edgar Allan Poe, al referirse a la novela, la caratula lisa y llanamente como un «libro tonto» («a silly book», en inglés). Nótese la connotación peyorativa del adjetivo. Evidentemente, Poe nunca se lo tomó en serio o, al menos, así lo demostraba. Lo cierto es que entre la delineada montaña de críticas que ha recibido, ha logrado cautivar los corazones de los autoproclamados seguidores del realismo mágico. Y con mucha razón. El libro del cual estamos hablando, Narración de Arthur Gordon Pym, es sin lugar a dudas un ejemplo controversial de la prolífica obra del maestro de Baltimore. 

La historia comienza con una pequeña travesura a bordo del Ariel, barco perteneciente al protagonista, Arthur Gordon Pym, quien se embarca junto a su amigo Augustus en busca de aventuras en el mar. La peligrosidad del viaje no sería calculada previamente por los rebeldes jóvenes, puesto que ambos, en estado de ebriedad, se hacen a la mar sin herramientas y totalmente desprovistos de experiencia sustancial en el manejo de embarcaciones más que unos cuantos viajes en compañía de un capitán. Augustus sucumbe al estado provocado por la cantidad de alcohol en su sangre, y cae desmayado en el piso del barco, al tiempo que profiere unas palabras extrañas: «¡Qué ocurre! ¡Qué ocurre…! ¡No ocurre nada…! ¿No ves que… volvemos a tierra*?» Finalmente ambos escapan a su terrible destino al ser rescatados por el Penguin, un buque ballenero que deambulaba por aquellos lares en el momento justo para salvar a un pequeño Ariel de las garras de un mar picado y feroz.

Recuperados del infortunado incidente, deciden hacer una travesura aún más osada: embarcarse en el Grampus, el buque ballenero dirigido por el padre de Augustus, el capitán Barnard. Augustus le prepara una confortable litera dentro de un baúl situado en la escotilla de su camarote; un lugar oscuro y viciado. La idea previamente convenida era la de zarpar con la identidad de Pym resguardada en el escondite, y presentarlo al capitán una vez estuvieran lo suficientemente lejos de tierra, creyendo que se lo tomaría en broma como una astuta jugarreta y se reirían juntos de la anécdota por el resto de sus vidas. Lo que demuestra la siniestra crónica de viajes, que lentamente se va transmutado en un catálogo de miserias y situaciones extremas, es expresamente todo lo contrario. Un mensaje alarmante, escrito con sangre de puño y letra de Augustus, llega a las manos de Gordon Pym, cuya situación desesperante impregna al significado de las palabras un sentido espantoso. «… Sangre… Todo depende de que sigas escondido» recita la misteriosa misiva, y los sucesos subsiguientes toman un cauce desesperanzador, atroz y sangriento. Aquí se produce una ruptura entre la narración de tipo aventurera para pasar a un terreno un poco más escabroso; un plano donde Poe se manejaba con más libertad.

No le faltaron motivos para aventurarse a escribir esta crónica de viajes. Por aquel entonces, los relatos de investigación al Antártico estaban en boga. J. N. Reynolds, admirado por Poe, entrega un proyecto de expedición al Antártico al Comité de Asuntos Navales de los Estados Unidos. Benjamín Morell también publica su crónica y la historia del motín del Bounty había ganado cierto renombre. Debería notarse a simple vista, también, la similitud fonética y gramática de “Arthur Gordon Pym” con “Edgar Allan Poe”, aunque no se sabe si dicho paralelismo fue aplicado a propósito. En fin, estos antecedentes literarios, más algunos mapas, información de la prensa y la propia experiencia de embarcación —de la cual se sabe poco o nada—, Poe se deja llevar por su elaborada y cuidada prosa en un relato de vigor ininterrumpido que no dará respiro al lector. El cambio de atmósfera pertinente solo se realiza al pasar del Grampus a la goleta inglesa Jane Guy; aunque a partir de aquí el vigoroso relato de agonía resurge y culmina con un descubrimiento angustioso en los abismos de la isla de Tsalal, donde la novela finaliza bruscamente con un golpe entorpecedor de incertidumbre y confusión: lo que en esta humilde nota he dado a llamar «final abierto»; no obstante un término poco preciso para el caso. En mi opinión, aquel final abrupto no es más que una imposición de la propia trama. Dice Julio Cortázar que Poe “buscó escribir un relato de aventuras, lo consiguió hasta cierto punto y lo dejó inconcluso; el problema, quizá insoluble, está en explicarse si abandonó la tarea por fatiga o carencia momentánea de invención, o si la obra se lo impuso. Una lectura atenta tiende a apoyar esta segunda hipótesis”. El origen de los nombres de las islas y los isleños, junto a su extraña jerga, se deben posiblemente a las obsesivas lecturas que tanto le fascinaban en sí mismas, como aquellas referidas a las culturas orientales, culturas que efectivamente ejercían sobre el escritor una fascinación especial.

Han existido múltiples interpretaciones para las inquietantes escrituras de los abismos negros de Tsalal: las raíces verbales etiópicas, árabes y egipcias, supuestamente grabadas sobre el granito negro, pero ninguna fue efectiva. La verdad es que la lectura y relectura del final no ayuda a descifrar el misterio. Las circunstancias relacionas con la extraña desaparición del protagonista y los ultimos fragmentos del relato quedan a la deriva, y su extenso diario permanece sin terminar, por lo que la conclusión de la historia queda a manos del lector, que puede servirse de todas las anotaciones anteriormente otorgadas por el autor.

La obra ha sido «continuada» por varios autores de renombre: entre ellos, Jules Verne, con Le Sphinx del glaces (La esfinge de los hielos)  y H. P. Lovecraft con su At the Mountains of Madness (En las montañas de la locura).  Verne, en 1864, publica un estudio sobre la novela de Poe en la revista Musée des familles, y dice: «Y el relato queda interrumpido de esa suerte… ¿Quién lo continuará? Otro más audaz que yo y más osado a internarse en los dominios de lo imposible*» Verne no sabía que sería él, 33 años más tarde, aquel escritor audaz que osaría internarse en aquellos dominios. Los dos autores intentan dar una explicación racional al inesperado final de Pym, cada uno a su manera. En la Esfinge de los hielos, un grupo de investigadores intenta resolver el prodigio que envolvió el nefasto destino de la Jane Guy y sus tripulantes, y con la asistencia de Dirk Peters, indio mestizo sobreviviente, se embarcan rumbo a la esfinge en los polos de la tierra. Pero como ya se figuraron, son solo interpretaciones ajenas al verdadero escultor de la historia. Un intento de dar una explicación a algo que no la tiene; en fin, lo que hacemos el común de la sociedad para no caer en la locura.

El capítulo X —posiblemente el más shockeante y despreciable de todos por su detectable disparador del miedo— es terminante a la hora de dar un veredicto. La escena del barco holandés, con su exhibición de cadáveres descompuestos por… ¿Fiebre amarilla tal vez? ¿Comida envenenada a bordo?... puede estar inspirada en la famosa leyenda del holandés errante. Sin lugar a dudas, este capítulo juega con la percepción y las emociones humanas cuando están sometidas a los padecimientos horribles del hambre y la desesperación.
Con todos sus defectos y sus virtudes, Narración de Arthur Gordon Pym fulmina al lector con una frase insoportable de rigor lacónico, en el buen sentido de la palabra, pero que se ha grabado a fuego en el cerebro de quien les escribe. Cualquier mortal, de predisposición hiper reflexiva y melancólica, no las olvidará jamás, y su alma, ya desprovista de su cuerpo, seguirá repitiendo, una y otra vez, en la nebulosa, aquella sentencia arrebatadora proferida por vez primera por bocas fantasmales:


«Lo he grabado dentro de las colinas, y mi venganza, sobre el polvo dentro de la roca.»


Referencias:

* Fragmento de la versión publicada por Alianza Editorial, 1981, traducido y prologado por Julio Cortázar. Mismo fragmento del original en inglés: “Matter! — matter —why, nothing is the—matter—going home—d—d—don´t you see?”.



* Julio Verne, Edgar Poe y sus obras, Biblioteca Popular, Salvador Manero Bayarri Editor, Barcelona, s/f.