1 de abril de 2022

The Importance of Being Yourself

 "Stay Awake" - Theodore Finch (All the Bright Places, 2020)

So if you're wondering what brings me here, or why would someone care to write down sterile pieces of words in front of a screen, just for some wandering and lonely souls on the internet to read, you're actually wondering right about this amateur writer. Yes, I do write a lot for strangers I will never meet in my whole life, but that doesn't stop me from doing so. It seems the only chore that I take so seriously from the beginning of my life, and it will forever be my grounded way of reflecting upon the past and understanding the uncertain future. Hardest part of it is that I would not always make it right. Words and feelings don't get along too well, they tend to be confused and get mixed up all inside our messy thoughts. But it's also truth, my fellow reader, that in effort and strong willed beings, lies inside a powerful contract with humanity: trying, although you might actually fail at the beginning. But try first...

When you take your time to do something nobody (or at least almost anybody) does, even if you try hard, you're bringing to life one hell of an art, an approachable investment for others to use, to hear, to listen, to read; to make those others feel understood, in company, or maybe identified and finally recognized. Society in general tends to negate that feeling to all people going around our mad world. It makes you invisible to the point of nausea, it tears individuality apart for the sake of normativity and social functioning. It makes you a small gear in a big iron system that works with replacements and spare parts. So if you get lost or break, you're replaced by a new and shinny small gear. No humanity, no consideration, just a mere replacement done by a giant monster made of iron. Let's break with that, shall we? Seems boring and emptying. It IS boring and emptying... It's an internal shout-out to ourselves, a pure reminder of what we should NOT do as humans beings that want to make footprints all over this precious land we call Earth. 

As a teenager I had a teacher that would always come to me, and talk in a sort of strange whisper to my ear. He asked like every class why I was afraid of participating. "I clearly see you know the answer when I look at you. Why don't you raise your hand?". A tough question he pulled out indeed. The truth is that I didn't know the reason. I felt ashamed and tiny. I felt my answers were foolish or too obvious. I was wrong. I kinda felt an amused introversion towards socializing my own knowledge to people I already disliked or they disliked me back. "Why would they care anyways? They won't care, I'm sure of that", that would be the constant statement I did to myself every day. In part, I was right. There actually were some students that didn't mind my existence, let alone my thoughts and ideas. The interesting fact is not everybody shared that same vibe towards me. When I finally accepted myself and came out of my inner frozen state of shame, I made maybe some appealing commentaries on social subjects and maybe one or two souls began to bend towards my vibe. Thus, my teacher, that already began to feel himself some sort of "student savior", came to me after literature class and uttered his usual and rare tone of whisper to my ear: "See? It's a matter of acceptance. Now make it yours. Be proud of being a nerd". Those words now stick in my brain like a living moto, a really deep and useful one. After this, I began writing like if my life depended on it. I never brag about my hobby, it's just something I do that reminds me of staying truthful to myself, or maybe to stay awake (like Theodore in the movie All the Bright Places). There's nothing wrong in liking books, in being introverted, in being deep while everybody is trying to stay cool or show relaxed, just not to bother social standards of being "happy" all the fucking time. The effort put on propelling yourself into the highest version of YOU that could possibly be attained, is an underestimated value our society decides to ignore. It tears us apart, it makes us less human, more separated from our inner selves, more cheating... Fake... Compulsive liars with no rhyme nor reason, stuffed with excuses and resentment. Break it. Break the cage, stick out your arms and hands, communicate, fight for values you find appealing and necessary. If you don't make yourself your own life savior, nobody will. Save yourself first. I learned that the hard way, but that's another story.

21 de febrero de 2022

Azares

Cuantas veces he caminado el sendero de la soledad sin percatarme de las bellos brotes a mis costados? Una vez un amigo me dijo que mientras más enfrascado uno se encuentra en la vida, entre asuntos personales y objetivos a alcanzar, menos disfruta del viaje, porque pierde el gusto por "perderse". Estamos tan dedicados a controlar cada minuto de nuestros pasos, para no dar uno en falso tal vez, pero también para no perder el control en cualquier momento. Qué es el control al fin y al cabo? Una engañosa treta de los seres vivos para autoconvencerse de que la vida posee patrones manipulables, que pueden sacarse resultados en base a una variable numérica y fija, como una tabla de derivadas. Lo más cierto es que el azar es mucho más nefasto en intenciones que esa voluntad meramente humana de controlarla. Bueno, en realidad no sabemos a ciencia cierta si el azar posee una voluntad, no hay conocimiento científico que lo avale; no obstante, la ciencia no puede meterse donde su método científico no logra producir más que un puñado de explicaciones algebraicas. Intentemos describir la fe cristiana o la creencia en apariciones con el teorema de Pitágoras, o aplicar una fórmula de diferencia de binomios para dilucidar que hay más allá de la muerte. Simplemente haríamos agua. Meterse en el fango y plantar semillas de manzana sería, con todo, una incoherencia insoslayable.

Qué puede esperarse de la vida entonces? Una o varias estocadas de azar acaso? Con el pavor que eso generaría?! No quiero ni pensarlo... Pero el punto no se trata sobre lo que yo o los otros quieran o deseen (al menos en este punto). Se trata de lo que debe aceptarse como tal. Y no se confundan. Con esto no quiero significar una "rendición" o tregua con el azar y la vida, sino más bien de madurar ciertos aspectos del carácter para hacerlos comulgar más afablemente con las inclemencias de la realidad. La realidad no pega, ni pega fuerte tampoco. La realidad solo es, se deja estar y ser. Un conjunto de eones, materia y átomos traviesos que revolotean alrededor nuestro, y nos acarician las mejillas con sus manos frías de química y física. Por suerte, la caricia atómica nos permite existir al mismo tiempo que nos da ese pavor inefable; es casi como un doble filo existencial, meternos miedo hasta por las orejas, pero al tiempo que nos otorga un cariño particular (permitirnos la existencia material). Luchar contra este coloso inmemorial, preexistente al sistema solar incluso, es como luchar con el aire. Mejor, digo yo, sumarse a su bando con sensatez, aceptar sus reglas de juego. El azar no contiene mal intrínseco, a diferencia de los hombres y mujeres que, en su afán de conquista eterna del mundo, no paran de lastimar, de abrir heridas ajenas ni soltar una parva de tonterías, de viejas equivocaciones milenarias, que al final del día solo causan estupor y dolor. El azar tiene esa capacidad: ser imparcial. Y con su imparcialidad se muestra más noble al trato humano. Es justo con el fuerte y el débil, racional con el invalido y necesitado de comprensión, la imparcialidad hecha carne en un ente superior y abstracto. Reconciliarse con el azar es abrir un mundo de posibilidades y disfrutes, aunque la muerte aceche y esté pronta, la mente abierta tiene capacidades incalculables en comparación a los cerrojos neuronales del fanatismo y la voluntad de control. Dejar de intentar controlarlo todo es una liberación suprema, casi éxtasis demencial cuando uno aprende a desgajar cada miga de su tierno pan, sin desvivirse por la nomenclatura de carbohidratos. Es aprender a disfrutar un presente y desterrar de los labios aquel halito insoportable de la negación a uno mismo.

Aunque parezca ridículo, esto pensaba mientras caminaba una noche de verano por el centro de San Martín, casi absorto por completo en mis pensamientos y preocupaciones. Recuerdo que sentí algo así como un millar de recuerdos arremolinados dentro del cerebro, haciendo gárgaras con mis miedos y escupiéndolos al aire. No los pude callar, pero intenté darles otro sentido. Caminando por alguna u otra calle, fijé la vista varias veces en los elementos más naturales a mi alcance. Todos estaban íntimamente fusionados con lo urbano: el hormigón con la hoja verde, el cemento con el pasto, los grises balcones y barandas recortados contra el cielo azul, y las pocas flores de ciudad, todas juntas, creciendo a centímetros de toboganes de cordón amarillo y postes de luz descascarados. Había allí como una estirpe de fealdad indeseable, pero inevitable: la ciudad. Comprendí que no tenía caso luchar contra los azares urbanos. Por un lado, alguna parejita discutiendo por dinero; por el otro, algunos niños corriendo en una plaza, y los adultos tomando mate, lejanos al murmullo infantil (casi me pareció que habían olvidado cómo eran de niños). No me sorprende, yo también olvidé como es ser niño, como es dejar fluir el azar, no controlar los vaivenes de la vida, solo dejarme ser y estar. Se me ocurrió que, al menos casi por un instante, pude volver a sentir esa libertad casi cósmica y etérea. Entendí, muy al final de esa caminata, que el azar es inevitable, y me dejé llevar por las ensoñaciones de mi tierna infancia por un largo trecho que ya no recuerdo. Es increíble, pero por arte de magia, los pensamientos que antes me habían asaltado, se desvanecieron por completo. Lo único que necesitaba era dejar fluir un poco. Dejarme ser.

28 de enero de 2022

Una navidad bizarra

Pongo la carne al horno Essen. La salteo en aceite de oliva extra virgen, un par de vueltas nada más, con eso basta. Me acerco a la estantería de la cocina, saco un poco de sal, condimentos varios, y las verduras de la heladera. Mientras estoy cortando la cebolla, comienzo a depositar las primeras lagrimas de ácido sobre la mesada. "Esta cebolla dice cosas hirientes" es el chiste que siempre se me ocurre cuando corto cebolla; es un chiste básico, casi dependiente de la gracia con la que se lo ejecuta, y como sé que esa gracia me hace un poco de falta, prefiero guardármelo en mi cabeza, un refugio donde los chistes básicos salen bien. Coloco las verduras picadas sobre la carne y condimento el manjar. Un toque de vino tinto para realzar las sabores de la carne roja (ya sellada), y tapo la olla luego del caldo de verduras. Ahora es solo cuestión de tiempo, esperar.


Se me ocurre una buena idea destapar una lata de cerveza Patagonia 24/7, una ipa bien amarga y fresca para la ocasión de verano. Al llevarme el brebaje a la boca, siento esa agradable sensación de un brazo de satín deslizándose por la garganta. Es como una levedad fría, un ser incompleto, un liquido, un "no-solido", que acaricia las fauces y desprende cierta cantidad de explosiones químicas agradables en el cerebelo (información científicamente no chequeada, podría ser el lóbulo frontal, pero me niego a googlear semejante huevada). Después de dos a tres sorbos, ya estoy dentro de su dominio: el dominio Patagonia. A esto siguieron unos tragos más, luego un par de latas más. Al terminar el par de latas, otro par de latas más, ambos pares engullidos en el termino de hora y media, lo que dura la cocción total de la carne a la Essen. Al completar la temible ingesta, aún quedaba lo más importante, la comida. Así es... Había bebido la totalidad de la cerveza antes de la comida, con el estómago vacío. No se necesita ser un experto en anatomía para conocer de antemano lo que tal empresa genera en el cuerpo humano.... No lo vayan a googlear. Si lo anterior era una huevada, esta es una estupidez meteórica. Lo cierto es que al llevar la olla Essen hacia la terraza, donde la mesa estaba preparada con los comensales navideños, la vista comenzó a tumbarse levemente hacia la derecha, dando círculos completos alrededor de la faz terrestre. Se me ocurrió que el mundo pretendía escapar de sí mismo dando piruetas, pero en unos pocos segundos pude verificar que se trataba de MI propio mundo el que daba brincos. Disimulé lo mejor que pude mis piruetas de mundo y me dediqué a servir a cada uno de los comensales su debida porción de carne. Tengo que agregar que esa olla se paga a cada minuto de mi vida. Había salido espectacular, y no faltaron las debidas congratulaciones al... Cocinero? No, en realidad al fabricante de Essen. Totalmente merecido.


El banquete, ya devorado casi por completo (unas alimañas los comensales), nos sentó muy bien a todos. Nos quedamos, manos en regazo, disfrutando de los últimos vestigios de fuegos artificiales. Yo miraba todo aquello con un sentir de deja-vu en el pecho. Atiné a decir: "Cada vez menos cohetes, eh"... Como decían los ancianos de antaño, pero un poco parodiando ese mismo pensamiento científicamente inchequeable.  Ahora que lo pienso, ¿quién se pondría a contabilizar los cohetes tirados desde una perspectiva histórica? Sería el trabajo menos redituable posible, y otra huevada más como googlear cuantos minutos de vida tiene un ser humano promedio (no me digan que lo hicieron, por favor).


Me acerqué un poco a la baranda para ver el espectáculo de fuegos artificiales. Un disparo de rojo por un lado, otro disparo de verde por otro, luego un centelleo de azules, y un leve olor a pólvora en el aire. Algún pobre perro ladrando a lo largo y ancho del barrio (los pirómanos de turno nunca van a comprender, o quizás se niegan a comprender, el daño que hacen), el nene de al lado corriendo por la vereda, el abuelo que le grita sin decoro: "Hasta ahí!", una risita del niño, y una desobediencia. Todo esto se amontonaba ante mis ojos al tiempo que las figuras danzaban como si todo se cayera por el costado, otra vez mi mundo dando brincos. De repente, atiné a percibir una lejana voz desde el fondo de la calle. Parecía la voz de un duende, o algún ser mágico. Se acercaba por el aire, pero daba la impresión que su voz procedía de la calle. De todas formas, si procedía de la calle, el ser tendría alguna extraña habilidad para mutar la procedencia de su voz, o en su defecto, cambiarla de posición, para distraer al receptor. En un momento creí tenerlo a mi lado, tan cerca como para susurrarme al oído. En otro momento, casi que parecía venir del cielo, o más allá de los eones, evocando una metáfora estilo Lovecraft. Su risita... Cómo olvidarla? Era diabólica, traía consigo una maldad incalculable, casi malsana. Era una risita que escondía algún pensamiento terrible, algo como: "Me comí a la madre, el padre, los abuelos, y dejé para el postre a los niños". Intenté alejar de mi mente bamboleante la risita del duende y su influjo maldito, pero solo alcancé a volver más nítidas aquellas impresiones. Cuando menos me lo esperaba, el duende, un ser achaparrado de no más de metro veinte, emergió de las profundidades de algún lugar intangible (ni la calle, ni el cielo, de eso estoy seguro) y se materializó con la agonía de un martillazo en el dedo.


-Ah, que locura! -se detuvo un poco para tomar aire. -No sabía que la materialización en este mundo era tan dolorosa.


Le pregunté quién era y que hacía allí. Pude observar, atónito, que el ser había detenido el tiempo, puesto que mis familiares estaban paralizados, como en una escena pausada al azar en una película de los 50' en blanco y negro. El ser se dio media vuelta, me miró de reojo, y soltó una cantidad inefable de puteadas anticristianas, todas encadenadas por una perfecta concatenación de palabras, sustantivos y adjetivos de origen soez, algunos extrañamente llamativos, otros venidos de alguna jerga tumbera, y otros simplemente tan barriales como un canapé de mondongo.


Realmente no recordaba que el Grinch fuera un artista de los insultos compulsivos, pero este duende extraño que se hacía llamar a sí mismo como tal, me daba una sensación ambivalente: no podía juzgar si era real o fantástico. No lograba dilucidar si me estaba gastando una broma algún familiar, aprovechando mi borrachera temprana, o si era una alucinación propia producto de la ingesta de algún fármaco escondido en una lata de Patagonia (esto sería factible si pensamos que fueron compradas en un chino de barrio muy extraño y casi vacío). El duende me sacó de mi ensimismamiento explicándome de donde venía y el dificultoso viaje que lo trajo hasta la tierra. "Vengo de bilbolandia", me dijo, con un ojo puesto en mi labios en defensa ante cualquier atisbo de burla. Le dije que, con todo respeto, no pretendía burlarme, pero estaba curioso de saber por qué portaba este nombre una tierra real. "Porque el rey lee mucho Tolkien. Contento?", su pregunta sonó un tanto agresiva. No, no estaba contento con esa respuesta. Quien le pone a su reino el nombre de un personaje de ficción? Luego recordé todos los pueblos y lugares que fueron nombrados en base a santos y personajes bíblicos. No dije nada, lo respeto. Le pregunté si en Bilbolandia la literatura humana había llegado por algún motivo, colada en algún viaje astral por un drogadicto o un adepto a los viajes astrales producidos por estupefacientes o sahumerios baratos. Bilbo D-25, porque así se llamaba (a pesar de ser un duende y no un hobbit), solo se limitó a carraspear su ominosa voz e insinuar la idea, bastante obvia para él, que la literatura humana no era tan especial como nosotros lo creíamos, que llegaban toneladas de papel escrito por manos huesudas, hiperconocidos bestsellers terrestres a Bilbolandia, por intermedio de un librero de Plaza Italia que conoce a todos los enanos y duendes que pueden mantener relaciones con la Tierra. Me descoló la idea de que un vendedor común y corriente pudiera lograr semejante cosa, solo por medio de abuso de sustancias. Conozco miles de personas que consumen esas mismas porquerías y lo más sobrenatural que sale de sus bocas es un grito de espanto ante la posibilidad de que se haya acabado la mota. Quise saber un poco más acerca de la literatura propia de los duendes, pero Bilbo D-25 me dijo que "otro día" me lo contaría. "Una historia muy larga" agregó, y siguió explicando el fanatismo del rey de Bilbolandia por los libros de Tolkien.


Cuando se hartó de hablar, insistió en que pusieran un cartel en la Tierra que dijera "Es mejor estar muerto que vivir acá"; "Sería de gran ayuda para cualquier viajero espacial que quisiera, por infortunio, detenerse unos minutos en este desastre". Me sentí ofendido, pero supuse que tenía razón. Le pregunté como hizo para llegar hasta acá. Me dijo que estaba de viaje, buscando una nueva via de comercio interdimensional que uniera Bilbolandia y un cruce de contrabando para traficar almohadones de Pikachu, estrictamente prohibidos en la Aduana de duendes. No quise saber muchos detalles sobre esa prohibición, pero me preguntaba cómo hizo para perderse un ser mágico tan sabiondo. El me leyó la mente y contestó: "Se me perdió la guía para viajeros interdimensionales. Bueno, en realidad, se me perdió la guía sobre cómo leer la guía para viajeros interdimensionales." No sé por qué, pero eso me causó gracia, solo que contuve el aliento para no ofender a Bilbo. "No sé qué te causa gracia", lanzó Bilbo como una bala que me atravesó, desprevenido. Recordé el chiste de la cebolla hiriente y no me atreví a romper el hielo con esa porquería, solo dejé fluir el ambiente. Al cabo de unos minutos de hablar de su tierra y de lo mullidos y necesarios que eran los almohadones de Pikachu, Bilbo decidió marcharse con un ademán pintoresco. Me recordó a un caballero del siglo XII en una corte medieval, pero más pequeño, y más gruñón... Y más tonto también... Y mucho más despistado tal vez. Así fue que, al salir disparado hacia los cimientos terrestres con un estallido, dejó caer un pequeño librito tamaño bolsillo (tan pequeño que podría ser usado de llavero) que rezaba: Guía para entender la Guía para viajeros interdimensionales. Quise gritarle desde la terraza, pero el chillido solo fue escuchado por mis parientes estupefactos. Mi tío habrá pensado que dejar Patagonias a mi alcance era una mala idea. Lo cierto es que Bilbo nunca me escuchó, y me quedé con ese precioso librito tamaño pequeño que guardé un tiempo en el bolsillo hasta el final de la velada. De hecho, todavía lo conservo como recuerdo.


Para resumir lo acontecido, voy a agregar que luego de la visita de Bilbo, tomamos sidra y comimos turrón, charlamos y reímos un poco con mis familiares. Antes de que todos se fueran a dormir, había que llevar a mi tío a su casa. Mientras todos se preparaban, quedé a solas con el pequeño libro que había dejado Bilbo. Al sacarlo, le di un par de vueltas, lo abrí y lo ojeé un poco. En la primera página estaba escrito: "Para leer esta guía necesitará la Guía Definitiva para leer la Guía para entender la Guía para viajeros interdimensionales". Cerré el librito con sumo cuidado, y pensé: Ojalá se encuentre bien el pequeño Bilbo.

11 de diciembre de 2021

El atractivo de la imperfección

 He perdido la cuenta de los innumerables escritos que he depositado en estas hermosas arcas de texto virtual, y lo primero que se me viene a la mente cuando reflexiono sobre la meta del rejunte de letras aquí expuesto, es nada más ni nada menos que un sentimiento de insatisfacción. Una insatisfacción que recorre mis poros, insulsa, a veces imaginaria, a veces tan real como un desamor o un puntapié de la vida. Y la pregunta que luego se erige en mi mente, o la de los lectores reunidos en los posteos, es ¿Con qué objeto, al final, el de escribir prolíficamente sobre los deseos más íntimos o los vaivenes de una vida insatisfecha? A veces uno siente que no quiere responder a esa pregunta, entonces rejunta una serie de estrategias evasivas para rodearlas y así escaparles por la avenida más próxima a pique rápido. Pero lo cierto es que aquellas preguntas que uno no responda en lo inmediato, se transformarán en nuevas inquisiciones futuras, pudiendo retornar como negros vórtices a la mente del escapista, casi de forma irreductible. Lo más seguro es plantarles cara y responderlas cuanto antes. Eso es lo que me dedico a lograr en estas endebles páginas (aunque espero sean formidables), y probablemente sea, de alguna manera, ese motor o leit motiv artístico que pretendo encontrar en todo lo que hago y digo, incluidos los textos, los ensayos, los cuentos, los poemas improvisados y las reflexiones de vida. A lo que me refiero es aquello con lo que el escritor, tanto amateur como el experimentado, buscan incesantemente a través de su prosa y sus reflexiones; y con esto me refiero a decir todo lo que pueda decirse, aunque parezca una locura o una empresa imposible. Todos los escritores somos buscadores de la verdad por naturaleza, nos cuesta contentarnos con los silencios lapidarios, los malentendidos y las fórmulas sociales predeterminadas. Simplemente no podes conformarte con eso. Para nosotros conformarse significa morirse un poco por dentro. No es viable. No lo queremos, denostamos públicamente la falta de lenguaje, la mediocridad salvaje de la sociedad, la violencia como primer recurso, y más específicamente: callar lo que no debe callarse. Es casi un acto de rebeldía necesario, el decir o poner palabras sobre lo que los demás, por regla general, deciden callar o, en su defecto, no son capaces de pronunciar. Y quizás es esta empresa imposible la que más nos caracteriza. El hecho de ser individuos que persiguen incansablemente algo que no está al alcance de la mano. Es deshacerse y desvivirse por la pasión de describir, explicar, expresar sentimientos confusos, vivir y poner palabras sobre las vivencias de los otros (lo que significa dignificarlos, hacerlos notar, porque ellos han vivido y siguen haciéndolo).

Escribir es esto y mucho más. Tarea perpetua e inabarcable. Incansable oficio de los que deseamos ver la verdad absoluta y transmitirla a los otros, y probablemente fallar en el intento, pero dejar tranquila a esa consciencia sempiterna del humano que todo lo quiere demostrar y emprolijar, con el sólo y único objetivo de llegar a más individuos, de demostrar que uno está allí con ellos, que comparte una experiencia irrepetible: el don de la vida. El deseo de vaporizar por los aires cualquier posibilidad de fallos, de falta de comunicación, de todas las detestables faltas de tacto que la humanidad, a veces, descuida por sobre todas las cosas, descuidando así a los otros... A la humanidad entera. Para ello ha nacido el escritor, se trate de quien se trate, novelista, cuentista, poeta, ensayista o humanista y filósofo en general. Para buscar y rebuscar lo perdido por milenios: la elocuencia de los hombres y las mujeres.

Bien sabido es que la historia está repleta de malentendidos. El hombre y la mujer tienden, por un fallo en la voluntad de superarse, a proyectar sobre los otros las inseguridades que residen en su interior, dando por sentado que se comprende al otro, y por ende, sus últimas intenciones. También es bien demostrado que se trata del error garrafal más común de la humanidad, que podría reducirse o definirse como un conjunto de malentendidos destinados a desencadenar guerras innecesarias y reyertas inútiles. La guerra es el resultado de un grosero malentendido en el que juegan en el tablero unas pocas fichas neuróticas que interpretan cualquier diferencia como una afrenta a sus deseos o pensamientos individuales. A veces estas fichas neuróticas lo saben y no les importa, pero muchas veces solo son pobres figuras susceptibles a las opiniones ajenas que, curiosamente, desatan un mal inconmensurable sobre las cabezas de los inocentes con tal de preservar la integridad de un ego herido. Pero esto creo que muchos lo sabemos, aunque nos resulte difícil de paliar. Queremos ponerle un fin a estas atrocidades, nacidas de la incapacidad de la voluntad por entenderse con los otros, pero no sabemos cómo hacerlo. Aquí entra en juego el escritor. Si bien los escritores tampoco saben cómo paliar estos malentendidos, lo que si tienen muy en claro es que el lenguaje y la expresión por escrito tienen un poder latente tan grande que no puede ignorarse. Es cierto que las palabras y los libros no han podido detener la totalidad de las irrefrenables intenciones de de emprender la sed de sangre, pero solemos centrarnos comúnmente en las batallas perdidas por la letra y la pluma. Entonces estoy obligado a darle crédito a los escritores, no por las guerras que no han podido evitar, sino por el sinnúmero de ellas que, a lo largo de la historia mundial, han sabido desviar a base de juiciosas sentencias contra la violencia, y su inquebrantable voluntad de explicar y dejar en claro lo que los violentos no logran sopesar. Al final, no solo es preciso el oficio del escritor, sino que también es altamente productivo y necesario a nivel social. Todos nos vemos profundamente nutridos por la voluntad de hierro de estos seres nobles que desean llegar al meollo de los asuntos en todo momento, sin titubear ni mediar el beneficio propio, o en todo caso, respondiendo al único y más notorio beneficio propio: el hecho de que la sociedad prospere y entienda es, al fin y al cabo, que el individuo también prospere (incluido el propio escritor y sus seguidores). Se trata de un "win on win" o un acto tan noble que no hay nadie que no salga enriquecido por tal empresa imposible. Por esto último, la "imposibilidad" del objetivo del escritor, decimos que la nobleza del acto de explicar en palabras reside en las imperfecciones del que escribe, que intenta superarse a base de SABERSE imperfecto y humano, pero que ello no le impide seguir en la búsqueda de lo imposible.

Nietzsche decía que el atractivo del hombre y la mujer, muchas veces, se encuentra más en sus imperfecciones que en todo aquello que sale redondo de sus manos. "Su obra (la de los imperfectos) no expresa nunca plenamente lo que en suma quisiera expresar, lo que le gustaría haber visto. Mediante su visión imperfecta, eleva a quien lo escucha por encima de su obra y le da alas para elevarse a una altura tal que nunca alcanzarían los oyentes. Su obra se beneficia del hecho de no haber alcanzado en realidad su meta". La nobleza del que intenta algo que es casi imposible eleva al imperfecto por sobre todo lo demás, le da ese toque tan íntimamente humano que muchos desean: el impulso de ser mejores, para uno y para los otros. Se puede extrapolar esto a los escritores que, en gran medida, han contribuido también, con sus mensajes y denodados esfuerzos, a desviar a la humanidad del camino pantanoso, y depositarla sobre un sendero más florido. Pero también es una característica de todos los inconformistas, sean quien sean. Amas de casa desvividas por sus hijos, trabajadores humanitarios y empáticos, hijos, hermanos y hermanas que a diario intentan comprender a los otros, y deciden darle una mano al que la extiende en señal de ayuda, sin malpensar ni albergar ningún sentimiento de desconfianza. Y aun así, ellos también se sienten imperfectos, pero eso ayudan, porque conocen el sentimiento de necesitar una mano cuando uno más la necesita. Eso nos hace nobles. Entonces entendí todo... Entendí por que los escritos, por qué tanta inversión de palabras virtuales. Porque así uno también intenta aportar lo mejor de sí mismo para que alguien, algún alma perdida por el etéreo mundo de la internet, se pare a leerlo y diga: "Esto me sirvió, aunque sea un poco".