15 de mayo de 2017

Sobre pantanos y monumentos

Camino por la calle Ramón Carrillo. Todo luce igual que antes. Las paredes grises, el ladrillo colorado, ahora desgastado por las lluvias, y la señora de en frente, la chusma obstinada de barrio. El hedor a emanaciones de caño de escape del 87, el asfalto podrido. Todo igual. Uno podría sentarse en esas escaleras de mármol que bajan desde el edificio de ladrillo, y revivir un día entero de la infancia. El micro 4, José, los compañeros de viaje, esos veinte minutos dedicados a las tolas de Digimon sobre un piso áspero. Esos viajes eran anacrónicos, como transcurre el tiempo de un niño. Los minutos se congelan en una eternidad circular, un goce que echa atrás una incipiente razón de vivir, una existencia responsable. Se respira más lento, se disfruta más largo y se sufre más nítido. De los viajes en micro apenas recuerdo gran cosa, pero retengo la sensación, la ansiedad y la alegría final de llegar a casa. Cada día de semana estaba mi madre parada en la escalera de mármol, esperando mi llegada. Lo estoy visualizando ahora. Observo mi propio descenso torpe por las escalinatas del vehículo, y escucho a José vociferando obscenidades con pretensiones humorísticas (no recuerdo si hacían reír de verdad a alguien). Lo importante es que puedo verme, pero no sentirme. O más bien no puedo ejercitar la memoria en ese plano. Es allí donde se escapa el recuerdo: donde no puede revivirse el goce y es suplantado por una nostalgia acartonada. Es por eso que vuelvo una y otra vez, porque busco ese goce perdido, goce infantil. 

¿Qué tonto, no? Como si aquellas paredes grises retuvieran un poco  de ese inmenso tesoro del pasado. Pero no es así, ¿o no? Todo está en nuestra cabeza, se gesta y se muere aquí, semillero y tumba. Y entonces en nuestras mentes edificamos sobre las ruinas de los antiguos sueños, erigimos nuevos y novedosos edificios de honradez y responsabilidad, férreos estandartes monolíticos de madurez y eficiencia, homenajes a la ética y la didáctica y columnas de granito que sostienen la imagen imperturbable del burgués medio. Pero extrañamente nada de esto nos consuela, y volvemos a acudir al entierro de deseos pueriles, llorando desconsoladamente ante el epitafio. Queremos sentarnos sobre él y probar a ver que nos transmite.

Podría pasar horas sentado en esa escalera de mármol, degustando los olores y fragancias de primavera que me recuerdan los bagajes por el patio, el pan tostado de mi madre por la mañana y los tiernos pero insistentes llamados a la mesa por las noches. ¿Cómo es que estos momentos están tan cerca y tan lejos a la vez? Visibles en la memoria, irreconocibles en el alma. Es como si nos hubiesen robado; se siente uno igual de desahuciado. No se trata de algún reloj de pulsera o un lápiz, 200 pesos faltantes en la billetera, es un robo colosal, imperdonable.

Y así sigo sentado en esas escaleras de mármol, esperando que vuelvan del olvido las tardes de verano, el entusiasmo, las horas congeladas y los acostumbrados shows de los 90’. Pero sé que allí solo puedo esperar que caiga la noche y el epitafio se enfríe, se cubra de polvo. Es una larga e inútil espera por el frió y el olvido. La tierra se hunde y se empantana con el agua de los ríos que no paran de correr. ¡Y quedarse sentado sería hundirse con el barro de aquellos restos!


23 de abril de 2017

Sin título

Daniel caminaba por la avenida principal. El calor fundía las calles del barrio, derritiendo el cemento y mezclándose con la transpiración humana de miles de obreros. El día había sido agotador y sus brazos y piernas le dolían. Le rechinaban como una mescladora de cemento y la espalda gritaba con punzadas de dolor que subían y bajaban por el cuello, hasta llegar a la cabeza. Atravesó el almacén de Doña Elisa y se le hizo un nudo en la garganta al recordar a su madre.

-¿Cómo está su madre?

Daniel no había escuchado. Se quedó mirando el piso unos momentos. Al instante salió de su trance.

-Perdón, ¿qué decía?

-Su madre, ¿cómo está? ¿Mejor?

-Sigue igual –fue la respuesta seca. Las palabras volaron a través del aire y se perdieron un sinsentido. Se repetían en el vacio de la tarde de verano y el sol derretía su significado.
Compró dos bidones de agua y se dirigió a la casa.

Entró y dejo los bidones sobre la mesa. El ambiente estaba cargado. Hacia dos días que estaban sin luz y su madre se quejaba de las piernas. Las últimas noches, un sufrimiento eterno. Elsa se levantaba a la madrugada para ir al baño y tropezaba con algún mueble, cayendo al piso. Daniel salía precipitado al oir el golpe seco de los huesos contra la baldosa. Así durante una semana o más, y luego era difícil reconciliar el sueño.
Se detuvo ante la puerta del baño. Escucho unos estertores seguidos de una tos.

-Mama, ¿Estás bien?

No recibió respuesta. Un murmullo sordo atravesó la casa de pared a pared.

-¡Ay, Daniel! ¿Por qué a mí? ¡Ay!

Daniel abrió la puerta y se encontró a su madre aferrada al inodoro como una garrapata. Un líquido espeso y marrón corría por su boca, goteaba por el cuello y se prolongaba en viscosas hilos hasta el fondo del charco. Su mirada estaba clavada en la pared celeste de los azulejos. Daniel la ayudo a levantarse y juntos se dirigieron a la cama.

-Te traje agua, ma.

-¿Qué?

-Te traje agüita, ma. Tomá un cacho por lo menos.

Elsa cerró los ojos. Un último movimiento estomacal amago con vomitar sobre sus piernas inválidas, pero logró frenarse a tiempo, y tragó.

-Quedate acá, no te muevas. Avisame.

El calor invadía la casa, penetraba el yeso y los techos de chapa. Se inmiscuía como una fiebre orgánica, volcándose sobre los espíritus de la gente pobre. Daniel se sentó y se sirvió un vaso con agua. No aguantaba más. Hacía semanas que no pegaba un ojo. El estomago se le revolvía y la cabeza le daba vueltas. En ese momento sonó el timbre.
Un hombre bajito y moreno estaba al frente de la puerta. De a ratos lanzaba una mirada curiosa hacia un niño que jugaba en la casa contigua. Daniel se levantó como si llevara un bloque de plomo en la espalda. Abrió la puerta.

-Hola, Daniel. Vine a traerte un poco de arroz. Para que coma tu mama. Nosotros tenemos, no te preocupes. El hombre moreno extendió su mano con una bolsa de arroz. En su cara se adivinaba una súplica impotente.

Daniel tomo la bolsa y dio las gracias inexpresivamente.

-Dany, la Fer y yo pensamos que podíamos venir a la noche a cuidar a Doña Elsa, así dormis vos también. No se te ve bien.

-Está bien, yo puedo. Cualquier cosa te aviso.

El hombre quiso acotar algo pero Daniel no le dio tiempo y dio un portazo.

Al fondo en la habitación se escucho un quejido agudo.

“Daniel, por favor ¡Decile que se vaya! ¡Daniel! ¡Por favor!”

Se sintió devastado. Quiso agarrar la pistola del abuelo, cargarla y matarse. Lo había pensado un par de veces. De tanto repetirlo en su mente la idea había cobrado validez. Se dio media vuelta y se sentó frente a la mesa.

En la habitación seguían los quejidos. Luego escucho pasos sobre la grava de la entrada. Se detuvo. Un silencio que pudo haber durado años. Afuera, el sol caldeaba el aire, formando nubes de vapor ascendente que daban una ilusión de espejismo. Daniel se sintió como en otro lugar. Su madre se seguía quejando del dolor de piernas. Ahora gritaba que la dejara en paz, que no tenía nada para ofrecer. Pero nunca escuchaba. Era como hablarle a la pared. Habían intentado todo. Remedios caseros, ungüentos de romero y ajenjo, lociones de eucalipto, nebulizaciones. El cardiólogo les recomendó tinta china. Uno hasta se atrevió a sugerir la medicina alternativa (esto lo dijo con desdén). Curanderos, gitanas, enfermeras, las madres del barrio, todos pasaron por la habitación de Doña Elsa, solo para verla agonizar. Ahora sus piernas estaban totalmente inutilizadas.


…..


Daniel se quedo dormido. Soñó con una alfombra gigante en un desierto de arena. No sabía bien donde estaba, podía ser el Sahara, África o un lugar caluroso. El sol derretía la vista, se comía las tripas de los vacas muertas, los intestinos se pudrían al vaho solar y emitían una pestilencia animal. La carne se la comía el vapor, llegaba hasta los huesos. La sangre hervía en sus sienes. Gruesas gotas de sudor bajaban hasta la comisura de sus labios, que se enjugaban con ese sabor salado de los fluidos del cuerpo. Tenía una sensación de peligro, un dolor punzante en la boca del estomago. Una alfombra de pelos con gusanos volaba por un cielo rojo. Deglutía los sueños y las ganas de vivir. Se comió las piernas de su madre, y ahora se comería el estomago de Daniel. Despertó y súbitamente sintió ganas de vomitar. Fue corriendo hasta el baño y expulso el vaso de agua con los fideos del almuerzo. La alfombra agusanada reaparecía ante sus ojos.

¡Rajá de acá, no te debo nada yo! ¡Que más queres!

En la habitación la madre de Daniel se había dormido. Un olor nauseabundo invadió la casa. Pasaron varios minutos en un silencio eterno. Daniel miro al techo y pudo ver una macha en forma de rostro. Era el rostro de su madre, pero negruzco y marchito

El rostro le suplico la vida. Que le de amor, que le  una hora más en este mundo. Que las piernas eran de ella, que no dejera que se las lleven. Se incorporo y fue caminando lentamente hacia la habitación.


…..


“Ay, diosito santo, ayudame, ay diosito ¿Donde está la Fer? ¿Daniel? ¿Sos vos?”

Murmullos dentro de las paredes…

Un portazo a lo lejos. Un gato muerto en la zanja. A la derecha, un niño jugando a la pelota. En la avenida principal, Doña Elisa mirando como Nacho, su hijo de cuatro años, le pegaba a un perro en el hocico hasta desmayarlo. El niño mira a la madre con una sonrisa maliciosa. La madre lo llama a cenar.

Murmullos atraviesan la avenida. Terminan en la casa de Daniel. Nadie entendía porque Daniel, porque Doña Elsa. La mujer de 60 años cocinaba para el barrio, cuidaba a los nietos de sus amigas y trabajaba duro. Daniel trabajaba todo el día. Volvía de la fabrica y veía televisión hasta desfallecer sobre el sillón. Tenía 28 años y parecía un viejo. Se vestía como viejo. Se enfermaba como viejo. Caminaba como viejo y era triste, triste como su abuelo. El abuelo también se había muerto inválido. El bisabuelo había fallecido de sobredosis.

Eran las 4 de la mañana y Daniel se despertó con un grito de su madre.

¡Daniel, sacalo de aca, por favor! Daniel! ¿Estas? ¡Daniel! ¡Veni!


Se levanto y fue rápidamente hacia la habitación. La mujer se retorcía con las dos manos sobre el vientre. Se balanceo unos segundos. Sus ojos se pusieron en blanco. La noche moría y el sol volvía a calentar las derretidas calles de cemento y barro. Luego un silencio de unos minutos. El cuerpo de Doña Elsa yacía inmóvil sobre la cama. Daniel la contemplaba ausente. Un murmullo y unos pasos sonaron en la habitación, y siguieron por la grava de la entrada, hasta desembocar en la avenida principal, donde se perdió para siempre. Afuera, el niño de la señora Elisa gritaba a voz en pecho que había matado una paloma. Orgullosamente levantaba el trofeo de las patas, mientras ejecutaba una danza frenética sobre el barro.

3 de junio de 2016

Volver a escribir

Me llevó mucho tiempo formarme una idea fija sobre la realidad. Desde la niñez he absorbido información del exterior y la he utilizado para mis fines y consideraciones del mundo. Me formé en base a los shows televisivos de los 90’ y las concepciones de mis padres de que es lo correcto, los modales y las formas a mantener. Pasaba el tiempo en soledad, agitando y revoleando mis juguetes, mis figuras de Dragon Ball y mis muñecos sin brazos. Imaginaba universos fuera de la vida aburrida y monótona de la que formaba parte. Despegaba de este suelo gris y aterrizaba en una fuente colorida de hermoso dorado, viajaba por las estrellas hacia un planeta de cielo rojo, dominado por el trueno, donde los dioses se agitaban por conquistar tierras con sus superpoderes. Evitaba el contacto excesivo con cualquier persona, era parco y no me gustaba que me preguntaran. Dibujaba mucho, especialmente reproduciendo lo que veía en la televisión. Esa era mi afición, era sagrada, nadie podía molestarme cuando dibujaba. Pensaba y reinventaba a la gente, reformulaba sus actitudes, pretendía entenderla cuando en realidad apenas conocía sus principales motivaciones. En mis visiones, hombres y mujeres compartían un cuento en común, se ayudaban mutuamente en pos del bienestar general, se amaban y se buscaban.

Fui creciendo, y la escuela me fue introduciendo de a poco en el ámbito académico de los textos críticos. Compartí mis días de pubertad junto a mis compañeros del colegio y fui aprendiendo a socializar. Esta parte fue la más difícil; en general chocaba con mis colegas, no era respetado, y cuando me hacía respetar era siempre a base de amenazas de ejercer la violencia o burlas sin sentido. Me fui adaptando a este camino tan particular de relacionarse con los demás, me volví más agresivo y contestatario. Fui dejando atrás la imagen de conjugación perfecta que era el ser humano. La tristeza comenzó a gestarse en mi pecho, luego se desperdigó por todo mi cuerpo, hasta llegar a mis ojos, que sangraban desamparo. En ese momento me enamoré por primera vez, solo para experimentar una enorme frustración posterior, y la terrible consciencia de que todo gira en torno a esta madre social de todos los males del nuevo siglo. Comprendí que los libros, la imagen engañosa de las promesas, los sueños y las aspiraciones estaban en pugna constante con la sociedad. Fui obligado toda mi niñez, mi adolescencia y juventud a sentarme al lado de mi prójimo, sin dirigirle la palabra por horas. Fui arrastrado a guiarme por mis propios medios y olvidar el trabajo en equipo. Evocaba aquellos días coloridos de la niñez en el patio largo del departamento de la calle Ramón Carrillo. Intentaba recuperar algún sentimiento, un pesar, una sensación, algún aroma, que me llevara de vuelta a ese paralelo distante entre las dimensiones. Soporté horribles ignominias, lloré y pataleé, haciendo un esfuerzo por comprender que guiaba el motivo despiadado de mis detractores. Y en esta lucha diaria encontré en los libros un refugio de mi infancia perdida; un producto pasajero que me permitió revivir viejas experiencias en el paralelo distante. Me empapé de conocimientos desde la primera hasta la última etapa de mi adolescencia. En algunos casos desobedecí la autoridad, en otros, simplemente me permití dudar de sus imposiciones. Allí comencé un itinerario que todavía recorro hasta la actualidad. Entonces la duda se antepuso a mis pensamientos e ideas. La duda tal cual la entiende el filósofo René Descartes: una duda metódica. Me permito dudar de todo lo que me dicen. Todo lo dicho por la gente lo sometía a un juicio estricto. Comencé a identificar en los diálogos ajenos todos los elementos que tienen su propia procedencia y repetición. Advertí un “logos mimético” que operaba en boca de los trabajadores, civiles, transeúntes, etc. Entendí, tristemente, la naturaleza caprichosa de las sentencias sociales. Comprendí la necesidad de los libros y la convicción personal para vivir tranquilo. Por aquel entonces no sabía que me equivocaba, pero era lo que impulsaba mi vida después de todos mis fracasos amorosos y amistosos. Me aferré tan tenazmente a los libros, la ficción, que me evadí casi completamente de la realidad, sin dejar de asistir a los hechos socializantes gracias a la escuela y otros eventos. Engullí gran cantidad de novelas y antologías de cuentos. Seguí leyendo filosofía, conocí al ácido Nietzsche, y probé un poco de su crítica hacia la antigüedad. Mi tío me presento al poeta oscuro, Edgar Allan Poe. De él aprendí la importancia de lo furtivo, la imperiosidad de una ciencia que desvele y estructure los conocimientos que se escapan de la luz del día; saqué de sus cuentos un conocimiento más lúcido y transparente de la condición humana; sobrelleve como pude sus revelaciones de desesperanza. Por naturaleza, mis cavilaciones tendieron a construirse una certeza comparativa. Descubrí las amargas consecuencias de comparar mis pensamientos pasados con los actuales, y haciéndome el desentendido, a veces solo quería volver el tiempo atrás y hacer a un lado lo aprendido. Había perdido la fe en la humanidad. Había ollado por primera vez el templo donde mora el Dios burlón. Aquel ser de toga griega, laureado e impoluto, se reía de mí. Desamparado e indefenso, me tendí a sus pies, y grité: “¿Qué querés de mí?”. No recibí respuesta, en cambio, un silencio antiguo, de más de mil años, serpenteó a través del templo, haciendo eco en las altas columnas de mármol, agrietando los suelos blancos, de donde se escapa un olor fétido a humedad y manuales viejos. Y así quedé, solo, tirado allí en aquel templo, sin rumbo. Me levanté y seguí como pude.


Durante los primeros años de mi juventud, busqué sin cesar el placer en lo mundano, intenté adaptarme al resto con más ahínco que en mi adolescencia. Por supuesto estaba destinado a fracasar. Continué con mi anterior filosofía y no reparé en las fórmulas impuestas. Entrando en los veinte, caí en la cuenta de que mis creencias sobre los libros no superaban el plano de lo discursivo, que en la realidad no podía aplicarlos, que venía sosteniendo un papel que me era ajeno. Me destruyó saber que me había mentido por tanto tiempo, que no podía hacerme a un lado del bullicio de las gentes y pretender estar bien. Desestimé muchos antiguos ideales, y los fui reemplazando lenta y dolorosamente por estimaciones más arraigadas en el colectivo social. Este reemplazo tan drástico solo pudo darse progresivamente, porque desterrar una idea que había echado tan fuertes raíces en la cabeza, no es para nada fácil. Entrando en los veintidós, aquel dolor había pasado. Estaba en posesión de nuevas formulaciones. El papel de la duda metódica de Descartes, instalada durante mi paso por la escuela, se había ganado su merecido lugar y ahora demostraba su indiscutible veracidad. Haciéndose valer más que nunca, ante todo, la duda me llevaría a reformularme lo que sea necesario, en el momento preciso, para llegar a una verdad. Hoy puedo decir con seguridad de que es así. Me interioricé en mi cuerpo, logré conocerme cada día un poco más, llegué a comprender como reacciona mi mente ante tal o cual estímulo. Aprendí, casi con religiosa constancia, a apartar de mí los malos pensamientos. Me animé a deshonrar a Poe y Nietzsche, sometiéndolos a un exhaustivo interrogatorio. De aquellas preguntas, me di cuenta que ambos pensadores trastabillaban ante ciertas formulaciones; no sabían que responder en cualquier momento, ante cualquier pregunta, como creía antes. Entendí también que no eran dueños de lo absoluto, pero también me animé a formularme una verdad propia. Cuestione a mis queridos escritores, repensé algunas cuestiones, viví nuevas situaciones, y terminé dando por tierra más de una teoría que daba por irrevocable. Supongo que de eso se trata la vida, pero en cuanto tomé la iniciativa de transitar este sendero, los problemas exteriores y los choques dominaron el centro de la escena. Me topé con muchos individuos que no eran capaces de tal hazaña, que se desbocaban y destruían por sueños ajenos, por complacer a los otros. Las voces autorizadas de la sociedad son poco fiables, podría ponerlas en duda con simples argumentos, sin forzar demasiado las cosas. El operativo que permite este funcionamiento no se equivoca. Conoce la psiquis humana, y la domina casi por completo. Comprendí que solo una amorosa y cuidada educación familiar podía aportar herramientas para defenderse de la invasión mental, que por suerte había recibido de mis padres. Mi formación académica, a pesar de que dejó mucho que desear, no podría considerarla deficiente bajo ningún punto de vista, y me ayudó a ordenar un tanto las ideas. Obviamente necesite la experiencia y tropezarme y volverme a levantar para tener una mente clara. Los errores son parte del aprendizaje, y de esto me mantengo inexpugnable. No es posible concebir un camino de vida sin el error, no es posible planear un itinerario perfecto. Y acá estoy, sublimando libido y energías en este escrito. Vuelvo a escribir como Don Quijote vuelve a las andanzas después de su primera parte. Vuelvo a la locura, porque en ella me aferro. Escribir es un proceso doloroso pero necesario. Y acá estoy, nuevamente, arrodillado en el templo blanco, ante la mirada perversa de un Dios burlón.

24 de noviembre de 2015

La casa hiperbólica (review)

Facebook es una red inmensa de entramados sociales, contactos y eventos. A través de él contactamos con personas y anécdotas; un tejedor informático de destinos amistosos, amorosos y laborales. En estas últimas semanas, tuve el agrado de ser tejido junto a un nuevo evento freak, que me llegó de parte de mi estimada amiga Johanna. Se trataba del “Primer Encuentro de Sagas y Literatura Fantástica” que tomaba lugar en el famoso campus Miguelete de la Universidad de San Martin, a pocas cuadras de mi humilde morada. El encuentro se llevaría a cabo el 21 de noviembre de 12 a 19 horas, y me pareció una excelente oportunidad para divagar en soledad entre personajes mitológicos (freakis disfrazados) y estantes de curiosidades artesanales para el deleite de la mente imaginativa (artilugios freakis). A pesar de contar con el tiempo suficiente para organizar la salida con alguien, decidí dejar pasar los horas tiranas para, a último momento, reprocharme a mí mismo la ya inevitable falta de compañía, y a las 16 hs del 21 me puse un jean, una remera azul francia ramplona y mis zapatillas y partí al campus. Al llegar a la entrada del campus por la avenida 25 de mayo, me topé con un panorama para nada anormal: gente disfrazada de elfos, hadas, caballeros medievales, Harry Potteres subidos de peso, escritores firmando libros y haciendo prensa de sus nuevas creaciones, etc. En uno de los tantos estantes de libros que ostentaban a King, Rick Riordan, Rowling, Suzanne Collins, Proust, Poe, Lovecraft, y otros clásicos, hurgando un poco en las superficies de papel, saqué un pequeño tomo de 120 páginas de un escritor argentino, Claudio García Fanlo. El libro, “La casa hiperbólica”, es una novela reciente de 31 capítulos cortos sobre una construcción en un claro cerca de la ruta rumbo a Tandil, a unos kilómetros del pueblo de San Ignacio, partido de Ayacucho.

La historia central gira en torno a Orestes, un personaje solitario y taciturno cuya tediosa rutina se ve interrumpida por un llamado de un estudio jurídico, que le informa que está ahora en posesión de una sucesión de una casa a nombre de Hugo Cozzi, un ex compañero de facultad expulsado por sus planos e ideas sobre la matemática “no euclidiana” (concepto utilizado incontables veces por H. P. Lovecraft en sus relatos y cartas). La casa, como ya mencioné estaba ubicada en un paraje alejado cerca del pueblo de San Ignacio, ahora le pertenecía a él por expresa voluntad de Cozzi, desaparecido hace dos años. Orestes decide asistir al estudio ubicado en Viamonte, capital federal, para firmar todos los papeles sucesorios.

Orestes, ahora en posesión de la casa hiperbólica de Cozzi, decide visitarla. Al llegar, no sin ninguna dificultad, se encuentra con una construcción con forma cónica y elíptica que, a simple vista, no contaba con ventanas ni puertas. Al acercarse al terreno que invadía la casa, Orestes descubre que se le hace casi imposible determinar si está adentro o afuera de ella, y los diferentes portales que conectaban la casa podían llevar de un extremo inferior de un piso al otro extremo del piso superior, sin ninguna coherencia física. Orestes huye de la casa cuando, después de rondar e investigar atónito, se ve a él mismo investigando la casa pero 10 minutos antes.

Luego la historia intercala partes de un diario de Cozzi (que nunca explican bien su procedencia) que deja manifiesto escrito sobre el proceso de construcción. La casa, regida por una estructura “hiperbólica”, es decir, relativo a la famosa hipérbole matemática que se da en un sistema de ejes cartesianos, es una conjunción de materiales extraños ensamblados acorde a los extensos estudios de Cozzi en arquitectura. Cozzi, proclamado disgustado de las rectas simples, las paralelas y la simetría, construye una teoría en la cual una forma a base de hipérbole y en contra de todos los axiomas preestablecidos se utiliza como hipótesis fundamental para el armado de una construcción que engañaría los sentidos humanos. Para ello, contrata a Olmos, maestro mayor de obras y experto albañil de cultura singular y origen oriental (claro guiño literario de las obras de Lovecraft), y a Riemann, genio matemático con experiencia en construcciones experimentales. Los tres, adoptando como base los planos de Cozzi, emprenden la obra que cambiaría la visión del mundo.

Desafortunadamente, durante el proceso de construcción, los tres comienzan a presenciar fenómenos extraños en torno a la casa. Fanlo, haciendo gala de su autoproclamado “dispositivo Lovecraft”, comienza a disponer las piezas del juego para efectuar un suspenso creciente al que no le faltan guiños literarios sobre Lovecraft y su círculo. Se nombra por alguna parte a la mítica Carcosa, la ciudad del relato de Ambrose Bierce, y las alimañas gelatinosas en forma de lagartos recuerdan a las incontables criaturas de la mitología lovecraftiana. También nombran a la “Gran Raza de Yith”, raza capacitada para viajar en el tiempo, a un “hombre sapo”, prototipo de las gentes de la maldita Innsmouth, de piel verdosa y aspecto anfibio. Orestes tendrá que descubrir el misterio matemático que impregna la casa y descubrir el paradero de Cozzi y sus ayudantes.

En cuanto al estilo de escritura, es bastante pobre y falto de técnica. Fanlo, en un triste intento de emular al maestro Eich Pi El, comete faltas imperdonables y vicios literarios como la repetida utilización de adjetivos vagos para describir objetos y visiones sin dar mucho detalle. La prosa fluye sin diálogos, otro indicio de este plagio involuntario, pero no ocurre como con Lovecraft, donde la falta de dialogo da cierto matiz impersonal y científico a la obra, sino que en este caso termina por arruinar el efecto verosímil con este exceso y omisión de detalle por falta de imaginación.

Por otro lado, en cuanto a la trama, es inevitable relacionar esta obra con la aclamada novela de Hodgson, “La casa en el límite”, por sus varias temáticas metafísicas. Los aldeanos de San Ignacio llamaban “la noche de las luces” a un suceso en el cual se vieron en el cielo destellos fosforescentes provenientes de la casa hiperbólica, hecho que podemos comparar tranquilamente con las fosforescencias emanadas por la casa del recluso en el confín de la tierra. El diario de Cozzi, que sirve de prueba tangible de los acontecimientos fantásticos, es el equivalente del diario del recluso que los protagonistas se encuentran en las ruinas de la casa, y asi y todo, la novela no deja de ser más que un apéndice y adaptación de los mitos de Cthulhu en un ambiente rural argentino. Por supuesto no supera la originalidad de Hodgson, pero aún así, si sos fanático de Lovecraft y fiel seguidor de sus historias, encontrarás “La casa hiperbólica” como un trabajo pasable y entretenido, que da algunas esperanzas a los escritores de horror de poder hacerse lugar en el mundo editorial actual.


En conclusión, “La casa hiperbólica” es un aliciente argentino para los fanáticos del género, y joyita imprescindible en nuestra biblioteca de autores fantásticos argentinos. Lectores que no frecuenten el género, abstenerse.