10 de febrero de 2012

A propósito del caso Maldonado

PERIODISTA ASESINADO BRUTALMENTE POR SUJETO DESCONOCIDO

Horrible crimen en Tandil

Un misterio envuelve la muerte del escritor de “El periodismo en la Argentina moderna”



A las ocho de la noche del día de hoy, el periodista Daniel R. Maldonado fue hallado muerto en una habitación del hotel Hermitage. El reconocido escritor habría sido descuartizado sobre la cama a sangre fría por un sujeto que pudo haber irrumpido en la habitación por la ventana del lado derecho de la instalación. El estado del cuerpo indica que fue desmembrado parte por parte. El asesino habría colocado el puño de la víctima sobre el pecho y las piernas extirpadas sobre la cabeza a modo de burla, posiblemente tratándose de un adepto al sadismo. Junto con el cadáver se encontraron una bolsa vacía, abierta por los extremos con un objeto punzante, y un manuscrito de puño y letra de Maldonado, que fue escrito tres días a priori el acontecimiento. A su vez la habitación estaba abarrotada de agujeros en las paredes, de unos 20 cm de diámetro y de profundidad aún incierta; los agentes allí presentes dicen haber intentado escapar del la escena del crimen, cuya atmósfera no era del todo amigable. Los hoyos fueron puestos a prueba con todo tipo de artilugios, revelando que los ecos que sobrevenían de lo más hondo eran voces humanas.

Según el conserje, Maldonado habría ingresado al hotel “en el rostro encontrábase pálido e ido” decía, y arrastrando la bolsa, cuyo contenido parecía tratarse de un ser humano adulto, “ordenó una habitación con suma naturalidad”; “sus zapatos y el pantalón estaban húmedos y embarrados y el olor a muerto que se desprendía de la bolsa era insoportable; el pobre hombre estaba exhausto y parecía haber estado caminando un largo tramo a pie. Le di la llave de la habitación 26 porque lo veía mal” expresó el conserje.  Se estipula que el periodista habría estado cargando con un muerto y escapando de la policía para silenciar el crimen tras los pasillos del hotel, ubicado en frente de la fuente Las Nereidas.

Las autoridades acudieron al hotel cuando al día siguiente el conserje, intrigado por las quejas de los inquilinos sobre un “aroma putrefacto”, llamó a la puerta seis veces sin respuesta alguna. El hombre dijo haber escuchado sonidos sospechosos y una voz que creyó “correspondía a la de un oriental”. También pudo distinguir un aroma muy fuerte a cadáver, que infestaba todo el corredor. Fue en ese instante que resolvió llamar a las autoridades.

El supuesto cuerpo de la bolsa no fue hallado al momento de llegada de la policía forense, en cambio, el misterio es aún más grande. Aún considerando lo manifestado en la nota, no hay registros reales sobre el territorio mencionado, dónde el periodista habría vacacionado. El doctor Fernando Bustamante alega que la víctima habría sufrido de delirium tremens durante sus últimos días de vida. El siguiente manuscrito es la única pista de la cual se sirven los detectives para resolver el caso.


Manuscrito hallado en la habitación 26 del Hotel Hermitage, Tandil. (Daniel R. Maldonado):


La breve anécdota que hoy me dedico a contarles no pretendo que sea creída por mis lectores —incluyendo a los supersticiosos— ni mucho menos por las castas más detestablemente conservadoras de nuestra sociedad, ya que aún no sé si he desembocado en la locura total o si todavía sigo cuerdo a pesar de lo sucedido,  pero esta historia merece ser transmitida aunque sea a unos pocos amantes de la irracionalidad y la demencia. Este hecho fabuloso, no tanto en la mayoría de sus aspectos pero sí en algunos minuciosos, comenzó el día martes 19 de diciembre de 2005, hace tres días para ser exactos, cuando me disponía a tomarme unas vacaciones de mi trabajo como periodista —tenía en mente continuar con una investigación— y pensé que no habría lugar más propicio para relajar mis pesados hombros y apaciguar mis constantes pensamientos estresantes que visitar un olvidado pueblo de la hermosa Buenos Aires, uno que una vez tuvo vida, pero que hoy en día sufre de una enfermedad parasitaria del pensamiento, estoy hablando del complejo sobrellevado por los ignorantes que pretenden convertir constantemente la realidad en un cuentito de fantasmas. Contando con unos cortos veinte años, todavía no he formado una familia y no estoy en planes de hacerlo durante los próximos cinco años, por lo que me enfrasco día y noche en lecturas de libros prohibidos, algunos de alquimia y otros de ocultismo y magia negra, pasando por los clásicos como el libro anónimo Tenebris Scientia y otros no tan conocidos, incluyendo algunos tomos de gran importancia para el estudio de las notas criptográficas que a menudo se incorporan en estos raros textos. Unos de los que solía tomar de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires eran el Traité des chiffres de De Virgenere y el Cryptomensys patefacta de Falconer. Con el tiempo estos libros acabaron de convencerme de que en este vasto universo se encierran conocimientos que solo pueden ser revelados por un grupo selecto de personas para ejercer cambios visibles en nuestro ambiente, modificaciones naturales, rituales ocultitas, maldiciones e invocaciones son unos de los tantos saberes prohibidos que se les otorga a estos pocos. Por supuesto yo nunca pertenecí a tal grupo, ni nunca lo seré, por lo que pude experimentar en aquel tenebroso lugar.

Ya era hora de que me dedicase a terminar una novela que venía dejando inconclusa hace como unos tres años. Era un drama que escribía en lentos intervalos, cuando mi cabeza ya no daba más de tanto trabajar y además de las constantes lecturas del Tenebris Scientia que me arruinaban cada vez más, a pesar de que el tomo contaba con unas ciento cuatro páginas, se me hacía muy difícil interpretar algunas palabras, que al parecer ignoraba pero que al mismo tiempo me costaba encontrar examinando perspicazmente en cada uno de mis volúmenes enciclopédicos ilustrados, terminando la búsqueda con resultados infructuosos. No sé cómo explicarlo. Leer cada palabra, cada frase de ese libro me producía un malestar inexplicable cual indicio de un trastorno inminente, y por el solo hecho de que disfrutaba sumirme en conjeturas mágicas no era la justificación que quisiera dar para decir que el libro me apasionaba, porque también me hacía sufrir. Fue entonces cuando, despidiendo a mis familiares, que por cierto seguían lamentando la pérdida de mi querida esposa, dijeron: ¡Ay, si tan solo ella estuviese en este mundo!, lo cual asentí con suma tristeza, y tomando mi equipaje, me dispuse a viajar a un pueblecito casi totalmente deshabitado a unos 5 km al este de Tandil, llamado “Las Canillas”, y para llegar allí tendría que tomarme un tren en Constitución, y de allí ir directo a Tandil y caminar a pie los 5 km faltantes. Mis padres no tenían ni la más mínima idea de que iría a pasar unos cinco días en un despoblado en nowhere y procuré no mencionar nada del tema, estando yo en necesidad de asentarme en algún lugar tranquilo para continuar mi novela y mis investigaciones, por lo que llevé conmigo el Tenebris Scientia, junto con mis otros textos, un folleto del pueblo, mi cuaderno con anotaciones y los papeles de la novela aún no terminada en la que había sido exhortado varias veces para que la continuase. Aunque podría haber cargado mas valijas con ropa, decidí que tres remeras, dos pantalones largos y uno corto eran más que suficientes para pasar en Las Canillas unos cinco días de intenso calor; pues la zona presentaba temperaturas altas, tocando los 29 ºC por la mañana y 35 ºC por la tarde —según había averiguado—. Esto se debe, en términos de ubicación, a que la precaria aldea está localizada casi en el medio de la provincia sin la presencia del mar. No obstante ya había ideado un plan: pasaría la mayoría del tiempo refugiado en el Hotel Oreon, un enorme montaje de estilo victoriano situado a una cuadra de la iglesia del centro del pueblo… aunque no haya hecho previas inquisiciones sobre la ventilación del edificio. También había estado estudiando algunas fotos del lugar, junto con una breve reseña sobre su historia y como influyó el paso del tiempo en la pretérita conglomeración de viviendas fundada en 1858, que en aquel entonces albergaba a unas cien personas, dedicadas a la agricultura y la exportación de metales como el oro y la plata extraídas de las cuevas en el pantano al norte, donde se yergue la iglesia. Esa iglesia abyecta que se alzaba en los abandonados pisos de asfalto de aquella aldea, esa impresión de terror que me provocaba era una de las varias espeluznantes sensaciones que experimentaría allí en carne propia en el transcurso de los tres días más largos de mi vida, aunque les mentiría si les digo que fueron “largos días”, por tanto que una parte de mi estancia en ese hotel fue casi anacrónica, perdiendo la completa noción del tiempo.

Retomando el tema de la historia del pueblo, había leído que los pantanos al norte de la iglesia habían sido los protagonistas de historias macabras ocurridas hace más de cien años. Se rumoreaba que se sacrificaban cuerpos de personas inocentes, efectuado por un grupo de aldeanos cultivados en materia nigromante, que tenían una relación estrecha con algunos conocimientos prohibidos y que solían visitar la biblioteca de Las Canillas muy a menudo para extraer ciertos libros de índole sospechosa, que los habitantes solían ver con malos ojos. Cabe resaltar que la pequeña multitud local, de un total de cien habitantes se dividía en dos grupos: los agricultores, comerciantes y esclavos que trabajaban en las minas, pertenecientes a la mayoría de los moradores del lugar, y los que dedicaban todo su tiempo disponible en la biblioteca, estudiando e investigando libros de diferentes procedencias e idiomas. No obstante, todos esos textos tenían algo en común: pertenecían al género de la magia y las invocaciones místicas. Siendo yo un hombre de respetables conocimientos científicos, a pesar de que me atraían aquellas temáticas, no dude ni un segundo en tomar esas historias como falsas, y como prueba de lo indudablemente locos que estaban los viejos cascarrabias que inventaban todas esas estupideces cuando estaban aburridos. Como profesionales de la falacia moderna, estos ancianos solían difundir oralmente toda una serie de leyendas absurdas e irrisorias con el objetivo de desprestigiar el lugar por su patética condición de insignificancia económica, dado que ni siquiera figuraba en los mapas desde 1951 hasta el día de la fecha, y por supuesto para divertirse con las caras de terror que pusieran los oyentes de aquellas abominables narraciones que considero producto de varias mentes chifladas.

Por mi parte, creo tener la respuesta del motivo de la invención de tales fabulas, ¿acaso no era en ese lugar —exento de documentación consultable— donde cualquier crimen cometido en Tandil podría ser ocultado bajo los arcanos pantanos que se escondían detrás de la iglesia? ¿No era el sitio ideal para inhumar los cuerpos de las infortunadas víctimas de la oleada de sacrificios de 1887 a 1951? Pues yo creo estar en lo cierto si digo que es así, y esa era otra de las razones que me impulsó a dar una visita con la esperanza de reanudar la investigación del caso; eso me garantizaría una suculenta recompensa periodística, y la desagradable sorpresa que me llevaría a este desasosiego nunca fue prevista por mi, empero vuelvo a citar lo dicho antes: como hombre de ciencia y amante de la verdad que soy, ese estupor causado por esas horripilantes impresiones —si así se las quiere llamar— nunca fueron anticipadas.

Martes 19 de Diciembre:

Cuando me subí al coche para ir a la estación de tren estaba tranquilo y con un aire esperanzado, por fin lograría concluir mi novela que pronto estrenaría en todas las librerías del país y la idea de echar luz a los misterios de aquel antiguo pueblo olvidado me entusiasmaba a tal punto que había olvidado lo solitario que estaría durante mi estadía en el Hotel Oreon. Teniendo en cuenta que la sombra de lo que alguna vez fue el pueblo ahora solo alojaba dos personas, según el último censo hecho en 2001 y me impresionaba que la ciudad contara con suministro eléctrico.

Llegué a la estación de trenes de  Plaza Constitución y tomé el tren a Tandil de las 16:45 hs, que me dejaría en el lugar de destino a las 23:45 hs aproximadamente. Durante el trayecto observé las desiertas llanuras y el cielo vespertino, afectado por un hechizo de tonos rojizos y azulados, una tumba de nubes que guardaba los secretos de la humanidad, aquellos que solo se conocerán cuando el hombre atraviese la infinitud del universo con sus innumerables eones y estrellas galácticas que cuentan una historia muy remota, ocurrida incluso antes de la aparición del primer mamífero terio del período Terciario. A eso de las 6:00 hs me dispuse a descansar un poco, apoyando mi cabeza en la ventanilla me dejé llevar por la lentitud del viaje que me sosegaba cada vez más con su exquisito viento veraniego. A las 8:38 desperté bruscamente con un salto estrepitoso, a causa de un grito agudo que creí oír y que provenía de la llanura desierta —ahora bajo la luz de la luna y la presencia de las maravillosas constelaciones—, este grito no pudo ser provocado por las cuerdas vocales de un ser humano cualquiera, no exactamente. Era como el llanto horripilante de miles de seres que me produjeron un repentino escalofrío que subió por mi médula hasta llegar a mi nuca, erizándome los pelos. Al parecer, ninguno de los pocos pasajeros que se encontraban en el tren oyeron aquella tonalidad —¡Oh, tan claro para mí!— por el hecho de que no los vi siquiera volver a la ventanilla, y los que estaban dormidos seguían dormidos, con sus ojos cerrados y sus semblantes tranquilos. En aquel tipo de ocasiones la lectura de un buen libro me calmaba y me permitía volver a conciliar el sueño, pero esa vez saqué de mi bolso, que cargaba en el asiento próximo al mío, el Tenebris Scientia y lo abrí en la página 54 donde lo había dejado. Observé el capítulo titulado “De los diversos signos”, donde se exponían cuatro signos usados para las distintas invocaciones. El primero era el Signo de Voor, que es presentado así: “por naturaleza es el verdadero símbolo de los Antiguos. Hacedlo siempre que queráis suplicar a Ellos, que esperan siempre más allá del Umbral”. Luego sigue el Signo de Kish: “abate todas las barreras y abre los portales de los Planos Últimos”. En tercer lugar viene el Signo de Koth: “que cierra las puertas y custodia los Caminos”, y en cuarto lugar está el Signo de los Dioses Mayores o Signo Mayor: “protege a los que invocan los poderes por la noche, y desvanece las fuerzas de amenaza y antagonismo”. Desde que empecé la lectura del libro había tenido en cuenta la idea de integrar partes del él en mi novela, donde la protagonista, una mujer de veinte años llamada Ellen, era una desquiciada esquizofrénica amante del esoterismo y ciencias tales como la aplicada por las civilizaciones del Oriente Elevado, aunque se la considera una desadaptada social desde el principio hasta el final. Acabaría de redondear la historia en el Hotel Oreon y puliría toda posible imperfección. La loca Ellen dedicaba mucho tiempo al análisis de las ciencias ocultas y era por ello que en ella descargaba todos mis sentimientos, haciéndola partícipe de mis propias ideas, en otras palabras, Ellen había sido una creación mía que se asemejaba en apariencia a mi difunta esposa, pero compartíamos las mismas pasiones, era como un propio reflejo literario y cada vez ocupaba en mi corazón un lugar más amplio a medida que avanzaba con mi pluma y mi elegante y portado desliz para el arte de las letras. No quiero ahondar en el tema, porque creo estar volviéndome loco, pero siento que me estoy enamorando de un personaje ficticio. No es que me dé vergüenza, aunque como ser humano y ser sensible, estoy seguro de que esta pasión se debe al triste hecho de que me siento completamente solo, cuando miro la almohada de aquella dama con la que me casé que ya formaba parte de la infinitud interestelar, ¡si supieran el dolor que causa la soledad! ¡Ay, si solo lo supieran! Es extremadamente avasallador, y sentía que Ellen llenaba ese vacío que me afectaba en ese entonces, y como producto de mis penas nació ella… tan perfecta y tan…  igual a mí. Ella solía frecuentar las bibliotecas más importantes del mundo, en busca de aquel libro que le devolviera la vida a su marido fallecido en la guerra, por lo cual cayó en una seria depresión y facilitó el cuadro patológico grave que la acusaba y la despojaba de toda relación salubre con cualquier otra persona… porque ella solo existía para él y nadie más. Tomando provecho de toda la situación que pasaba Ellen a la par de mi moldeada prosa de locura y pasión, decidí incluir citas textuales transcriptas sin modificación alguna del Tenebris para darle verosimilitud más pronunciada a la novela.

Eran las 23:54 cuando arribé a la estación de trenes de Tandil, y decidí tomarme el colectivo que pasaba directamente por el pueblo casi totalmente abandonado, por lo cual cargué mis valijas hasta la parada más cercana, que según un vago borracho, estaba a unas dos cuadras hacia el este. Demoré casi diez minutos en caminar las dos cuadras porque me detuve en algunas ocasiones para examinar con precisión aquel paisaje de bellas estrellas y oscuro cielo, que no podían presagiar ningún tipo de calamidad a simple vista. El colectivo paró allí después de haber esperado unos veinte cansadores minutos, y me subí con las valijas y todo.
-A  Las Canillas por favor- dije, mientras observaba la cara de aquel ser grotesco que era el chofer.
Los 5 km que faltaban se pasaron volando; a esas horas de la noche ya no había tráfico alguno. Al ver el pequeño pueblo desde lejos tuve una sensación espantosa, ¡aquellos muros entablaban una connivencia de asociaciones que se levantaban con el éter espacial, formando horrendas figuras que constituían los viejos edificios y que mostraban una verdad que se sumía en lo más hondo de las entrañas de aquel cemento opaco. Era  imposible ver la extensión grisácea por mucho tiempo sin experimentar el terror mismo. Todo el pueblo estaba sumido en una bruma difícil de aprehender. Los inmigrantes de la oleada de 1905 que consideraban al sitio como el más apto para concretar todas las abominables locuras jamás cometidas por una persona en su sano juicio, le otorgaron al lugar un renombre —entre pocos que la conocen— difamatorio. Hablando de los inmigrantes y los arcanos, todavía me afectaba esa historia siniestra de símbolos y sacrificios, y pactos con los no vivos y comunicaciones con el más allá que se habían producido en aquel lugar apestado de muerte. Al parecer, un grupo selecto de eruditos ocultistas veneraban a algún dios blasfemo que no compartía en lo más mínimo una relación con la iglesia católica al sur de los pantanos, y me hacía pensar cada vez más en el sospechoso origen de las desquebrajadas vitrinas de los santos, y si había sido construida por los habitantes originarios del lugar. Todo me indicaba que a pesar de la apariencia celestial y fiel a una religión tan normal como el catolicismo de esa iglesia, germinaba de sus grandiosos portones un fétido olor que cubría a menudo las calles aledañas; un olor que relacionaba con los cadáveres cubiertos de sangre coagulada y a los que los gusanos ya habían empezado a consumir. No obstante, el recuerdo de Ellen, en su locura más grandiosa, me tranquilizaba de antemano a pesar de la apariencia de los edificios y la espeluznante iglesia que se cernían por delante del páramo y el cementerio.

El colectivo se detuvo. Me bajé con mis valijas en busca del Hotel Oreon. Ah, casi lo olvido, debo decirles que el hotel estaba prácticamente abandonado y no había nadie que me impidiera instalarme libremente en algunas de aquellas habitaciones, ligeramente erosionadas por el viento y el paso del tiempo, pero estaba preparado para cualquier cosa, por lo que llevé conmigo una lámpara portátil para dotarme de luz en el remoto caso de que el suministro eléctrico se cortase.

Tomé el viejo mapa amarillento que había comprado en una tienda de antigüedades —el mapa databa la última fecha en que se tomaba al pueblo como parte activa de Buenos Aires— y deslicé mi linterna a través de la cartografía hasta que mis ojos se toparon con el Hotel Oreon, a unas seis cuadras al oeste. Durante el transcurso a pie por el asfalto agrietado y relleno de maleza color gris, no tengo palabras para describir lo que sentía. La noche estaba muy avanzada y mi visión no encomendaba ningún tipo de confianza como para abundar en detalles de lo que intentaba ver, pero lo seguro era que no me sentía bien en esa tensión mortal, como si un monstruo invisible contuviera su aliento y, expectante, aguardara el turno de atacar a su presa. Al llegar a la cuadra donde se cortaba la calle y se erguía la iglesia, el olor a cadáver inundó el aire por primera vez, y aquella impresión no me abandonaría ni en mis más frecuentes pesadillas. Detrás de la iglesia, se hallaba el pantano que tantas historias tenebrosas había albergado por cientos de años, y traté de llegar al hotel lo más rápido posible porque comenzaba a sentirme fatal. Miles de aullidos y protestas de voces inhumanas acudieron a mi mente durante el transcurso de los pocos metros que me faltaban para llegar al edificio, que me hicieron recordar al grito de igual índole que había escuchado en el tren. Hice caso omiso de todo aquello y llegué a mi destino. El antiguo edificio fue construido cerca del año 1898 cuando una ola de turistas decidió visitar Las Canillas en busca de paz y  tranquilidad, y por supuesto para contemplar las extensas tierras pantanosas que se situaban detrás de la iglesia, en aquel entonces inocente centro de actividades religiosas, y los pantanos aún vivos gracias a un peculiar valor estético del arte gótico, sin mencionar la cantidad de pintores de dicho género que se acercaban para captar aquella imagen encantadora de esqueléticos árboles y vetusto barro.

Ingresé con la linterna prendida al hotel y, sin más preámbulo, debido al agotamiento causado por el largo viaje, subí las escaleras e ingrese a la habitación 258 del tercer piso, porque me gustaba la vista de los pisos altos. Cuando abrí la puerta, una sensación de misterio despertado después de varios años se agazapó sobre mi, y pude observar que aún se encontraban en las habitaciones los muebles y los cuadros, y pude ver una confortable cama sin almohada ni sabanas, al lado de un pequeño escritorio de madera vieja. Debido al cansancio, no reparé en caprichos y me acosté en la cama, olvidando que podría estar tan sucia como las paredes y los techos llenos de telarañas. Por la mañana siguiente me despertaría temprano para explorar el lugar y sus abandonadas instalaciones, y si la suerte me lo permitiese, buscaría la forma de trabar amistad con algunas de las personas que allí vivían.

Miércoles 20 de Diciembre:

Me desperté a las ocho de la mañana. Había soñado con la cara angelical de mi esposa y la contraposición de su carácter con el de Ellen, mi amada ficticia, quien veía sentada leyendo el máximo libro de los muertos en su sofá. Decidí salir del hotel para investigar, por lo cual traspasé la puerta de la habitación y miré a mí izquierda y luego a mi derecha. El aire de aquellos pasillos de aletargada historia me golpeaba en la cara e impactaba en mis sentidos. Bajé las escaleras hasta la planta baja y saqué el viejo mapa amarillento del pueblo del pantano —así lo llamaban los pocos ancianos locos que conocían su existencia—. Al abrir las dos imponentes puertas de la entrada del Hotel Oreon, una ola de aire frío, proveniente del pantano que imponente me encaraba, me dejó helado. A causa de tal brisa, la temperatura, creo yo, habría disminuido hasta llegar a los 18º C y me arrepentí de no haber llevado un abrigo. Me apresuré por la calle Moor donde me encontraba hasta llegar a la calle principal. Una vez allí, doblé a la derecha siguiendo hasta el centro, que se cortaba con la calle R. Arai y continué por esa mientras contemplaba con admiración el panorama. A través del asfalto agrietado vi unas mansiones en un estado admirable, aunque un tanto sucias. La calle estaba plagada de ellas, era una seguidilla de grandes mansiones edificadas, según mis especulaciones, desde la fundación del pueblo; seguían paradas allí a pesar de las repetidas lluvias y vientos que se desataron, mezclado con el aire helado y fétido de los pantanos que contrastaban con la iglesia, situada delante de los mismos. Pero luego… un sentimiento de angustia y depresión que nacía de aquellas construcciones me arrebató el aliento, pues a medida que iba avanzando, se iba remarcando en el horizonte y en el nublado cielo deprimido, una inmensa estructura colosal de dos metros de altura. Sin lugar a dudas era una mansión gigante, con el mejor aspecto de todas, pero de allí procedían los aires endemoniados que viciaron la antigua pero bella catedral. La entrada a ella era un portón negro abierto de par en par, y el camino que llevaba a la entrada estaba recubierto de hierbas así como las paredes estaban cubiertas de extrañas enredaderas de colores poco vivos. Mi idea, aunque extremadamente desquiciada en un principio, era adentrarme en esa oscura mansión para desentrañar los secretos que aún hoy me arrepiento de haber desentrañado, y las alucinaciones que provocaron aquellas revelaciones del infierno y conocimientos del más allá, enterrados en los pantanos por innumerables eones, jamás me dejaron dormir en paz desde entonces. Sin pensarlo dos veces —sabía que si lo hacía terminaría sin atreverme a aquella locura— me sumergí bajo las tinieblas de las sombras de aquellas paredes que resistían el derrumbe y pude observar el hall y la sala de estar, adornados con los más ricos cuadros y vasijas de arte oriental, y a mi derecha divisé una enorme escalera que llevaba al segundo piso. Salteando todo lo demás que se pudiese encontrar en la planta baja, subí las escaleras en un arrebato de curiosidad, no obstante era una curiosidad asesina, según descubriría unos segundos más tarde. El aire fétido, de los pantanos y la iglesia, se hacía notar nuevamente en aquella planta alta, y entré por la única puerta que había ¡Ay, si tan solo no lo hubiese hecho! ¡Fue la peor condena a la que me sometí en toda mi corta vida! En aquella habitación, ese aire fétido se debía a la descomposición de partes mutiladas de seres humanos, apilados en el centro de la habitación, situados debajo de un círculo de grotescas características, parecido a uno que había visto en el Tenebris Scientia junto a dichos repugnantes restos humanos, había un escritorio y encima se hallaba un diario de tapa dura color marrón. Me acerqué con una mano tapándome la nariz a causa del hedor nauseabundo, y lo tomé rápidamente, pues no me sentía a gusto en ese lugar y resolví en largarme sin meditarlo. Mientras bajaba las escaleras, de repente me vinieron ganas de vomitar y casi no logré aguantarme, aunque con un poco de voluntad me sobrepuse al asco y pasé a un baño en el fondo de la mansión, pasando la sala de estar y una sucia y desmadejada cocina. Los azulejos muy finamente ensamblados de aquel baño tenían algo que me hizo estremecer por completo y olvidarme de mi malestar. Figuras danzantes desperdigadas por todo el lugar reproducían varios rituales y sacrificios humanos protagonizados por hombres de aspecto raro, encapuchados con una rojiza túnica larga de mago y los individuos que se arrodillaban pidiendo piedad a esos extraños seres encapuchados. Hubo una imagen que me llamó la atención más que todas aquellas que enseñaban los sacrificios, y mostraba a uno de esos seres encapuchados arrodillado en la tumba de un fallecido, mientras este se erguía frente a sus ojos, ignorando las leyes de la naturaleza y burlando a la muerte. Al parecer estaban manteniendo una conversación, como si el encapuchado estuviese sacando información proveniente del averno, algo que solo los que han pasado por allí, después de haber dejado el mundo de los vivos, están en condiciones de contar. Entonces entendí las advertencias de los ancianos locos sobre la ciudad. Siempre hablaban de la capacidad de la población ocultista de Las Canillas de hablar con los muertos y ejercer la nigromancia en su más perfecta expresión. Mi intención nunca había sido desenterrar todos aquellos saberes que se vinculan con el más allá del éter espacial y lo que se cernía en la oscuridad del pantano de Las Canillas, pero terminé dando con todo eso de golpe gracias a mi maldita curiosidad e indagación. No obstante, no era lo más terrible que iba a encontrar en esa mansión, además de los dibujos en los azulejos y el chamuscado diario color nogal. De la bañera, aún cubierta por una derruida y polvorienta cortina, emanaba el mismo repugnante olor de la habitación superior del diario y el infernal signo, y un impulso hizo que me acercara y corriera la cortina, para encontrarme con los huesos ensangrentados de un pobre diablo que había sido cruelmente descuartizado. No pude contener el asco esta vez y vomité en la pileta del baño sin más remedio, y retrocedí preso de un inevitable temor. Corrí hacia la salida, aún sosteniendo el diario en mi mano, y no me detuve hasta abandonar la calle de las mansiones anticuadas. Paré en una plaza que estaba adornada con un cartel que decía “Plaza del Pantano” y me senté en uno de sus viejos bancos, erosionados por el viento y la lluvia. Intentando recobrar el aliento después de la mala experiencia, me pasé aproximadamente media hora con la cabeza gacha y los ojos cerrados, tratando de desprender de mi mente aquellas visiones del diablo. Le eché un vistazo al diario que decía las iniciales “R.A” por lo que deduje que perteneció a un antiguo habitante de Las Canillas y por su escritura y el color de las páginas resolví que había sido escrito en el año 1920 aproximadamente y no me había equivocado cuando en frente de la primera página me encontré con una foto en blanco y negro de un grupo de cuatro personas que vestían unas túnicas oscuras que le llegaban hasta los tobillos y un poco más. Al pie de la fotografía decía “Orden Nigromantia 1929”. Se trataba de tres hombres y una mujer, la que al igual que uno de los hombres en el medio de la foto era de origen japonés. Luego había un negro, probablemente de origen africano y el otro aparentaba ser un europeo blanco o un estadounidense pero no podía averiguarlo a ciencia cierta solo por sus rasgos. El panorama era ciertamente anormal a juzgar por sus extravagantes ropas y la pose en la que salieron, era como si estuviesen haciendo un saludo que solo ellos conocían. Tenían los puños cerrados apoyados sobre el pecho y mirando seriamente a la cámara. De fondo se podía percibir una mazmorra terrorífica con inscripciones indescifrables en las paredes y una estantería repleta de libros pesados como enciclopedias ilustradas de tres mil hojas, aunque sabía que no serían libros comunes y corrientes sino más bien pesados tomos sobre nigromancia y magia negra como pude averiguar de todo aquello, sumado con las historias de los ancianos.


Jueves 21 de Diciembre:

Cuando desperté, ya no tenía idea de por qué seguía instalado en semejante lugar. El asco todavía corroía mi estómago, las especias del horroroso caldo de cultivo que es Las Canillas, digamos, fue como un pesado analgésico con efectos secundarios; había determinación todavía para completar mi investigación, e incluso la novela, pero me urgía la necesidad de averiguar más sobre la procedencia de aquel grupo de encapuchados. El diario contenía signos, emblemas, objetos y gráficos todos producidos en pluma gruesa de tinta negra, de caligrafía excepcional cabe decir.

Aquella mañana había dejado atrás un rocío hermosísimo que precedió una lluvia fuerte. Me vestí y embestí con toda la potencia de mis pies hacia la biblioteca. El pantano, lodoso por el agua, lucía un tanto intrépido por aquellas horas. Había algo que se agitaba bajo la tierra, y podía sentirlo. Me pareció ver a mi amada Ellen parada allí, cerca de una lápida de contrastes grises y verdes por el moho. Debía estar alucinando, por lo que continué corriendo hasta llegar a la biblioteca. Allí entré, y busqué fervientemente durante horas y horas engrosados tomos que me despojaran de mi duda existencial. Un gran libro titulado “The Graveyard and The Cave” posaba sobre la mesa de madera. Lo abrí para llevarme una gran sorpresa. Un mapa y una guía de ciertos cursos subterráneos y el itinerario completo del cementerio del pantano, con referencias totales a las respectivas defunciones. ¡Por Dios! —cuando lo pensé más adelante, me pareció totalmente irrisorio haber pronunciado esas palabras después de lo que había visto—. A medida que iba repasando la información, encontré lo que buscaba: la tumba de Ryunosuke Arai, el dueño del diario. No había tiempo que perder, me incorporé de la silla y salí disparado hacia el pantano.

La lluvia acrecentaba su caudal, y ya sentía mis pies completamente mojados. El agua se había filtrado a través de mis zapatos de cuerina barata, y mis ropas, empapadas se pegaban a mi torso y mis muslos. Casi resbalé en la intersección de Moor y la del hotel; mi corazón latía con una intensidad semejante a la de un futbolista cruzando la media cancha en busca de anotar. Yendo al hotel, tomé una pala del fondo del jardín y corrí lo más rápido que pude en dirección al pantano.

En el suelo fangoso del cementerio, con el libro abierto y sus páginas embebidas en agua de lluvia, trataba de descifrar la ubicación del sepulcro. Lo hallé justo donde creí haber visto a la hermosa Ellen. Una imagen de angustia se me cruzó. Era como un sentimiento de perdida. El pantano me estaba condicionando de mala manera; me estaba sorteando una rifa de locura, y yo: en posesión de todos los números. Levanté la pala y comencé a cavar. Cuando hube retirado toda la tierra alojada sobre el cadáver, me retiré hacia atrás con asco, al ver los restos de un sujeto vestido con una túnica rojiza, deshilachada y mugrienta. El cuerpo estaba a la intemperie prácticamente, sin sarcófago alguno, pero extrañamente, la carne no había sido descompuesta por los gusanos en su totalidad. Todavía colgaba un ojo de la cavidad derecha, los brazos conservaban piel y carne morada y algunos pelos en la cara y las piernas se mostraban gruesos y sanos. En vano es que explique con palabras aquella repulsión que sentí. Con los ojos cerrados y sin respirar, cargué el cuerpo a mis espaldas y decidí volver al hotel. Busqué mi valija en la habitación y saqué una bolsa negra lo suficientemente espaciosa como para albergar el muerto allí. Lo até con fuerza y lo arrastré hasta la reja principal del pueblo; tenía en mente salir de aquel emplazamiento desvirtuado y no regresar jamás.

8 de diciembre de 2011

Cognición Abstracta

De los tantos misterios de la psicología humana nada puede decirse con seguridad. Es el trabajo de tantos reconocidos estudiosos un designio sin frutos, que jamás ha iluminado por completo los rincones oscuros de la mente. Freud aventuró pedantes observaciones, inconclusas investigaciones en fin, que no han fluctuado más allá de las limitaciones del hombre. De aquí nació La interpretación de los sueños, como argumenta en aquellas páginas el padre de la psicología: que las representaciones oníricas se enlazan en muchas ocasiones con estímulos externos; por ejemplo, un pie pendiendo fuera de la cama puede dar la sensación de estar cayendo en el vacío. O bien que los sueños son realizaciones de nuestros más fervientes deseos imposibilitados de llevarse a cabo en la vigilia. Estos textos y otros, son un acertado material de estudio, pero no por ello hubieron de comprender lo incomprensible. Así es señores, lo incomprensible; lo desatinado; lo invariable; lo indefinible… tantos adjetivos debería usar… y no me alcanzarían las palabras. No son las palabras justamente las que arrojasen luz a esta incógnita generacional. ¿Son acaso fiables los sentidos? ¿Más aún que las palabras? No estoy seguro. No obstante, sería de mi agrado contarles mi experiencia visual, de la que no he malogrado con mi injusta incredulidad, a pesar de no haber estado a la altura de la circunstancias debido a mi estado de aparente aletargamiento.

Eran las diez y veintisiete minutos de un lunes lluvioso de verano. Con los ojos arrastraba las negras siluetas del horizonte urbano hasta detenerme en el cielo estrellado. Llovía a cántaros. Apenas podía distinguirse las ventanas de los edificios y las luces de los departamentos lucían como pequeñas luciérnagas en la noche. Hacía ya cinco años que mi familia había muerto y ya no me quedaba nadie. Estaba solo en este mundo. Desde ese entonces no hacía más que entregarme a raras lecturas, infinitas meditaciones nocturnas y a echar obsesivas miradas al reloj. ¡El reloj! Me tenía posesionado; las agujas marcaban la hora, un monótono sonido… tic tac tic tac. Curiosamente, este era el único sonido que escuchaba todo el día. Había conservado un cuaderno con anotaciones diarias de los hechos ocurridos bajo mi techo, desde los más importantes hasta los más triviales: desayuno, almuerzo, lectura y meditación, cena, lectura y meditación, dormir. Al día siguiente el mismo proceso: desayuno, almuerzo, lectura y meditación, cena, lectura y meditación, dormir. Esto fue lo único que hice durante cinco largos años. La esencia de lo eterno ya no me es ajena; comprendo el sentido de la rutina; de la existencia sin rumbo, la creciente obsesión con las pequeñeces. Un plato roto podría ser mi objeto de análisis durante horas y horas, escrutando sus partes, su contextura, olor y color hasta el hartazgo. Lo cierto es que a diferencia de la gente común yo contaba con una habilidad poco normal. En el equilibrio de las cosas, en los ángulos de las paredes, en los pozos profundos había un índice matemático que se me hacia visible casi por instinto. Se delineaban con claridad en mis ojos —como al cirujano las líneas invisibles de corte— las simetrías y la contabilidad proporcional de la materia. ¿Sería yo una especie de genio? ¿O un loco sin remedio?  Tal vez fuera solo mi imaginación y no contara con semejante habilidad. De todos modos, nada puede esperarse de un pobre solitario en busca de algo a que aferrarse. Una vez terminada mi meditación, un débil destello  relampagueó en un rincón de la casa. Mi mirada se centro con determinada atención sobre el marco inferior izquierdo de la puerta de mi habitación: era un hueco negro, luminoso y sonoro. El ruido era como de succión. Lo que vi a continuación fue aún más anormal. Pasaba por allí una gorda y asquerosa cucaracha. A medida que se iba acercando al agujero, iba perdiendo el control de sus movimientos. Por ende, el bicho terminó siendo succionado enteramente por el agujero. Me froté los parpados, no pudiendo creer lo que veía allí. Las pelusas y el polvo, raramente en esa zona desaparecían cuan rápido caían del techo; eran aspiradas con efectiva rapidez. Fueron varios minutos los que pasaron mientras conseguía entenderlo todo. Sabía que había tomado mucho en la cena. Se me  había ocurrido comprar cuatro botellas de cerveza Corona y un frizze azul —que compré con renuencia, estaba a mano en un supermercado chino y a buen precio— que bebí sin tapujos, indiscriminadamente; de alguna forma quería evadir la penosa existencia que llevaba. Había perdido la selectividad y el buen gusto, de hecho, cualquier bebida alcohólica que me proporcionara unas horas de despreocupación y me permitiera ignorar la vida era bienvenida. Los vecinos me veían llevar a mi departamento una increíble cantidad de bolsas con alcohol, y siguiendo su juicio correcto, deben pensar que soy un borracho empedernido. No los culpo por eso, y no me interesa tampoco. Necio aquel que se emborracha una y otra vez en fiestas, siendo estas ya una razón mas que significativa para estar contento. Mi ingesta era enteramente necesaria. La soledad y mis pensamientos me jugaban una mala pasada antes de irme a acostar; era ese momento donde quebraba y me lanzaba a llorar. La emoción era potente, incluso algunos vecinos del edificio tocaban mi puerta con fingida preocupación, otros, gritaban de la ventana que me callara. Después de llorar, fijaba la vista en un objeto y comenzaba mi ciclo meditativo, que no pararía hasta unas tres horas más tarde. Aquel día me centré nuevamente en el agujero, luego de haberse tragado la cucaracha y el polvo. El rumor de succión todavía podía escucharse. Alrededor de él, las pelusas seguían siendo tragadas a medida que aparecían. Aparentemente aquel agujero no culminaría su tarea nunca. Del núcleo centelleaba un color negro brillante, y sus vectores eran casi visibles, como manos que atraían la materia hacia dentro. Se me ocurrió una travesura. Agarré un clip y lo arrojé al agujero; efectivamente fue succionado con un sonido metálico. No pude escuchar más nada una vez arrojado el clip, debía de tener aquel agujero un sin fondo abrumador. Ahora se me antojaba arrojar un martillo que se situaba a unos pocos metros de mi alcance, sobre la mesa. Lo tomé rápidamente y lo lancé con fuerza al agujero; este se abrió más aún y lo succionó por completo. Ante mi asombro no pude hacer más que mirar atónito sin respuesta. El agujero era ahora unos diez centímetros más grande y su potencia no parecía haber aumentado ni mucho menos amainado, se mantenía constante. Las pelusas seguían siendo succionadas. Miré el reloj, las dos y media de la mañana. Entendí que mi contemplación del agujero había durado mucho, ¿o fue mi llanto el que duró tanto? No lo recuerdo —o nunca lo supe—, todo era anacrónico. Las botellas de alcohol en la mesa goteaban el contenido del pico, las gotas se derramaban suavemente por las caderas vidriosas hasta estrellarse contra la fría madera de la mesa. Se me antojó tomar una cerveza. Fui hasta la heladera, pero no había más. ¡Tendría que comprar ya! En cambio, me quedé mirando el agujero. Pasaron unas tres horas más, en las que no me moví ni un solo milímetro. El sol comenzaba a aparecer por el lejano horizonte, bordeado de cuadrados edificios, un espectáculo deplorable, la ciudad y el cemento lo arruinaban todo, destruían la belleza natural del ambiente. Y yo me sentía más devastado que nunca, habían pasado los minutos sin piedad y el sueño me invadió. Por alguna extraña razón no podía quitarle la vista al agujero; ya he dicho que en mi estadía allí durante cinco años había desarrollado un complejo psicológico del cual no podría librarme. Ahora el agujero suplantaba al reloj. Dejé de tomar nota en mi cuaderno, que quedó allí abandonado, todo empolvado, y comencé a concentrarme cada vez más en el nuevo hallazgo. El agujero seguía tragando las pelusas. Recuerdo que me quedé dormido, pero no sé a qué hora, pues no vi el reloj.

Cuando me desperté, mis ojos fueron a encontrarse directamente, una vez más, con la negruzca apariencia del agujero, que no desistía en su incesante tarea, el polvo y las pelusas seguían siendo succionados como una aspiradora. Entendí entonces que no era mi borrachera la que me había hecho alucinar. Esta vez se me ocurrió lanzarle algo más grande. Escruté el  barnizado contorno de madera del reloj… lo usaría para ensanchar el agujero por segunda vez. Me acerqué, lo agarré con las dos manos con fuerza —era pesado, teniendo en cuenta que pertenecía a mi bisabuelo, el único legado allí presente—. Mi frente sudaba en respuesta al enorme esfuerzo que estaba intentando ahormar al peso del gigantesco artefacto. Casi me tropecé cuando me acercaba al agujero, pero logré sobreponerme. Cuando estuve lo suficientemente cerca, lo arrojé con toda la fuerza que me quedaba. El estruendo me ensordeció un instante. La madera, toda astillada, había dado de lleno contra el marco de la puerta, la cual se desprendió y cayó al suelo en seco. Pude ver como el agujero se ensanchaba hacia arriba y se hacía más largo hasta cubrir toda la superficie del reloj. Entonces se lo tragó, con un ruido de succión agresivo. Vi como se perdía en la oscuridad el objeto en cuestión, hasta que no supe más de él. El agujero hacía un ruido horrible, como si se hubiese averiado. Tragaba pelusas con más fuerza y en un momento sentí que era arrastrado por un viento fétido y corrosivo hacia el núcleo negro. Me aferré a las paredes desesperadamente, y el hedor se hacía cada vez más intolerable. Era como un olor húmedo, mezcla de cadáver con algo orgánico. Cerca del abismo oscuro, ¡Ay, eso! Lo vi, era algo horripilante, contrahecho. Pude contemplarlo, ¡No estaba borracho! Era… una extensión infinita, toda gris… muertos, cubiertos de polvo y pelusas, objetos de toda clase desperdigados y repartidos irregularmente por el terreno. ¿Cadáveres humanos?, si, había de esos. También, ¡Ay!, ¡otros cadáveres!, razas indescifrables, restos no humanos, objetos desconocidos, de muchas épocas, ¡Oh, aquel vórtice atemporal, negro, centelleante, nido de monstruosidades!; el hálito fúnebre que de tu garganta emana sería embeleso de Baudelaire y néctar de la discordia para un demente. ¡Ay!, hoyo desconsolador, mediador entre la realidad y la fantasía, que el sol nunca dispare ni un solo rayo a aquella llanura de muerte y polvo grisáceo, y que en el olvido tus miles de secretos perduren por siempre, porque deseo olvidarlos… allí… al fondo, erguido sobre las cenizas de una vida que alguna vez brilló, un cuerpo cubierto por una espesa capa de polen cabeceaba en un intento patético de moverse a través de aquél páramo de muerte; y esa sonrisa, ¿qué me habrá querido comunicar?, será espantosa, pero encerraba todo el espíritu del universo.

Me había desmayado. Al recobrar la conciencia, me sentí aliviado. Vislumbré la noche estrellada, llovía como la noche anterior. El agujero había desaparecido; todo había terminado. Meditaba sobre lo solo que me encontraba. ¿Quién creería lo que había soñado una lluviosa noche de verano? ¡Que locura! Me paseé por todo el departamento. Discurrí por el pasillo, el comedor, la cocina y el baño. Me preocupaba algo. Era un sentimiento opresivo, angustioso. Nunca me había impregnado el corazón de tanta tristeza. El recuerdo de mis padres acudió con clara nitidez, como si fuera real. ¿Sería la resaca de aquella mañana? Mi madre me tendía la mano y me decía algo que tardé en comprender; sonaba como un susurro. —¡Madre, me has dejado solo!—le grité. Su semblante parecía no haberse mutado en absoluto, pero en cambio insistía diciendome algo. Agudicé el oído. Decía algo definitivamente. —¿Dónde está hijo?, ¿dónde lo dejaste?—. Miré a mi alrededor, no sé a qué se refería. Los efectos que habían causado en mi alma aquella pesadilla todavía no se habían borrado. Envejecí en un instante; me estremecía la idea de morir entre esa humedad, en soledad. Insultando, maldiciendo y golpeando el duro yeso de los muros, corría como un loco buscando una respuesta a la desgracia que me abatía; hasta que la encontré: el reloj ya no estaba.

18 de noviembre de 2011

Creepypasta Delight

Las leyendas urbanas han sido durante generaciones y generaciones el deleite para algunos guerreros de lo fantástico y el objeto de burla del común del pueblo racional. Las historias transmitidas desvirtúan la estabilidad mental de los oyentes y se graban a fuego en sus neuronas, creando un fantasma psicológico que participa de nuestras más horrendas visiones nocturnas, de esas que se vislumbran bajo el frío baño lunar que se posa sobre las siluetas de los valles inhabitados, las faldas de las montañas silenciosas, los pantanos cenagosos y las calles agrietadas de los pueblitos lejanos. De las voces suscitadas de un hoyo en la pared hasta la débil sensación de que a uno lo están observando de espaldas, es lo que mantiene una moderada distancia consciente de las bocas atrevidas que emiten dichos sucesos, vilmente trágicos para nuestros oídos. Varios hombres, que hayan estado en conocimiento de estas leyendas, han desaparecido luego de prestarse a escuchar los sonidos que emite el viento o por el simple hecho de que sus cerebros se contaminaron de una forma tan brutal que eligieron el perderse en una cuidad cualquiera, para no ser vistos nunca más. Y es que el peligro más evidente de estas fábulas del terror es el que se abalanza sobre nosotros con una feroz fuerza, injuriando la psiquis, las terminales nerviosas y los medios del pensamiento. De esta manera los más vulnerables son los de admirable imaginación, tanto por la capacidad de materializar estos miedos, como por el terror latente de que puedan aplicarse alguna vez a la realidad. Esta sería las respuesta más citada por los mundanos ciudadanos, tal vez por miedo a admitir lo que sospecharon desde un principio. Tienden a relacionar estos temores de la gente sensible con el impulso de su propia imaginación, la cual ellos creen, es demasiado trastornada, poderosa. Personalmente no puedo decir nada, siendo yo también uno de estos mundanos, aunque un poco más indeciso de la verdad que el resto, porque alguna vez tuve una imaginación superdesarrollada de niño y no ignoro la potencia con la cual las visiones fantasmales se me aparecían cotidianamente.

Varias de las historias de linterna y fogón, a pesar de ser clásicas, siguen haciendo temblar el pulso de los ancianos y alertar a los incrédulos adolescentes. La leyenda de Atlántis, la hermosa y opulenta isla griega que se sumergió en el océano con sus casas de techos dorados completamente en ruinas, despierta la gran aversión a lo desconocido. Otras leyendas, más siniestras, como la de Bloody Mary,  —el espectro de una chica que se presenta al llamarla por su nombre tres veces frente a un espejo— han jugado con la contracción supersticiosa de las creencias de la gente para desencadenar una red inmensa de advertencias ridículas, en pos de protegerse de estos supuestos peligros sobrenaturales, naturalmente omitidos por la civilización pensante. Lo cierto es que mientras más oscuro y verídico es el tono del narrador, quién deberá esforzarse para ello, más sospechas levanta en los oyentes sobre la posibilidad de ser real su relato. Es por eso que las leyendas más monstruosas están escritas por individuos de notables facilidades mentales para acrecentar la atmósfera de tensión que se moldea a través de la narración de los acontecimientos, generando así un clímax perfecto de expectativa y horror que hacen de esta una sensación inigualable. 

Las leyendas urbanas también tienen su espacio cibernético en Internet. A diferencia de las otras leyendas, estas fueron escritas en diversos blogs o redes sociales, que poco a poco llegarían a proliferarse por toda la red. A este tipo de leyendas les llamamos Creepypasta, nombre que hace referencia al copy-paste que se concreta para desperdigar la información a todas las páginas de internet posibles y así poder darse a conocer.

En una noche de noviembre —no recuerdo la fecha— tuvo lugar una extensa conversación por Skype con mi estimado amigo Alfonso y a la que posteriormente se sumó nuestro queridísimo Impa, seguramente dejando de lado su vicio admitido por el Ragnarok Online. Eran ya como las 2 de la mañana y en un momento Alfonso sacó a relucir un Creepypasta de Pokemon, bautizado por el nombre Lost Silver, aparentemente un hack del original Gold & Silver para Gameboy Color. Era un post de Taringa, con un video al pie del escrito. La historia relatada era terrible para aquellas horas, en las que uno ya no tenía nada que hacer más que asistir al regular clamor del ventilador y el tenue resplandor de la lámpara de escritorio. El que se disponía a leer todo el texto era Alfonso, mientras Impa y yo escuchábamos, cagados hasta las patas. Cada frase era como un disparador del pavor escondido en nuestra conciencia, a pesar del agitado ritmo de lectura, y no faltaron las miradas cómplices entre uno y la puerta. A medida que la historia progresaba, se iba tornando más escalofriante la cosa. Terminamos, ya con la palometa en los calzones, y nos decidimos a mirar el video de Youtube con el gameplay del juego, para obtener una impresión más detallada. Acá fue donde se puso escabrosa la situación. El primer minuto del footage mostraba al jugador en una habitación de madera bordeada por una cerca de palos, y en el medio, una puerta de aspecto más que singular, más ancha de lo normal podríamos decir. El jugador mostró la pantalla de status —se podía ver que el nombre del jugador era “tres puntos suspensivos” (…)— y accedió a la opción Pokemon. El party estaba conformado por 5 Unowns y un Cyndaquil lv. 5 apodado Hurry, que extrañamente tenía solo 1 punto de vida restante. Entonces ahora entraba por la puerta rara. Al entrar por esa puerta, (…) aparece  en un lugar completamente oscuro y usa Flash, técnica que disponía gracias al Cyndaquil agonizante. La pantalla se iluminó para revelar una escena poco tranquilizadora: una habitación completamente roja, acompañada de una música espeluznante. A medida que el jugador se movía por un pasillito, la luz roja se iba apagando hasta quedar totalmente negra. Ahí se topó con un cartel que decía: Turn back now (YES/NO), y el jugador selecciona YES. Hurry se desmaya. El jugador aparece en un cuadrado de lápidas en un cementerio y vuelve nuevamente al pasillo rojo, pero esta vez como un fantasma y con un Celebi, reemplazando a Hurry, que creemos se había muerto más que desmayado, obviamente porque el texto no fue modificado del original: Hurry has fainted!. Otra vez saca la pantalla de status, y entra en la opción (…). Afortunadamente, Alfonso en esta parte no pudo contener una risita que nos hizo despabilar a todos y empezar a reírnos también: “No tiene brazos boludo jajajaja”. Nos cagamos de risa un rato. Era cierto, ahora la imagen del entrenador no tenía brazos ni piernas y estaba todo pintado de blanco. Parecía un maniquí con gorra el hijo de puta, pero lo raro era que podía traspasar las paredes en este estado espiritual. Muchas cosas ocurrieron después, pero nada de lo que yo diga aquí será mejor que ver el video por ustedes mismos, si se atreven:


Habiendo finalizado con esta historia, divagábamos por Internet, acotando huevadas, tomando coca, riéndonos de las pavadas que decíamos, y dimos con otro Creepypasta, esta vez era el Suicidio de Calamardo. Este ya lo conocíamos los tres, pero nos aventuramos a releerlo por diversión. Resulta que a un supuesto interno en Nickelodeon Studios —el narrador— le fue entregado una copia de lo que sería un nuevo episodio después de la película de Bob Esponja: su título era “El Suicidio de Calamardo”, del inglés “Squidward’s Suicide”. Leer semejante título no supuso gran cosa para los animadores, que checkeaban constantemente los episodios ya editados y estaban acostumbrados a ver títulos puestos en broma por los escritores; así que nadie se escandalizó e incluso un miembro del equipo emitió una risa seca. Pero no era muy gracioso lo que estaban a punto de presenciar. El episodio empezaba normalmente, con la musiquita de la serie, todo lindo. Calamardo estaba tocando el clarinete, errándole como siempre, y se escucha a Bob riéndose desde afuera. Como es de esperarse, Calamardo le cierra el orto y Bob se va a jugar con Patricio y Sandy (el postrecito), acá: Arenita. Esa misma noche, Calamardo asiste a un concierto, cuya falta de talento se hacía más que evidente por la cantidad de notas que no lograba hilar. La gente empezaba a abuchearlo. Se podía notar en aquellos rostros un odio vil, tal cual se narra en la historia; sus ojos estaban hechos de un modo hiperrealista. El abucheo era atronador y esto no hizo más que deprimir a Calamardo de una manera intensa. La siguiente escena muestra al fracasado clarinetista sentado al borde de su cama; no había sonido alguno. Se podía mirar por la ventana del cuarto la helada costa de Fondo de Bikini; Calamardo corrompe en llantos. El llanto se va haciendo cada vez más fuerte, lleno de angustia e ira. Como flashazos repentinos en la pantalla, aparecían unas fotos en un intervalo muy corto de apenas un segundo, al que el animador tenía que pausar y rebobinar para verlo mejor. Ingrata fue la sorpresa que en el estudio obró, que por lo repugnante hizo a varios taparse la boca del asco. Era la foto de un niño muerto, despojado de sus tripas que yacían a su lado en un charco de sangre gigante. Una sombra, que sugería ser la del fotógrafo, se erguía frente al cadáver. El video continuó, revelando otras dos fotos más de niños descuartizados. El modus operandi del asesino era el mismo en todos los casos. Hubo una mujer del staff que tuvo que retirarse y el narrador dice haber vomitado durante el display de la tercer foto. El truculento curso del video llegaba a su fin. Calamardo miraba la pantalla, con los ojos inyectados en sangre. Ya no hacía falta agudizar las aptitudes auditivas, se oía claramente el viento que azotaba las ramas con violencia; una tormenta que precedía al inevitable y trágico desenlace. Una voz resonante que se batía contra los cuatro muros azulados de la casa al estilo isla de pascua intentaba calentar los oídos de Calamardo, induciéndolo a redimirse de su penuria con un solo gatillazo de escopeta, que no sabemos de donde cuernos sacó ¬¬. El eco decía Hazlo y Calamardo lo hizo. HEADSHOT! Se voló el coco ahí nomás. Su cuerpo desahuciado cayó en la cama. De su cabeza, lo único que podía discernirse del resto de una masa informe de carne era un ojo colgando. Concluyendo la animación, gran parte del equipo abandonó la sala, mientras que el narrador y algunos más se quedaron para verla nuevamente, acto cuyo ejecutante se arrepintió de haber hecho, puesto que el video se le quedó pegado, dejándole una perturbación de por vida que selló su malhadada presencia sobremanera sobre su espíritu. Varias investigaciones al respecto se llevaron a cabo con el objeto de encontrar al responsable de la enfermiza caricatura, pero todo fue en vano. Aparentemente la cinta había sido modificada por no se sabe quien joraca. No obstante, esto no es más que una excusa para descartar toda culpabilidad a un determinado sujeto, supuestamente responsable. Este sería el tema recurrente en la gran mayoría de los Creepypastas: los culpables y/o testigos del incidente no pueden ser identificados o se olvidaron de todo lo sucedido… típico; alimenta las conclusiones ortodoxas por supuesto. Por ello, los racionales pueden advertir la farsa detrás de todo el asunto, aunque no quita el innombrable terror que impregna en el alma esta leyenda durante un tiempo, que luego pasa a ser olvidado o solamente desarraigado de nuestra mente para no sufrir sus encarnados efectos, hasta que uno recoge, una vez más, otra historia aterradora.

En el post Taringuero, a simple vista, lo que más sobresaltó de aquel fondo blanco con letritas, era sin lugar a dudas la imagen impactante de Calamardo con unos ojos naranja brillante, inyectados en sangre.
La impresión que por lo menos a mí me causo no fue tan severa como la historia en sí, pero definitivamente ayudó a darle a la crónica un plus detestable; no por nada se dice que una imagen vale más que mil palabras.

Muere Bob Toronja...

Alfonso tomó aire después de recitar todo aquel tratado y el silencio reinó. Yo estaba jugando con el vaso de coca al mismo tiempo que intentaba escuchar algún sonido. Impa… creí que había fallecido; no se oía su voz para nada. Alfonso nos explicó que había unas historias más en el post, similares a esta: la del episodio perdido de Mickey Mouse y Los Simpson, ambos conocidos para los tres.

Charlamos un poco sobre uno de los más destacables Creepypastas, incluido hasta en la magnifica base de datos de Wikipedia: Polybius, el juego maldito. Este sería, vulgarmente llamado acá, un fichín expuesto en una galería arcade en Estados Unidos. El videojuego era conocido por causar efectos irreversiblemente destructivos en sus jugadores, quienes a menudo sufrían de alucinaciones, pesadillas, tendencias suicidas y locura. La máquina fue retirada del establecimiento poco después de su aparición, convirtiéndose en una leyenda urbana de suma fama. El nombre de la empresa desarrolladora era Sinneslöschen —que en alemán significa “pérdida de los sentidos”— y programado por Ed Rottberg —verga rota—. La verdad es que ya nos pareció chistoso; alguno que otro soltó una carcajada. Yo dije algo como: “Ah bue, ¿no podía llamarse de otra forma, no? ¡Que hijos de puta!”. Pérdida de los sentidos… sonaba muy explícito… podrían haberlos demandando por esto mucho antes de que se supieran las consecuencias de jugarlo. Igualmente, para un gamer americano promedio, el nombre de la empresa se la podía meter en el ojete la burocracia económica, junto con los derechos reservados, los sprites prediseñados y la musiquita del orto, compuesta por un sujeto desconocido que no era identificado ni por su propio vecino. La cosa era probarlo, y todos los que se atrevieron, fueron las víctimas de un abominable proyecto militar. Al parecer había sido instalado por los “Hombres de Negro” no, no hablo de Tommy Lee Jones ni Will Smith— en varios suburbios de Portland, Oklahoma, California, etc, para someter a los jóvenes a una serie de mensajes subliminales que aparecían ocasionalmente como destellos rápidos durante el gameplay. Algunos de ellos decían: “Kill yourself”, “No thought”, “Don´t question authority”, “Obey”. De esto derivaron una grotesca gestión de chistes y risas que no paró hasta más adelante, cuando me metí en Youtube para ver el video del juego, que decía ser una remake del original, que había desaparecido hace ya hace mucho tiempo, desmantelados todos los ejemplares por agentes del mismísimo gobierno norteamericano como consecuencia de una trágica muerte de un jugador que tuvo un ataque de epilepsia, naturalmente debido a los luminosos colores y flashes; era de esperarse. Eran las 4 a.m en punto cuando reproduje el video. Un estallido de figuras y colores inundó la pantalla. El viento batía las ventanas de mi habitación, que se encuentra en el tercer piso, el más alto, por lo que se ve amenazada por los azotes de la fría brisa nocturna a menudo. La puerta, que había sido olvidada hace unas horas, cobraba su presencia más vivaz en mis ojos. Esta vez la vigilaba detenidamente, aguardando que alguna figura negra pasara en frente del pequeño orificio de la cerradura. La musiquita del juego centró mi atención nuevamente en la pantalla… era una marcha espeluznante; era como una murga brasileña del infierno, un candombe tropical mefistofélico. En el interior se podía notar un pentagrama satánico y, detrás de él, un enorme círculo con los colores del arcoíris que giraba incesantemente. La navecita quedaba a un extremo de la pantalla y no podía moverse. Con el joystick solo podíamos controlar el pentagrama blanco. Si alguien se hubiera muerto por esto, no sería nada increíble. Cualquier epiléptico sucumbiría a semejante espectáculo de luces y brillantinas en un instante. No me sorprendería, repito, ver a un jugador de Polybius contorsionándose como babosa en sal, gritando: ASS, BARF, ASS, BARF, ASS, PISS! 

Dance Dance Dance like you're having a seizure! ♪

De todas formas no tuve ningún ataque y el video lo mande a favoritos de cabeza. No llegué a ver ningún mensaje subliminal, ni voces ni nada por el estilo, solo la navecita disparando y la música de monótonos acordes. No obstante, no pude evitar oír nuevamente aquella furtiva entonación del viento contra el vidrio, ni la imponderable llamada de la puerta, que cada vez me obsesionaba más.

Sería interesante resaltar que la leyenda, muy popular en norteamerica, fue parodiada en un episodio de Los Simpsons, donde se ve una máquina de Polybius en el extremo derecho de la pantalla, con una inscripción del gobierno de los Estados Unidos.


  "Property of U. S Government"


La conferencia entre los tres prosiguió su vertiginoso derrotero. Todas estas historias me habían conducido, por tercera vez consecutiva, al “Scary Clip from Ghost Story (1981)”, alojado en mi larga lista de favoritos de Youtube. Les pasé el link, explicando que era un fragmento de la película del mismo nombre, basada en la novela de Peter Straub (1979). No estaría en condiciones de emitir cualquier juicio crítico de la peli ni la novela, no las conozco, por lo que sería imprudente de mi parte intentarlo. Al autor lo reconocía por ser uno de los más famosos escritores de terror contemporáneo, como Dean Koontz, Robert Bloch, Clive Barker —putoy Stephen King, que saltó a la fama casi por accidente gracias a sus primeras novelas: Carrie, It, The Shinning, The Dead Zone, Cujo, Pet Sematary y la serie de The Dark Towers. Después, para mi opinión, no sacó una puta novela que sea buena. Como promete esta novelita, quizá —si la consigo, está claro u.u— me la compre. Intentaré no llegar a mis absurdas comparaciones una vez finalizado el libro, como suelo hacer siempre. Cualquier cosa, si es que hago una review para el blog, si menciono a Poe, Lovecraft, Nathaniel Hawthorne, M. R. James, Ambrose bierce o Guy de Maupassant, están más que obligados a abandonar el post jajaja. Dicho esto, creo que lograré no recaer en mis vicios constantes, y posiblemente le haga justicia a este autor de manera limpia, sin asemejar su trabajo con ningún otro escritor clásico. Volviendo al videíto… bueno, apenas dura unos 39 segundos, pero es para desfallecer de la risa… o revivir tus más alocadas pesadillas. Un viejo camina por un puente nevado. A lo lejos, otro tipo observa intrigado los movimientos del anciano; dice algo como: “What the hell is… (algo más que no logró entender)?” Enfocan al tipo mirando del otro lado del puente, a las blanquecinas cumbres que flanquean un helado río surcado por el hielo. Ahora alguien dice algo a espaldas del viejo, quien pone cara de terror mientras va girando su cabeza lentamente hacia atrás. Un fantasma de carne podrida surge desmesuradamente, escupiendo agua, gritando la ominosa palabra. Alfonso preguntó: “¿Qué mierda dijo?” Yo le contesté, acaso con la misma incertidumbre: “Creo que dijo Meh”. Entonces reventamos de la risa. 

Alfonso: No tiene sentido boludo! JAJAJAJA, por qué diría Meh?

Yo: No sé, es lo que escucho, tal vez es una oveja…

Impa: Que bizarro…


MEH!

Imposible no asustarse con eso… el viejo calló del puente y se hizo mierda; en el suelo parecía una muñeca ragdoll super articulada. En aquella misma conversación Alfonso descubrió, gracias a un comentario escrito casi al final de la pantalla, que lo que decía el espectro zombie era Ned, llamándolo al hombre parado allí en el medio de la tormenta. Pero nos quedamos con Meh que ahora pasaba a ser un clásico.

Estirando los brazos y las piernas, ya cansado, miré el reloj: eran las 6:00 a.m. Alfonso siguió contando historias, una de su cuñado, la de la luz verde y otras muy atrapantes. Yo las apreciaba acostado en la cama y mi voz se escuchaba casi intermitentemente, de lejos, según la situación lo permitiera o si sentía necesario comentar. A eso de las 6:30 no daba más y resolví cerrar sesión. La endeble luz de la mañana penetró en la alcoba e iluminó con un suave calor matutino las sombras de su interior. Me dejé llevar por una corriente visible de impresiones e imágenes varias: Calamardo, con sus ojos naranjas contemplándome fijo… un entrenador sin extremidades y el zombie Meh surgido del río helado. Un súbito estruendo me despertó a las 13:24 p.m. Me sobresalté bruscamente, fijando la vista hacia la puerta —la que me mantuvo alerta toda la noche—. Me adherí con virulencia al yeso de las paredes, confundido y aturdido… era mi perra que había abierto la puerta con la patita: GENIA!

Recordé la interminable conversación y la idea de transcribirla me aconteció. Creía acordarme de algunos diálogos y disquisiciones, pero me quedé con las breves acotaciones más memorables, las que le dieron a la charla un toque humorístico. 

No puede negarse que las leyendas urbanas son un infernal cortejo de demonios, que solo pueden venir de simas infinitas habitadas por el diablo. Otras tradiciones hacen referencia a fétidos olores emanados de las inmediaciones abismales más oscuras del éter. El universo esconde secretos, que no cualquiera se atreve a desvelar, y como inseguro estoy de si Calamardo se suicidó o no, prefiero beber del piadoso néctar de la felicidad, y zambullirme en el olvido… una vez más.

Lo más insólito ocurrió mientras escribía esta nota, la computadora se me reiniciaba constantemente, retrasando la publicación de la misma en Voluntad Inerte. He perdido la cuenta de las veces que se apagó sin previo aviso, más aún cuando intentaba poner las imágenes. El link del video de Lost Silver fue el que más problemas me trajo, teniéndolo que subir reiteradamente. Pero siempre hay una explicación no? Mi máquina está hecha mierda; tendría que hacer un backup y formatear el disco… Sí… debe ser eso… un simple formateo y asunto arreglado.

Buenas noches a todos, me despido de ustedes con un:

MEH!!!!      

4 de noviembre de 2011

Winged Terror

28 de Octubre de 2025:

Por favor, esto es urgente. Escribo este informe para comunicarles todo con lujo de detalles. Léanlo lo más rápido posible. No puedo dormir. No puedo comer. No tengo palabras para expresar lo que es inexpresable. Ya me he sumido en un mundo del cual deseo, con mi más ferviente brío, olvidar todo lo relacionado; olvidar la agonizante apariencia de una bestia inefable, dos bolsas con restos en estado de putrefacción y estas cartas que hallé en mi investigación al este de Marte. Dichas cartas, con sus vastas  afirmaciones demoníacas para nada prosaicas y abominables, en variadas tonalidades literarias, constituyendo un lenguaje que ahora conozco y que está en todos lados, me produjeron una sensación no menos terrible que el demonio recostado en los fríos terruños rojizos, que se retorcía y escupía palabras ininteligibles para cualquier mente humana. Pero esas letras, ignotas fuentes de desvaríos inusitados, me atormentan y me seguirán atormentando por siempre ¡Por Dios lo veo en todo ser vivo! ¡En la proporción del Universo! Ha sido la lengua madre de nuestras lenguas y lo contiene todo… lo sabe todo… y me está siguiendo en mis sueños, donde veo eso... esa blasfemia esquelética, merodeador de las tinieblas que ha devorado cientos de seres y que ese otro individuo ha abandonado en el planeta rojo.
No hay nadie que pueda socorrerme, estoy perdido, devastado y no he ingerido nada en más de cinco días debido a este injurioso descubrimiento. Maldigo el momento en que, explorando las invisibles calamidades enterradas en el espectro congelado y vil que es Marte, en un proyecto —al que estoy a la cabeza en la parte investigativa de reconocimiento del terreno— iniciado en el 2016 por Albert Strausford, escuché ese ominoso silbido proveniente de las llanuras desérticas más cercanas a mi encuentro ¿Qué me llevó a dirigirme hasta allí? Pues mi maldita curiosidad. Ese bicho hambriento que corroe la conciencia de los hombres, cuando estos se enfrentan al golpe arrebatador de la intriga , es ni más ni menos que el mismo verdugo responsable de la inconmensurable masa de suicidios infestando la historia de la humanidad, una relativamente corta en comparación con los monstruosos eones de existencia de la materia. Había allí, convulsionándose con terribles espasmos en el seno de las vastas planicies coloradas, silbando agudamente con un tono que penetraba los oídos más sordos  ¡Ese silbido infernal!, la estructura esquelética de un ser con alas, encorvado y de estatura considerable.
Estas son las cartas que hallé directamente a unos metros del Ser Alado y las bolsas, que transcribo, ya traducidas gracias a un diccionario de extraña procedencia para su mejor aprovechamiento:



Lugar de obtención: Marte, zona este.
Contenido: Un embase de un material sintético iridiscente con extrañas cartas de un papel irreconocible.
Fecha: Data el año 6.522.966.774.435 seguidas por un nombre de origen no registrado.
Destino: Fhurjitonia – Ubicación: desconocida hasta futuras investigaciones.

CARTA I

Mira, el otro día mis padres me comunicaron que mi querida abuelita vendrá a visitarme la semana próxima y no sabes lo contento que estoy ¡Que goce! Y yo que pensaba que nunca más volvería, si fue hace mucho, como eso de tres meses, que la había visto por última vez. En cuanto pensé en su rostro bondadoso y piadoso carácter mi alma se llenaba y rebalsaba sin más.
Estuve estos días preparando una sorpresa para ella. Siempre que viene me trae dulces y yo con gusto los como —a veces como de más— y a menudo dábamos un paseo por las llanuras misteriosas de la hermosa Fhurjitonia, contemplando los danzantes árboles de poderosos frutos perfumados que daban la impresión del sostenido desarrollo de una melodía celestial, en sus compases armónicos y únicos. Por las noches me leía cuentos de terror sobre criaturas que vivían en un planeta no muy lejano, al parecer el segundo que albergaba vida después del nuestro, pasando por diferentes etapas evolutivas, empezando por los primates (aquella teoría que desarrolla un tal “Darwin”). Recuerdo que no podía conciliar el sueño y las despreciables actitudes de esos seres me perturbaban en mis más terribles ensoñaciones. Como los detesto; si los tuviera cara a cara juro que los destruiría a todos ellos. Son una plaga de otra dimensión. Han destruido vidas inocentes y al parecer no saben lo que es una sociedad estable. La violencia no lleva a ningún lado pero la avaricia frívola que los caracteriza no puede ser más reprobable. Me pregunto si algún día llegaran a descubrir que alguna vez vivimos allí, en donde ellos llaman Tierra y que hemos abandonado en el interior de la zona polar en la Cueva de Ghjit, al noroeste de las heladas extensiones y protuberancias que con indiferencia se remarcan en el los limites cóncavos del etéreo cielo, un manuscrito con nuestros registros idiomáticos y gramaticales. Aún no sé porque nuestros ancestros decidieron dejarlo allí, tal vez pensaron que nunca nadie los encontraría y menos cualquier especie de vida terrestre posible a posteriori nuestro nacimiento.
Estoy muy emocionado… no puedo esperar más. Cuando llegue mi abuelita a casa, te escribiré.

CARTA II

Hace horas que sin decir nada ni articular su débil cuerpo, sentada, mira por la ventana; inmutable como poste de luz en una ciudad abandonada. Su apariencia… hay algo diferente. La percepción, al no ser fiable, podría tramarme una trampa sensorial, pero no la reconozco ni en sus más mínimos rasgos físicos. Creo que mira el cielo, lo contempla como queriendo rasgar el éter y pasarlo de lleno y en ciertas ocasiones la he visto levantar su esquelético brazo para poder asir el manto rojizo con las manos. Cuando vi ese brazo, la repugnancia me inundó. El patetismo del esfuerzo que tuvo que emplear para mover sus desgastadas articulaciones y la esencia toda de la situación me produjo un abominable sentimiento; tanto que tuve desviar la mirada.
Mis padres no sospechan nada y me da la impresión de que me ocultan la verdadera naturaleza del asunto. ¿Y si murió hace tres meses? Tal vez su cadáver tenga vida. Cada vez que se me acerca para acariciarme la cabeza no puedo evitar sentir una presencia tenebrosa, demoníaca, deleznable y atroz ¡Qué miedo, me hace acordar a los seres de la Tierra!

CARTA III
¡Esto es terrible! Esa cosa que viste igual a mi abuela me encerró en el ático dos días atrás, pero me las arreglo bastante bien para hacerte llegar estas cartas con el sistema aéreo recientemente implementado para los estados del este. Ahora soy solo yo y la abuela. Ella no dice nada, nunca lo hace, solo mira el firmamento. Hace días que no como y estoy empezando a debilitarme. La última noche fue insoportable… infinita. Cuando intentaba descansar en el templado piso, escuché de la planta baja de la casa un silbido agudo, penetrante e inaguantable de un ser que no pertenece a la zona que habitamos del espacio sideral, una fuerza que actúa, crece y obedece otras leyes muy distintas a las que rigen nuestra naturaleza. Por su constitución ósea, puedo juzgar que su procedencia tiene que ser sin lugar a dudas perteneciente a un eslabón extraviado de la cadena evolutiva de los simios que habitan en la Tierra. Es casi erróneo nombrar a semejantes graznidos como sonidos, por cuanto su timbre, horrible a la par que extremadamente alto, se dirigía a aquellos lóbregos focos de la conciencia y el terror que al percibirlo, la imaginación desempeñaba la labor culminante para la llave al exterminio. Los silbidos transcurrieron la noche completa y no pude descansar ni un solo segundo. Si esto continua, me temo que tendré que tomar medidas drásticas y acabar con la vida de mi abuela, aunque aparente ya estar muerta.

CARTA IV

Pasé varias noches horribles. A ella no la he visto más, pero la siento cerca de mí. Me espía, me vigila y es peor, pues al no mostrarse su presencia se manifiesta constantemente mediante fenómenos innaturales, y la imaginación me sigue torturando. Las pesadillas que se repiten en mi mente me perturban hasta que mis visiones se obnubilan por completo y mi aparato psíquico alcanza su límite. Mis padres siguen sin aparecer, y los extraño ya. Por favor debes pedir ayuda… no mejor no lo hagas, La Orden podría matarme para borrar cualquier evidencia de este escándalo si se enteran de que semejante cosa habita nuestra Fhurjitonia.

CARTA V

Cuando padecemos ciertas enfermedades, todos los sensores del ser psíquico parecen rotos, todas las energías aniquiladas, todos los músculos relajados, el cuerpo, que es débil, se pudre con la mente. Todo esto repercute en mi ser de extraña forma y desoladora. Sigo sin entender la razón de todo esto. No me había detenido a pensarlo ni un instante como consecuencia de estos hechos extravagantes. Lo único que sé es que esa cosa no es mi abuela.

CARTA VI

Lo he visto esta vez, a través del orificio de la cerradura ¡Es abominable! Ya no usa los atuendos de mi abuela. Su esquelética forma real ha sido revelada a mis pobres ojos. Tiene alas, piernas largas que terminan en cuatro dedos, brazos simiescos, cuyas manos están condicionadas para asir cualquier objeto, pero a su vez están dotados de filosas garras. Sus colmillos, babeantes, destilan un halo siniestro y amenazador ¡Se estaba comiendo a mis padres! ¡Esto no puede estar pasando!, se los estaba devorando. Allí estaban, desmembrados, carne por todas partes, líquidos, fluidos y el ser emitiendo sonidos guturales indecibles, tragando como una bestia imparable toda cosa que caminase y a su alcance se hallase.
¿El que me ha encerrado será acaso proveniente de una especie extra dimensional? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural? Entonces las fantasías más alocadas existen. No comprendo como es concebible que desde el origen del universo no se hayan manifestado seres de esta índole desde un principio. Nunca leí nada parecido a esto que se comió a mis padres. Los terrestres no tienen la suficiente tecnología como para haber descubierto nuestro mundo, ni mucho menos son capaces de alimentarse de seres de otro planeta. Si pudiera escapar lo haría, pero no tengo salida y la ventana del ático está muy alta como para intentar un escape fortuito.

CARTA VII

Estoy en mis últimas. Desgraciadamente la anterior noche, sumergido en la calamitosa bruma espacial de Fhurjitonia, escuché algo asqueroso, procedente de la habitación principal, el lugar de instalación de esa cosa. Desinformado parcialmente de sus movimientos, creo reconocer sus reptantes pasos y lo oigo batir sus esqueléticas alas de muerte y me estremezco; es abominable, una vasta masa aglutinada de seres, mezcla de innumerables orígenes y tiempos, que no puede ser extraído racionalmente ni a fórmulas, enunciados, descripciones ni estratificaciones conceptuales meramente ortodoxas, sino con otros códigos que no poseemos ni manejamos. Como dije, ayer el apocalíptico cielo oscuro fue el momento en el que la bestia se quejaba con un aullido lastimoso al mismo tiempo que espantoso, que duró aproximadamente —no tengo mucha noción del tiempo— (parte borrosa). Luego de su inestable agonía, tal vez sentí piedad, creo que oí que devolvió con violencia estomacal una sustancia, que a juzgar por el sonido liquido en conjunto con el fragor bucal y el rumor de la inmensa fuerza con que cayó al suelo aquella sustancia, era viscosa y pegajosa. No obstante, cuando me atreví a mirar por la rendija de la puerta, hallábase el Ser Alado en deplorable estado, junto a la ventana, con los ojos entreabiertos; yacía en el piso, inerte rodeado de un líquido verde espeso, de los cuales asomaban algunos trozos de carne descompuesta y algunos huesos y costillas. Quizá su anatomía contra natura no aguanta cualquier tipo de ingesta, y cabe decir que puede no ser inmortal como creí en un principio. Aun así, está provisto de enormes fauces, con filosos y amenazantes colmillos y molares de aspecto más que imponente. Con este equipo descuartizador, fue capaz de cortar y desgarrar carne y huesos de otras especies, hasta incluso duras vertebras y cráneos de organismos adultos.
¿Qué haré ahora? Estuve meditando, mirando las paredes, y me pareció una buena idea arrancar un pedazo de K… que sobresalía de los pútridos muros del ático, aunque temo que la humedad del ambiente, carcomiendo los cimientos de esta antigua morada familiar, haya debilitado la rigidez y consistencia de mi arma. Sin embargo, creo que puedo usarla para derribar la puerta, habilidosamente cerrada; ahora que él está débil, para sorprenderlo con un ataque con todas mis fuerzas. Magullaré cada miembro de su infame cuerpo, hasta que sus gritos me llenen el alma, extasiándome de placer. Llego la hora de terminar con esto de una maldita vez.

CARTA VIII

¡Lo hice! Me he atrevido a lastimarlo, decididamente. Resulté herido en el forcejeo de la puerta —con algunas cortaduras no muy profundas y el miembro derecho completamente inutilizable— que no cedió hasta las últimas estocadas agónicas. El trozo de K… aún resistía… me ha salvado la vida. Aunque algo me llamó la atención de mi mismo. No contaba con la idea de mi propio inconmensurable vigor, ese mismo fue de una potencia anómala y maravillosa, que todas mis extensiones hormigueaban. Había puesto más presión sobre los músculos de la viscosa carne de la que podían soportar, despojándome de la funcionalidad de los mismos, hasta hoy que puedo moverlos de cierta forma.
Al dirigirme a la habitación principal cautelosamente, noté que la criatura no podía defenderse, solo miraba por la ventana recostado en el piso, el cual mostraba cantidades inefables de aquella sustancia verde viscosa repulsiva que había desagotado. El terror cósmico más malsano y macabro se abalanzó sobre mi conciencia al notar entre el maloliente y detestable  festín, el cráneo de mi madre al desnudo, machucado y casi irreconocible, que había pasado por el esófago de la bestia. Junto a la ventana: vísceras, órganos a medio digerir y huesos dispuestos en forma muy irregular, desperdigados por la habitación que la Estrella de Fhurjitonia iluminaba con su luz indescriptible. Algunas piernas, brazos y costillas descansaban al lado de la bestia, que no lograba parar de graznar del dolor, mientras se tocaba su esquelético vientre, del cual asomaba toda su fisiología, totalmente a la vista. La escena de horror y el nocivo padecer de la criatura me habían generado una impresión inexpresable e impresionante. El asco y el miedo ennegrecieron mis sentidos, y fue cuando me recobré de semejante malestar, que decidí asestarle cuatro o cinco golpes descendientes al Ser Alado recostado allí. Una segunda reflexión acudió a mi mente y fue menos reconfortante que el anterior vigor bestial que me poseía ¿Qué tal si no lo lograría? Si mis intentos resultasen fallidos ¿Y si me atacaba primero? No hubiese podido hacer nada, ¡con tan solo verlo sacaba todo tipo de conclusiones que inhibían mi convicción y firmeza!, haciéndome vacilar. Pero no podía retractarme, ¿verdad? No. No lo haría. Había llegado muy lejos para rendirme. Sin pensarlo una vez más, levanté mi arma por arriba de mi cabeza y comencé a disparar mi furia a lo largo de todo su debilitado cuerpo. Sumido en un éxtasis frenético imparable, que actuaba como un sardónico empujón de fuerzas extrañas y oscuras provenientes de mis antecesores, una raza singular hasta para mí, continuaba asestándole golpes impíos, llenos de ira. Hubieses visto como chillaba y se revolcaba de dolor, indefenso como un recién nacido.
Para mi sorpresa, el horror retomó sus manifestaciones en mi pobre espíritu, del que puede decirse ha perdido la sanidad y el sentido de la moral, tal cual los insensatos personajes de las historias contadas sobre la Tierra. Ya paladeaba en mis más raros sabores la sensación de percibir las horrorosas visiones de otro espectro; y es que en el momento en que iba a propinarle el golpe de gracia, la bestia se abolló, tapándose completamente con sus extremidades, y estalló en un grito tan agudo, que sobrepasó el nivel soportable al que uno está preparado. De todas maneras, y a pesar de mi inequívoco estado de locura, pude soportarlo, y seguí; seguí como un desquiciado, lastimándolo hasta que no pudiese siquiera emitir el más leve sonido. Cuando me detuve, pude observar con detenimiento el alcance de mis increíbles atributos musculares. El poder del impacto de mis ataques había logrado separar las partes inferiores de sus miembros y dejar magulladuras y huecos profundos en su cabeza; sobresaliendo del cerebro y escurriendo un fluido extrañamente verdoso, la masa violeta parecía desintegrase. Sus piernas y brazos estaban destruidas, no podría moverse jamás.
En las condiciones enfermizas en las que la criatura desfallecía, lo arrastré hasta el jardín trasero y lo enterré allí, a pesar de sus inexorables graznidos. Me aseguré de enterrarlo lo bastante profundo parar tapar su nauseabunda presencia.
Todo ha terminado al fin. Recogeré los restos de mis padres y los empacaré en una bolsa. Debo ser cauteloso para poder moverme libremente fuera del planeta sin que La Orden  me descubra. De ser así, me verías ensartado en un palo en un descampado.

CARTA IX

Sin cesar resuena en mis oídos su voz, todavía no se apaga. Por las noches no para de chillar, y aún puedo oírlo moverse violentamente bajo la tierra. Sus gritos logran traspasar las gruesas barreras del pardo lodo sobre su morada subterránea.
Estoy harto. Usaré la nave para cargar las bolsas, el moribundo Ser Alado y te pediré que me entregues todas las cartas que te mandé, ya que hacerlas desaparecer de este planeta será lo mejor para los dos. De más está decir que no quiero implicarte en esto. Pasaré a recoger las cartas por la mañana, así que prepáralas. También te contaré toda esta pesadilla.
Desagotaré todo en el planeta Marte. La nave no está cargada lo suficiente como para ir más lejos. A la Tierra desafortunadamente no llego y Júpiter está fuera de toda posibilidad o tentativa de acercarse siquiera a su órbita, siendo de cualidades muy tormentosas e inestables para acercar la nave.


El intenso escepticismo que reina estos tiempos posiblemente descarte toda veracidad contenida en esta horrenda, espeluznante y traumática historia que cuentan estas cartas, ocurrida en las encrespadas y tumultuosas barreras de hierba y enmarañados caminos de graba que sondean el desconocido territorio de Fhurjitonia.
Como verán, me encuentro en una de las numerosas bases blindadas del este. Todas estas revelaciones me tienen muy enfermo, como los sonidos demoníacos del monstruo arrojado a estas tierras, que emite en la oscuridad glacial que subyace en el universo. El extraño y luminoso fulgor de la Estrella de Fhurjitonia puebla mis intransigentes sueños  y como puedo verlo con claridad —ahora que sé que existe— desde aquí, contemplo como ilumina el sitio donde la bestia descansa sin más, como incitándome a socorrerlo. Ir hasta ese lugar, ni pensarlo, por lo menos no hasta que tenga la certeza de que está muerto.
Los estudios que he realizado para decodificar el lenguaje de las cartas me han transformado en un loco. Así como no puedo precisar el origen de dicho sistema de signos, tampoco puedo concebir en mi imaginación la forma y esencia del agresor de Fhurjitonia, cuya existencia no es menos terrible que la del trauma esquelético, y que en estos manuscritos cuenta la historia más espectral de todas, ya sea por su intolerable realismo como por lo terrible de la naturaleza de los hechos.
Tampoco había yo de saber sobre unos textos que hallé en la biblioteca de una cuidad poco poblada, de la cual no recuerdo el nombre, del distrito de Maine, Estados Unidos. Me topé al fondo, en las estanterías más viejas, con unos diccionarios de lenguas extraterrestres: uno de ellos pertenecía al habla de los nativos de Fhurjitonia, un planeta del que nunca había oído antes de la llegada de las cartas y no fue amena la sensación de espanto que me escarmentó al contemplar la portada. El tomo estaba dividido en dos columnas al estilo bíblico, como los empolvados tomos de John Wyclif. Las amarillentas y desgastadas páginas demostraban la antigüedad del libro, por lo que me pregunté por cuanto tiempo había sido escondido en semejante lugar fantasmagórico. Del empleado de la biblioteca nada podía decirse, ni menos sacar cualquier tipo de conclusiones que refutaran su procedencia, idioma y edad, ni especificar si estaba sano o totalmente loco; pero lo que era seguro, era que no tenía idea de lo que aquel lugar ocultaba de los ojos de los mortales, en esas paredes húmedas y estanterías de madera carcomida por las termitas y el paso del tiempo.
Las imágenes del diccionario contenían cosas irreproducibles. Una de ellas era una esfera incandescente de un color extravagante, aparentemente una estrella, que según el párrafo que la describía era la Estrella de Fhurjitonia, que solo podía avistarse en el este de dicho planeta, y si la alineación de otras tierras lo hiciera posible, desde el este de Marte también, como yo lo hice. El brillo y la vivaz hermosura de esta bola luminosa resplandeciente podían cautivar a los corazones más salvajes y desenfundar los sentimientos más profundos de la esencia. Esta estrella es la que con tanto entusiasmo contemplaba el Ser Alado desde los deteriorados marcos de las ventanas, en una mansión majestuosamente erguida en el regazo de los desconocidos prados de Fhurjitonia, cuyos cielos encumbrados invitaban a los curiosos viajantes a adentrarse en las tierras oscilantes de un mundo perdido. En lo que a mis hipótesis se refiere, he llegado al punto sin retorno. No tengo claro aún el motivo por el cual el Ser Alado irrumpió en la pacifica morada de una familia extraterrestre haciéndose pasar por un integrante para comérselos. Es de esperarse de todos modos, debido a lo trillado de la historia que se me presentó de improvisto.
Muchas otras imágenes del diccionario perturbaron mis visiones nocturnas, como las columnas marmóreas infinitas de las comarcas isleñas de Sona-Nyl o los pisos de cristal en los que asomaban las criaturas más maravillosas de los templos subacuáticos de Mharitonia. Otras ciudades increíbles, algunas sin nombre, distaban por mucho de cualquier interpretación posible, como la oscura Cueva de Ghjit, donde se hallaba un extraño manuscrito impreso en una lengua que superaba en antigüedad a la usada por los fhurjitonianos; con descripciones inentendibles, conceptos que es mejor no mencionar. Por más ardua que fuese mi pesquisa, no logré dar con la información sobre la criatura esquelética surgida de abismos improcedentes. El autor de este tomo es anónimo; tanta es mi incertidumbre que no puedo precisar si era o es humano, o si haya existido siquiera.
Se supone que el planeta donde viven los fhurjitonianos y otras formas de vida se encuentra dentro de nuestro sistema solar, a pesar de no poder ser avistado a simple vista con telescopios ordinarios. Los organismos allí presentes subsistieron millones de años sin que pudiésemos notar su estadía en absoluto. Incierto es si los humanos llegaremos a descubrir este lugar inverosímil, pero no me es indiferente. En mi opinión, no convendría siquiera comenzar a investigar en el caso; en la ignorancia las vidas de los hombres se conservan mejor a lo largo del tiempo y nos permite morir en paz.
Todavía no me he atrevido a darle el golpe final al Ser Alado que agoniza a unos pocos metros de esta base. Necesito refuerzos. Es una situación de urgencia. Me son desconocidos los efectos hasta donde pueden llegar las facultades de esa entidad amorfa al enfrentarse a un simple mortal.

29 de octubre de 2025:

Cada vez escucho sus graznidos más cerca, incluso hasta hoy hace un par de horas, cuando descansaba mi mano de tanto escribir, que los aullidos cesaron para dar lugar a un rumor reptante, como si intentara acercarse a la base a rastras, debatiendo sus brazos destrozados y piernas desmembradas contra la tierra, intentando moverse a empujones de la cabeza, los filosos colmillos y sus contorsionados movimientos de columna. Al final mis temores se cumplieron. Pude vislumbrar, a través del vidrio de doble capa, que la criatura, con sus extremidades mutiladas, trepaba a lo alto de la base, mientras clavaba sus dientes en el acero blindado, y con bruscos movimientos corporales lograba ascender la empinada pendiente metálica no sin aullar de dolor, puesto que su boca recibía todo el peso del cuerpo. No dejaba de sorprenderme su increíble fuerza. No se trataba de agilidad, es más, era bastante lento a causa de sus desgastadas articulaciones, pero su fuerza era inmensa, y más aún la de su mandíbula. Así  había logrado descuartizar a los padres del fhurjitoniano con tanta facilidad; era su boca su más clara fortaleza.
Me asomé siguiendo su figura para dar con la terraza. La bestia había arribado a lo más alto y miraba detenidamente, con sus brazos destrozados estirados por completo hacia el cielo, en un trance hipnótico de locura y desesperación. En ese instante el cielo estaba más claro que de costumbre y el trauma esquelético, moribundo, fijaba sus ojos inyectados en verde en una bola gigante; fue en ese momento que entendí. Lo que vislumbraba con tanta intensidad era la Estrella de Fhurjitonia, que con deleznable fulgor emitía chispas lumínicas que extasiaban los sentidos. Pude verla. Recuerdo que sentí como si mi abuela me cantara una canción de cuna… la dulce voz de mi abuela. Rememoré mis años pasados, de niño. Los tiernos recuerdos de la infancia, los juegos, la inocencia, la felicidad; de todos ellos, el de mi abuela era el más vivo. Su rostro, sus  suaves manos y su piedad me transportaban a un mundo de sosiego, que solo fue interrumpido por una difusa conciencia de tiempo y espacio. Y el aullido, el Ser Alado había proferido un exasperado aullido que me sacó de órbita, borrando mis visiones y mi paz interior. El grito más incólume que había emitido la bestia ¡Ay! Era insoportable:

—AAAAAHHHHRRRGGGHHH!!!

 Gritaba… pero no estaba solo. En sus fauces abiertas gritaban miles de seres; unas cuantas de ellas eran de mujeres, niños y hombres humanos. Casi no pude sopórtalo y estuve a punto de desvanecerme, pero me sobrepuse y presencie el terrible desenlace. Al estremecerme de terror, vi como vacilaba en el borde y caía de cabeza al suelo rocoso, resonando con un impacto atronador.
Allí estaba; no respondía ¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso podía desvanecerse algo tan innatural? No quiero conjeturar en vano.
            Será mejor que se deshagan del cuerpo. Ni bien terminen de leer esto, quémenlo con las cartas, la base y las bolsas. Nadie debe saberlo. Yo ya he decidido acabar con mi vida.