22 de noviembre de 2017

Absurdo y bizarro

Para hablar de lo bizarro es necesario diferenciarlo de otro término: el absurdo. Durante años o décadas, absurdo y bizarro, en el dominio popular, son palabras que remiten a lo mismo , o por lo menos, contenidos y representaciones que mantienen una relación muy estrecha, casi difícil de separar. Pero nos encontramos con que poseen dos naturalezas discordantes.

El absurdo podría clasificarse dentro del dominio de lo extravagante, lo que carece de sentido. El hombre realiza las tareas cotidianas como leer, interpretar, comunicarse, etc, y lo hace siguiendo determinados patrones aceptados y mancomunados. La puesta en práctica de estos patrones hacen a la tradición y la cultura; identifica a una masa de sujetos en identidades globales e individuales y les proporciona un sentido de pertenencia. De estas nociones no escapamos de la sociología, la principal disciplina que estudia el comportamiento humano y sus actitudes comunes. El cine, la literatura, el arte, y otras formas de expresión están repletas de metodologías y tradiciones de la producción. En el cine existen una serie de técnicas para generar suspenso entre tomas, un ángulo centrado o un escaneo general de la escena pueden generar sensaciones desde intriga, suspenso, hasta llana incertidumbre. El manejo de los diálogos es tan importante como los silencios. En una escena de un asesinato, un silencio dramático potencia la reacción del público ante la brutal acción. El espectador logra tomar consciencia de la violencia y su poder para terminar con la vida. Ante sus ojos, la vida de un sujeto normal se extingue lentamente, y las últimas palabras del moribundo cobran un nuevo sentido e importancia. Estar atento para escucharlas cambia la actitud del espectador y transforma a los personajes. En la literatura ocurre lo mismo. Los expertos en el tema saben que, por ejemplo, la descripción de un lecho mortuorio antes de que se nos revele quien es el muerto que mora dentro mantendrá en vilo al lector. Esta descripción se puede hacer exhaustiva y prolongarse hasta lo ridículo, como ocurre en el realismo decimonónico de Flauvert o Balzac. El lector podría perder la paciencia y leer de forma cruzada hasta tocar alguna palabra clave que lo saque de su intriga. Pero el escritor ha triunfado de todas formas. Es dueño de su atención.

Las técnicas, algunas de ellas, que he mencionado anteriormente son bien conocidas por el público consumidor y son el objetivo de muchos artistas en proceso. Lo que destaca el absurdo del resto de los géneros, es principalmente que no integra técnica. Para que un hecho artístico sea absurdo, debe quedarse por fuera de lo conocido. Puede rodearlo, pero nunca tocarlo. El absurdo se conforma de los vacios de sentido que producen las técnicas de los géneros artísticos masivos. Donde no se identifican los patrones de producción culturales y el receptor queda confundido. La mente necesita de “asideros” materiales para comprender una trama o llevarla a este templo sagrado que llamamos lo “lógico” y lo “que tiene sentido”. Si nuestra actriz protagónica está sola en una casa heredada por los ancestros, las luces se apagan, y el teléfono suena, los patrones cinematográficos nos señalan el acecho de algún fantasma, ser sobrenatural o asesino serial sitiando la entrada de la ventana más próxima. Son señales que los espectadores conocen de antemano cuando se acercan al género, y están dispuestos a alardear que saben lo que va a ocurrir. ¿Qué pasa, en cambio, con el espectador del absurdo? Pues nunca está seguro de lo que va a ocurrir. Un diálogo absurdo entre dos personajes se caracteriza por no tener un punto de partida ni llegada. Las preguntas y las respuestas se suceden sin ningún orden ni motivo. Se parece más a una charla casual entre dos personas distraídas u ocupadas en otra tarea más demandante. Se advierte el “hablar por hablar”. Y el humor absurdo toma esta falta de partida y llegada como el elemento humorístico. Lo que causa gracia es que los personajes no comprendan del todo lo que están hablando, aunque están también sometidos a las constantes elipsis que ocurren en cualquier intercambio oral entre dos interlocutores.


Ejemplo del programa Chachacha, episodio “Batman - Robin se busca”:


Diálogo entre psicóloga y Batman (interpretado por Alfredo Casero), minuto 4:55:


Batman: Alfred muere cuando se cae de un ascensor.


Psicóloga: ¿Quien es Alfred?


Batman:  Alfred fue mayordomo nuestro años y años y años. Cuando esto (se señala la máscara) era de cuero, no de goma. ¿Entiende?


Psicóloga: No…


En esta escena, Casero hace caso omiso de la respuesta de la psicóloga. Ante el espectáculo del absurdo no importa si uno de los interlocutores no llega a completar el sentido de lo dicho;  la conversación continúa y el malentendido queda enterrado.  Los silencios, las elipsis de sentido, y los diálogos acartonados y sin gracia parecen fluir como un patrón distinguible del absurdo, y a su vez lo definen y limitan. La tradición de la producción absurda es la falta de sentido y de técnica, ya que propone una base casi infinita de posibilidades por fuera del yugo artístico del orden y la predictibilidad.

Entonces si hay una forma de crear sin patrones ni técnicas, el creador está ahora en su total libertad de realizar el producto que mejor le parezca adecuado para generar las reacciones deseadas sobre el  espectador. Cuando lo absurdo es una opción, el creador se plantea qué situaciones calificarían de absurdas e inyecta una mirada más inocente y despolitizada sobre todos los objetos artísticos. Una simple mesa podría dotarse de vida y ponerla a participar dialógicamente con un hombre. Supongamos que se trata de una película de suspenso, y tenemos tres escenas principales en donde un hombre mantiene una charla ligeramente amistosa con una mesa de roble barnizada. Sabemos que la mesa no está dotada de una boca, ni cuerdas vocales, ni capacidad intelectiva para emitir sonidos o lenguaje, pero este hombre le habla. Al principio solo parece un loco hablando consigo mismo, pero al final de esta primer escena el hombre le dice algo a la mesa y espera una respuesta ansioso. La mesa, naturalmente, no le responde. Le devuelve toda su inanimada existencia y su silencio es interpretado como una ofensa. El hombre se enfada y patea la mesa. En la segunda escena, el hombre vuelve y se encuentra, para su sorpresa, una escopeta amarrada a la pata derecha, apuntando hacia la silla del hombre, y en la punta al otro extremo un cartel pegado con cinta que reza: “No me gusta que me pateen”. El hombre toma furioso el cartel y lo troza en mil pedazos. Continúa hablándole enfadado y justifica su pasada ofensa: “Vos no me escuchas cuando te hablo”. En estos mismos momentos estamos presenciando lo bizarro. ¿Qué es lo bizarro? Para ponerle un nombre un poco más sofisticado, digamos que es un “absurdo orgánico”, es decir, cuando una situación absurda comienza a cobrar vida y a sistematizarse como si formara parte activa de la realidad. El bizarro es un absurdo incomprensible a simple vista, pero vive, se alimenta de las escenas, genera su propio patrón de producción, come y defeca sus propias heces: se vuelve un animal exótico, que exige la máxima atención e interpretación simbólica del espectador. En la cultura gamer nos encontramos con el ejemplo perfecto para lo bizarro. Silent Hill es una famosa serie de videojuegos, desarrollados por la empresa japonesa Konami a principios de 1998 y que continuó hasta pasado el 2010, con una gran variedad de títulos. Los tres primeros, desarrollados entre 1998 y 2003, para las consolas PlayStation 1 y PlayStation 2, traen un rico contenido bizarro, mezclado con el terror de típico corte japonés. La segunda entrega narra la historia de James Sunderland, quien recibe una carta de su esposa muerta, Mary, contándole que lo espera en su “lugar especial” (Silent Hill). Ante la sospechosa misiva, James se sube a su coche y decide volver al pueblo. ¿Lo absurdo de la situación? Una esposa muerta no puede escribir cartas. Al principio se abren varias hipótesis sobre el autor de la carta, luego conforme avanza el juego, lo sobrenatural, la aparición de deformidades antropomorfas y los ruidos sugieren que el pueblo no está completamente abandonado. De hecho, James se topa con algunas personas. Ángela Orosco es una joven que acude a buscar a su madre. James la encuentra en el cementerio. El diálogo que mantienen tiene un obvio corte absurdo, y es una marca actualmente distintiva del juego, ya que se repite a lo largo de la mayoría de las entregas. Luego, en el hotel, aparece Eddie. En el cuarto hay un regadero de sangre y lo que parecería ser una escena de homicidio. Eddie vomita en el baño. Cuando James se le acerca, Eddie inmediatamente se justifica “le juro que yo no lo hice”. James parece sorprendido y otra vez esta primera confesión parece quedar enterrada para seguir con preguntas sin ningún sentido.

¿Pero en dónde aparece lo bizarro en Silent Hill? Esta es una pregunta un poco más difícil de responder. Para empezar, es un pulso latente durante todo el juego. El absurdo orgánico va cobrando vida lentamente. Los guiños son muy sutiles, y cuando uno se percata ya está inmerso en el vapor del terror. ¿Cuándo cobra vida por primera vez el absurdo orgánico en SH? Primero están los ruidos de fondo. Durante el interminable descenso de tierra hacia el Lago Toluca se percibe un escalofriante reptar detrás de los árboles. No se trata de alguna criatura que luego aparecerá de repente, sino que es solo un sonido que prepara la escena. El jugador no ve a la criatura reptante, solo puede oírla e imaginársela, comprometiendo su sensibilidad. En este momento ya se puede diferenciar al jugador sensible del cotidiano; quien capte la mayor cantidad de guiños y sonidos de fondo es el que obtendrá la experiencia máxima del escenario. Al final del camino, el ruido termina. Más adelante, la aparición de las criaturas, envueltas en un ropaje ensangrentado, que aparentan una forma femenina a juzgar por las piernas desnudas y las botas. Todo indica que se trata de una típica vestimenta de las trabajadoras sexuales de cabaret. Las medias ajustadas y el chaleco que se recorta contra las formas femeninas; los pares de piernas invertidas; el adefesio enmantado en las sabanas de Ángela Orosco; todas estas figuras sugieren una inspiración sexual y simbólica de la muerte y el deseo. Símbolos orientales del eros y thanatos griego (“fuerza del amor” y “fuerza de la muerte” respectivamente) que confluyen en los escenarios oscuros y silenciosos, arrastrándose como pequeñas partículas de inconsciencia detrás de algún arbusto o pasillo.

No son pocos los jugadores que realzan los efectos de sonido al nivel de los indiscutibles puntos de fortaleza de la serie. Akira Yamaoka, compositor del soundtrack hasta la entrega “Homecoming” inclusive, es un artista talentoso. En una entrevista exclusiva para el Team Silent, el compositor declara: “Para Silent hill intenté crear sonidos que sorprendan, algo que desafíe la imaginación”. Por aquel momento, hablamos de comienzos del nuevo milenio, el survival horror japonés se disputaba entre Capcom y Konami, por lo que Yamaoka dice apartarse de la tradición sonora de Resident Evil, un poco como una crítica a “sonidos que todos estamos acostumbrados a escuchar”, en palabras suyas, y a su vez como punto de partida para la creación de algo innovador o fuera de la norma. Yamaoka parece estar seguro de sus logros. No duda en incluir sonidos que causen algún malestar o sentimiento de incomodidad. En una de las habitaciones del complejo de departamentos, donde James se encuentra a Eddie, podemos escuchar a un hombre vomitar en el baño contiguo. En la cocina hay un cadáver, un regadero de sangre, una situación típica de asesinato, y de fondo el regurgitar de entrañas y el fluir de una catarata de fluidos gástricos sobre la cerámica del inodoro.


Yamaoka: “El trabajo de un diseñador no es tan solo crear sonidos para que el juego hable, sino también saber cuándo utilizar los silencios”.

15 de mayo de 2017

Sobre pantanos y monumentos

Camino por la calle Ramón Carrillo. Todo luce igual que antes. Las paredes grises, el ladrillo colorado, ahora desgastado por las lluvias, y la señora de en frente, la chusma obstinada de barrio. El hedor a emanaciones de caño de escape del 87, el asfalto podrido. Todo igual. Uno podría sentarse en esas escaleras de mármol que bajan desde el edificio de ladrillo, y revivir un día entero de la infancia. El micro 4, José, los compañeros de viaje, esos veinte minutos dedicados a las tolas de Digimon sobre un piso áspero. Esos viajes eran anacrónicos, como transcurre el tiempo de un niño. Los minutos se congelan en una eternidad circular, un goce que echa atrás una incipiente razón de vivir, una existencia responsable. Se respira más lento, se disfruta más largo y se sufre más nítido. De los viajes en micro apenas recuerdo gran cosa, pero retengo la sensación, la ansiedad y la alegría final de llegar a casa. Cada día de semana estaba mi madre parada en la escalera de mármol, esperando mi llegada. Lo estoy visualizando ahora. Observo mi propio descenso torpe por las escalinatas del vehículo, y escucho a José vociferando obscenidades con pretensiones humorísticas (no recuerdo si hacían reír de verdad a alguien). Lo importante es que puedo verme, pero no sentirme. O más bien no puedo ejercitar la memoria en ese plano. Es allí donde se escapa el recuerdo: donde no puede revivirse el goce y es suplantado por una nostalgia acartonada. Es por eso que vuelvo una y otra vez, porque busco ese goce perdido, goce infantil. 

¿Qué tonto, no? Como si aquellas paredes grises retuvieran un poco  de ese inmenso tesoro del pasado. Pero no es así, ¿o no? Todo está en nuestra cabeza, se gesta y se muere aquí, semillero y tumba. Y entonces en nuestras mentes edificamos sobre las ruinas de los antiguos sueños, erigimos nuevos y novedosos edificios de honradez y responsabilidad, férreos estandartes monolíticos de madurez y eficiencia, homenajes a la ética y la didáctica y columnas de granito que sostienen la imagen imperturbable del burgués medio. Pero extrañamente nada de esto nos consuela, y volvemos a acudir al entierro de deseos pueriles, llorando desconsoladamente ante el epitafio. Queremos sentarnos sobre él y probar a ver que nos transmite.

Podría pasar horas sentado en esa escalera de mármol, degustando los olores y fragancias de primavera que me recuerdan los bagajes por el patio, el pan tostado de mi madre por la mañana y los tiernos pero insistentes llamados a la mesa por las noches. ¿Cómo es que estos momentos están tan cerca y tan lejos a la vez? Visibles en la memoria, irreconocibles en el alma. Es como si nos hubiesen robado; se siente uno igual de desahuciado. No se trata de algún reloj de pulsera o un lápiz, 200 pesos faltantes en la billetera, es un robo colosal, imperdonable.

Y así sigo sentado en esas escaleras de mármol, esperando que vuelvan del olvido las tardes de verano, el entusiasmo, las horas congeladas y los acostumbrados shows de los 90’. Pero sé que allí solo puedo esperar que caiga la noche y el epitafio se enfríe, se cubra de polvo. Es una larga e inútil espera por el frió y el olvido. La tierra se hunde y se empantana con el agua de los ríos que no paran de correr. ¡Y quedarse sentado sería hundirse con el barro de aquellos restos!


23 de abril de 2017

Sin título

Daniel caminaba por la avenida principal. El calor fundía las calles del barrio, derritiendo el cemento y mezclándose con la transpiración humana de miles de obreros. El día había sido agotador y sus brazos y piernas le dolían. Le rechinaban como una mescladora de cemento y la espalda gritaba con punzadas de dolor que subían y bajaban por el cuello, hasta llegar a la cabeza. Atravesó el almacén de Doña Elisa y se le hizo un nudo en la garganta al recordar a su madre.

-¿Cómo está su madre?

Daniel no había escuchado. Se quedó mirando el piso unos momentos. Al instante salió de su trance.

-Perdón, ¿qué decía?

-Su madre, ¿cómo está? ¿Mejor?

-Sigue igual –fue la respuesta seca. Las palabras volaron a través del aire y se perdieron un sinsentido. Se repetían en el vacio de la tarde de verano y el sol derretía su significado.
Compró dos bidones de agua y se dirigió a la casa.

Entró y dejo los bidones sobre la mesa. El ambiente estaba cargado. Hacia dos días que estaban sin luz y su madre se quejaba de las piernas. Las últimas noches, un sufrimiento eterno. Elsa se levantaba a la madrugada para ir al baño y tropezaba con algún mueble, cayendo al piso. Daniel salía precipitado al oir el golpe seco de los huesos contra la baldosa. Así durante una semana o más, y luego era difícil reconciliar el sueño.
Se detuvo ante la puerta del baño. Escucho unos estertores seguidos de una tos.

-Mama, ¿Estás bien?

No recibió respuesta. Un murmullo sordo atravesó la casa de pared a pared.

-¡Ay, Daniel! ¿Por qué a mí? ¡Ay!

Daniel abrió la puerta y se encontró a su madre aferrada al inodoro como una garrapata. Un líquido espeso y marrón corría por su boca, goteaba por el cuello y se prolongaba en viscosas hilos hasta el fondo del charco. Su mirada estaba clavada en la pared celeste de los azulejos. Daniel la ayudo a levantarse y juntos se dirigieron a la cama.

-Te traje agua, ma.

-¿Qué?

-Te traje agüita, ma. Tomá un cacho por lo menos.

Elsa cerró los ojos. Un último movimiento estomacal amago con vomitar sobre sus piernas inválidas, pero logró frenarse a tiempo, y tragó.

-Quedate acá, no te muevas. Avisame.

El calor invadía la casa, penetraba el yeso y los techos de chapa. Se inmiscuía como una fiebre orgánica, volcándose sobre los espíritus de la gente pobre. Daniel se sentó y se sirvió un vaso con agua. No aguantaba más. Hacía semanas que no pegaba un ojo. El estomago se le revolvía y la cabeza le daba vueltas. En ese momento sonó el timbre.
Un hombre bajito y moreno estaba al frente de la puerta. De a ratos lanzaba una mirada curiosa hacia un niño que jugaba en la casa contigua. Daniel se levantó como si llevara un bloque de plomo en la espalda. Abrió la puerta.

-Hola, Daniel. Vine a traerte un poco de arroz. Para que coma tu mama. Nosotros tenemos, no te preocupes. El hombre moreno extendió su mano con una bolsa de arroz. En su cara se adivinaba una súplica impotente.

Daniel tomo la bolsa y dio las gracias inexpresivamente.

-Dany, la Fer y yo pensamos que podíamos venir a la noche a cuidar a Doña Elsa, así dormis vos también. No se te ve bien.

-Está bien, yo puedo. Cualquier cosa te aviso.

El hombre quiso acotar algo pero Daniel no le dio tiempo y dio un portazo.

Al fondo en la habitación se escucho un quejido agudo.

“Daniel, por favor ¡Decile que se vaya! ¡Daniel! ¡Por favor!”

Se sintió devastado. Quiso agarrar la pistola del abuelo, cargarla y matarse. Lo había pensado un par de veces. De tanto repetirlo en su mente la idea había cobrado validez. Se dio media vuelta y se sentó frente a la mesa.

En la habitación seguían los quejidos. Luego escucho pasos sobre la grava de la entrada. Se detuvo. Un silencio que pudo haber durado años. Afuera, el sol caldeaba el aire, formando nubes de vapor ascendente que daban una ilusión de espejismo. Daniel se sintió como en otro lugar. Su madre se seguía quejando del dolor de piernas. Ahora gritaba que la dejara en paz, que no tenía nada para ofrecer. Pero nunca escuchaba. Era como hablarle a la pared. Habían intentado todo. Remedios caseros, ungüentos de romero y ajenjo, lociones de eucalipto, nebulizaciones. El cardiólogo les recomendó tinta china. Uno hasta se atrevió a sugerir la medicina alternativa (esto lo dijo con desdén). Curanderos, gitanas, enfermeras, las madres del barrio, todos pasaron por la habitación de Doña Elsa, solo para verla agonizar. Ahora sus piernas estaban totalmente inutilizadas.


…..


Daniel se quedo dormido. Soñó con una alfombra gigante en un desierto de arena. No sabía bien donde estaba, podía ser el Sahara, África o un lugar caluroso. El sol derretía la vista, se comía las tripas de los vacas muertas, los intestinos se pudrían al vaho solar y emitían una pestilencia animal. La carne se la comía el vapor, llegaba hasta los huesos. La sangre hervía en sus sienes. Gruesas gotas de sudor bajaban hasta la comisura de sus labios, que se enjugaban con ese sabor salado de los fluidos del cuerpo. Tenía una sensación de peligro, un dolor punzante en la boca del estomago. Una alfombra de pelos con gusanos volaba por un cielo rojo. Deglutía los sueños y las ganas de vivir. Se comió las piernas de su madre, y ahora se comería el estomago de Daniel. Despertó y súbitamente sintió ganas de vomitar. Fue corriendo hasta el baño y expulso el vaso de agua con los fideos del almuerzo. La alfombra agusanada reaparecía ante sus ojos.

¡Rajá de acá, no te debo nada yo! ¡Que más queres!

En la habitación la madre de Daniel se había dormido. Un olor nauseabundo invadió la casa. Pasaron varios minutos en un silencio eterno. Daniel miro al techo y pudo ver una macha en forma de rostro. Era el rostro de su madre, pero negruzco y marchito

El rostro le suplico la vida. Que le de amor, que le  una hora más en este mundo. Que las piernas eran de ella, que no dejera que se las lleven. Se incorporo y fue caminando lentamente hacia la habitación.


…..


“Ay, diosito santo, ayudame, ay diosito ¿Donde está la Fer? ¿Daniel? ¿Sos vos?”

Murmullos dentro de las paredes…

Un portazo a lo lejos. Un gato muerto en la zanja. A la derecha, un niño jugando a la pelota. En la avenida principal, Doña Elisa mirando como Nacho, su hijo de cuatro años, le pegaba a un perro en el hocico hasta desmayarlo. El niño mira a la madre con una sonrisa maliciosa. La madre lo llama a cenar.

Murmullos atraviesan la avenida. Terminan en la casa de Daniel. Nadie entendía porque Daniel, porque Doña Elsa. La mujer de 60 años cocinaba para el barrio, cuidaba a los nietos de sus amigas y trabajaba duro. Daniel trabajaba todo el día. Volvía de la fabrica y veía televisión hasta desfallecer sobre el sillón. Tenía 28 años y parecía un viejo. Se vestía como viejo. Se enfermaba como viejo. Caminaba como viejo y era triste, triste como su abuelo. El abuelo también se había muerto inválido. El bisabuelo había fallecido de sobredosis.

Eran las 4 de la mañana y Daniel se despertó con un grito de su madre.

¡Daniel, sacalo de aca, por favor! Daniel! ¿Estas? ¡Daniel! ¡Veni!


Se levanto y fue rápidamente hacia la habitación. La mujer se retorcía con las dos manos sobre el vientre. Se balanceo unos segundos. Sus ojos se pusieron en blanco. La noche moría y el sol volvía a calentar las derretidas calles de cemento y barro. Luego un silencio de unos minutos. El cuerpo de Doña Elsa yacía inmóvil sobre la cama. Daniel la contemplaba ausente. Un murmullo y unos pasos sonaron en la habitación, y siguieron por la grava de la entrada, hasta desembocar en la avenida principal, donde se perdió para siempre. Afuera, el niño de la señora Elisa gritaba a voz en pecho que había matado una paloma. Orgullosamente levantaba el trofeo de las patas, mientras ejecutaba una danza frenética sobre el barro.

3 de junio de 2016

Volver a escribir

Me llevó mucho tiempo formarme una idea fija sobre la realidad. Desde la niñez he absorbido información del exterior y la he utilizado para mis fines y consideraciones del mundo. Me formé en base a los shows televisivos de los 90’ y las concepciones de mis padres de que es lo correcto, los modales y las formas a mantener. Pasaba el tiempo en soledad, agitando y revoleando mis juguetes, mis figuras de Dragon Ball y mis muñecos sin brazos. Imaginaba universos fuera de la vida aburrida y monótona de la que formaba parte. Despegaba de este suelo gris y aterrizaba en una fuente colorida de hermoso dorado, viajaba por las estrellas hacia un planeta de cielo rojo, dominado por el trueno, donde los dioses se agitaban por conquistar tierras con sus superpoderes. Evitaba el contacto excesivo con cualquier persona, era parco y no me gustaba que me preguntaran. Dibujaba mucho, especialmente reproduciendo lo que veía en la televisión. Esa era mi afición, era sagrada, nadie podía molestarme cuando dibujaba. Pensaba y reinventaba a la gente, reformulaba sus actitudes, pretendía entenderla cuando en realidad apenas conocía sus principales motivaciones. En mis visiones, hombres y mujeres compartían un cuento en común, se ayudaban mutuamente en pos del bienestar general, se amaban y se buscaban.

Fui creciendo, y la escuela me fue introduciendo de a poco en el ámbito académico de los textos críticos. Compartí mis días de pubertad junto a mis compañeros del colegio y fui aprendiendo a socializar. Esta parte fue la más difícil; en general chocaba con mis colegas, no era respetado, y cuando me hacía respetar era siempre a base de amenazas de ejercer la violencia o burlas sin sentido. Me fui adaptando a este camino tan particular de relacionarse con los demás, me volví más agresivo y contestatario. Fui dejando atrás la imagen de conjugación perfecta que era el ser humano. La tristeza comenzó a gestarse en mi pecho, luego se desperdigó por todo mi cuerpo, hasta llegar a mis ojos, que sangraban desamparo. En ese momento me enamoré por primera vez, solo para experimentar una enorme frustración posterior, y la terrible consciencia de que todo gira en torno a esta madre social de todos los males del nuevo siglo. Comprendí que los libros, la imagen engañosa de las promesas, los sueños y las aspiraciones estaban en pugna constante con la sociedad. Fui obligado toda mi niñez, mi adolescencia y juventud a sentarme al lado de mi prójimo, sin dirigirle la palabra por horas. Fui arrastrado a guiarme por mis propios medios y olvidar el trabajo en equipo. Evocaba aquellos días coloridos de la niñez en el patio largo del departamento de la calle Ramón Carrillo. Intentaba recuperar algún sentimiento, un pesar, una sensación, algún aroma, que me llevara de vuelta a ese paralelo distante entre las dimensiones. Soporté horribles ignominias, lloré y pataleé, haciendo un esfuerzo por comprender que guiaba el motivo despiadado de mis detractores. Y en esta lucha diaria encontré en los libros un refugio de mi infancia perdida; un producto pasajero que me permitió revivir viejas experiencias en el paralelo distante. Me empapé de conocimientos desde la primera hasta la última etapa de mi adolescencia. En algunos casos desobedecí la autoridad, en otros, simplemente me permití dudar de sus imposiciones. Allí comencé un itinerario que todavía recorro hasta la actualidad. Entonces la duda se antepuso a mis pensamientos e ideas. La duda tal cual la entiende el filósofo René Descartes: una duda metódica. Me permito dudar de todo lo que me dicen. Todo lo dicho por la gente lo sometía a un juicio estricto. Comencé a identificar en los diálogos ajenos todos los elementos que tienen su propia procedencia y repetición. Advertí un “logos mimético” que operaba en boca de los trabajadores, civiles, transeúntes, etc. Entendí, tristemente, la naturaleza caprichosa de las sentencias sociales. Comprendí la necesidad de los libros y la convicción personal para vivir tranquilo. Por aquel entonces no sabía que me equivocaba, pero era lo que impulsaba mi vida después de todos mis fracasos amorosos y amistosos. Me aferré tan tenazmente a los libros, la ficción, que me evadí casi completamente de la realidad, sin dejar de asistir a los hechos socializantes gracias a la escuela y otros eventos. Engullí gran cantidad de novelas y antologías de cuentos. Seguí leyendo filosofía, conocí al ácido Nietzsche, y probé un poco de su crítica hacia la antigüedad. Mi tío me presento al poeta oscuro, Edgar Allan Poe. De él aprendí la importancia de lo furtivo, la imperiosidad de una ciencia que desvele y estructure los conocimientos que se escapan de la luz del día; saqué de sus cuentos un conocimiento más lúcido y transparente de la condición humana; sobrelleve como pude sus revelaciones de desesperanza. Por naturaleza, mis cavilaciones tendieron a construirse una certeza comparativa. Descubrí las amargas consecuencias de comparar mis pensamientos pasados con los actuales, y haciéndome el desentendido, a veces solo quería volver el tiempo atrás y hacer a un lado lo aprendido. Había perdido la fe en la humanidad. Había ollado por primera vez el templo donde mora el Dios burlón. Aquel ser de toga griega, laureado e impoluto, se reía de mí. Desamparado e indefenso, me tendí a sus pies, y grité: “¿Qué querés de mí?”. No recibí respuesta, en cambio, un silencio antiguo, de más de mil años, serpenteó a través del templo, haciendo eco en las altas columnas de mármol, agrietando los suelos blancos, de donde se escapa un olor fétido a humedad y manuales viejos. Y así quedé, solo, tirado allí en aquel templo, sin rumbo. Me levanté y seguí como pude.


Durante los primeros años de mi juventud, busqué sin cesar el placer en lo mundano, intenté adaptarme al resto con más ahínco que en mi adolescencia. Por supuesto estaba destinado a fracasar. Continué con mi anterior filosofía y no reparé en las fórmulas impuestas. Entrando en los veinte, caí en la cuenta de que mis creencias sobre los libros no superaban el plano de lo discursivo, que en la realidad no podía aplicarlos, que venía sosteniendo un papel que me era ajeno. Me destruyó saber que me había mentido por tanto tiempo, que no podía hacerme a un lado del bullicio de las gentes y pretender estar bien. Desestimé muchos antiguos ideales, y los fui reemplazando lenta y dolorosamente por estimaciones más arraigadas en el colectivo social. Este reemplazo tan drástico solo pudo darse progresivamente, porque desterrar una idea que había echado tan fuertes raíces en la cabeza, no es para nada fácil. Entrando en los veintidós, aquel dolor había pasado. Estaba en posesión de nuevas formulaciones. El papel de la duda metódica de Descartes, instalada durante mi paso por la escuela, se había ganado su merecido lugar y ahora demostraba su indiscutible veracidad. Haciéndose valer más que nunca, ante todo, la duda me llevaría a reformularme lo que sea necesario, en el momento preciso, para llegar a una verdad. Hoy puedo decir con seguridad de que es así. Me interioricé en mi cuerpo, logré conocerme cada día un poco más, llegué a comprender como reacciona mi mente ante tal o cual estímulo. Aprendí, casi con religiosa constancia, a apartar de mí los malos pensamientos. Me animé a deshonrar a Poe y Nietzsche, sometiéndolos a un exhaustivo interrogatorio. De aquellas preguntas, me di cuenta que ambos pensadores trastabillaban ante ciertas formulaciones; no sabían que responder en cualquier momento, ante cualquier pregunta, como creía antes. Entendí también que no eran dueños de lo absoluto, pero también me animé a formularme una verdad propia. Cuestione a mis queridos escritores, repensé algunas cuestiones, viví nuevas situaciones, y terminé dando por tierra más de una teoría que daba por irrevocable. Supongo que de eso se trata la vida, pero en cuanto tomé la iniciativa de transitar este sendero, los problemas exteriores y los choques dominaron el centro de la escena. Me topé con muchos individuos que no eran capaces de tal hazaña, que se desbocaban y destruían por sueños ajenos, por complacer a los otros. Las voces autorizadas de la sociedad son poco fiables, podría ponerlas en duda con simples argumentos, sin forzar demasiado las cosas. El operativo que permite este funcionamiento no se equivoca. Conoce la psiquis humana, y la domina casi por completo. Comprendí que solo una amorosa y cuidada educación familiar podía aportar herramientas para defenderse de la invasión mental, que por suerte había recibido de mis padres. Mi formación académica, a pesar de que dejó mucho que desear, no podría considerarla deficiente bajo ningún punto de vista, y me ayudó a ordenar un tanto las ideas. Obviamente necesite la experiencia y tropezarme y volverme a levantar para tener una mente clara. Los errores son parte del aprendizaje, y de esto me mantengo inexpugnable. No es posible concebir un camino de vida sin el error, no es posible planear un itinerario perfecto. Y acá estoy, sublimando libido y energías en este escrito. Vuelvo a escribir como Don Quijote vuelve a las andanzas después de su primera parte. Vuelvo a la locura, porque en ella me aferro. Escribir es un proceso doloroso pero necesario. Y acá estoy, nuevamente, arrodillado en el templo blanco, ante la mirada perversa de un Dios burlón.