Cuantas veces he caminado el sendero de la soledad sin percatarme de las bellos brotes a mis costados? Una vez un amigo me dijo que mientras más enfrascado uno se encuentra en la vida, entre asuntos personales y objetivos a alcanzar, menos disfruta del viaje, porque pierde el gusto por "perderse". Estamos tan dedicados a controlar cada minuto de nuestros pasos, para no dar uno en falso tal vez, pero también para no perder el control en cualquier momento. Qué es el control al fin y al cabo? Una engañosa treta de los seres vivos para autoconvencerse de que la vida posee patrones manipulables, que pueden sacarse resultados en base a una variable numérica y fija, como una tabla de derivadas. Lo más cierto es que el azar es mucho más nefasto en intenciones que esa voluntad meramente humana de controlarla. Bueno, en realidad no sabemos a ciencia cierta si el azar posee una voluntad, no hay conocimiento científico que lo avale; no obstante, la ciencia no puede meterse donde su método científico no logra producir más que un puñado de explicaciones algebraicas. Intentemos describir la fe cristiana o la creencia en apariciones con el teorema de Pitágoras, o aplicar una fórmula de diferencia de binomios para dilucidar que hay más allá de la muerte. Simplemente haríamos agua. Meterse en el fango y plantar semillas de manzana sería, con todo, una incoherencia insoslayable.
Qué puede esperarse de
la vida entonces? Una o varias estocadas de azar acaso? Con el pavor que eso
generaría?! No quiero ni pensarlo... Pero el punto no se trata sobre lo que yo
o los otros quieran o deseen (al menos en este punto). Se trata de lo que debe
aceptarse como tal. Y no se confundan. Con esto no quiero significar una
"rendición" o tregua con el azar y la vida, sino más bien de madurar
ciertos aspectos del carácter para hacerlos comulgar más afablemente con las
inclemencias de la realidad. La realidad no pega, ni pega fuerte tampoco. La
realidad solo es, se deja estar y ser. Un conjunto de eones, materia y átomos
traviesos que revolotean alrededor nuestro, y nos acarician las mejillas con
sus manos frías de química y física. Por suerte, la caricia atómica nos permite
existir al mismo tiempo que nos da ese pavor inefable; es casi como un doble
filo existencial, meternos miedo hasta por las orejas, pero al tiempo que nos
otorga un cariño particular (permitirnos la existencia material). Luchar contra
este coloso inmemorial, preexistente al sistema solar incluso, es como luchar
con el aire. Mejor, digo yo, sumarse a su bando con sensatez, aceptar sus reglas
de juego. El azar no contiene mal intrínseco, a diferencia de los hombres y
mujeres que, en su afán de conquista eterna del mundo, no paran de lastimar, de
abrir heridas ajenas ni soltar una parva de tonterías, de viejas equivocaciones
milenarias, que al final del día solo causan estupor y dolor. El azar tiene esa
capacidad: ser imparcial. Y con su imparcialidad se muestra más noble al trato
humano. Es justo con el fuerte y el débil, racional con el invalido y
necesitado de comprensión, la imparcialidad hecha carne en un ente superior y
abstracto. Reconciliarse con el azar es abrir un mundo de posibilidades y
disfrutes, aunque la muerte aceche y esté pronta, la mente abierta tiene
capacidades incalculables en comparación a los cerrojos neuronales del fanatismo
y la voluntad de control. Dejar de intentar controlarlo todo es una liberación
suprema, casi éxtasis demencial cuando uno aprende a desgajar cada miga de su
tierno pan, sin desvivirse por la nomenclatura de carbohidratos. Es aprender a
disfrutar un presente y desterrar de los labios aquel halito insoportable de la
negación a uno mismo.
Aunque parezca
ridículo, esto pensaba mientras caminaba una noche de verano por el centro de
San Martín, casi absorto por completo en mis pensamientos y preocupaciones.
Recuerdo que sentí algo así como un millar de recuerdos arremolinados dentro
del cerebro, haciendo gárgaras con mis miedos y escupiéndolos al aire. No los
pude callar, pero intenté darles otro sentido. Caminando por alguna u otra
calle, fijé la vista varias veces en los elementos más naturales a mi alcance.
Todos estaban íntimamente fusionados con lo urbano: el hormigón con la hoja
verde, el cemento con el pasto, los grises balcones y barandas recortados
contra el cielo azul, y las pocas flores de ciudad, todas juntas, creciendo a
centímetros de toboganes de cordón amarillo y postes de luz descascarados.
Había allí como una estirpe de fealdad indeseable, pero inevitable: la ciudad.
Comprendí que no tenía caso luchar contra los azares urbanos. Por un lado,
alguna parejita discutiendo por dinero; por el otro, algunos niños corriendo en
una plaza, y los adultos tomando mate, lejanos al murmullo infantil (casi me
pareció que habían olvidado cómo eran de niños). No me sorprende, yo también
olvidé como es ser niño, como es dejar fluir el azar, no controlar los vaivenes
de la vida, solo dejarme ser y estar. Se me ocurrió que, al menos casi por un
instante, pude volver a sentir esa libertad casi cósmica y etérea. Entendí, muy
al final de esa caminata, que el azar es inevitable, y me dejé llevar por las
ensoñaciones de mi tierna infancia por un largo trecho que ya no recuerdo. Es increíble,
pero por arte de magia, los pensamientos que antes me habían asaltado, se
desvanecieron por completo. Lo único que necesitaba era dejar fluir un poco.
Dejarme ser.