He
venido hasta aquí para comentarle, querido lector, que tengo la audacia
contestataria de dejar constancia de mi no participación (un poco al estilo
Cobos) en la renombrada serie del señor Martin, actual widespread content de la
cancerígena cadena HBO (existe el cáncer, y muchas veces no se diagnostica en
personas, está en el aire). No me hace ninguna gracia admitir la no
participación de quien les escribe, y menos en todas las reuniones sociales de
las cuales el tedio y el hartazgo hasta la nausea, donde la comida rápida del
siglo XXI causan estragos en los débiles nervios de un gentleman delicado. Mi
mente ha tenido que soportar con estoicismo las diferentes comparaciones de mi
persona con varias formas bochornosas de la existencia, tales como un ermitaño
desinformado, una lombriz que genera lastimosa culpa de matarla, o un pequeño
pajarillo indefenso. Seguidos de estas aberrantes afirmaciones, injustificadas
por cierto, algunos escupitajos a la cara, y otros redobles de tambor que sugerían,
en cierto desconcierto, una paliza inminente de los participantes (fans) a los
no participantes (yo), pelea notablemente injusta y cuya desventaja tendría que
haber previsto antes de emitir una terrible frase:
“Yo
nunca vi Got”
Estupefacción.
Candor general. Bochorno incontrolable. Caras indignadas. Embarazadas
sollozando como ante la tumba del hijo. Mucha sorna, mucho empeño febril en
hacer la burla al comandante de la estupidez, de un soldado valiente y abnegado
a su nación, pero lo suficientemente atolondrando para ser el centro de
atención, y que además, no solo ha tenido el tupé de admitir y también jactarse
de que no ha visto una de las series más aclamadas de la historia. Usted dirá:
“Pero si no es para tanto, estimado”. Pero cuanta maldad en esas gentes, y
cuanta maldad de mi parte también, porque no soy inocente. Como quien busca el
odio generalizado, me veo muchas veces en la situación de admitir aquello que
todos temen admitir, pero juro solemnemente que lo hago por deporte y que mis intenciones no son buenas. Por eso llevo siempre mi ropa interior adecuada a la ya mencionada filosofía de vida:
El
“deporte más sano del mundo”, me gusta llamarlo. Al menos yo lo veo así. El
deporte de alzar la voz, incluso cuando la voz está difónica. El deporte de
decir ‘mu’ en una granja de cerdos, o ‘guau’ en la casa de la vieja de los
gatos. Me veo tentado a acceder a una iglesia, ataviado de negro, Ozzy
Osborne a todo volumen. A esperar invitados y recibirlos por la puerta trasera.
“PERO
QUE SAGAZ!” - Ha de emitir el lector.
Y no se equivoca. Una sagacidad
inconmensurable la mía esta de hacerle ring-raje al policía del barrio (y para
que no se le ocurra otra cosa que indignarse, hacerle lero-lero a lo lejos, una
mano en una nalga y la otra atrevidamente posada sobre las bolsas escrotales).
Y que me comenta, querido lector, sobre mi aparente sagacidad? Acaso no se
siente incómodo, penetrado por una sagacidad tan sagaz que queda fuera de los
limites delineados por una cabeza sana y mundanal? Esta sagacidad, la que me ha
llevado a la penosa reyerta de participantes contra no participante, es de la que vengo a hablarle, sumada a mi última venganza, tan sagaz y vil como mi ser
completo.
Resulta que me entero del triste desenlace de GoT. Uno podría preocuparse
de, primero que todo, enterarse QUE se empeña en criticar la audiencia y que ha visto desmoronar sus ilusiones y hacerlas añicos en apenas unos pocos episodios. Puesto que desconozco la serie de principio a fin (nunca mejor dicho), había decidido bucear en las aguas turbias del desarrollo completo, hasta llegar al desenlace calamitoso, pero me
pareció más tentador dejarme llevar por una risa interna incontrolable, una
carcajada sincera de “me lo venía venir, no avisé, y que sagaz que soy. La
tengo atada por saber y no avisar”. De haber nacido unos años antes del
estallido de la segunda guerra, habría sido el más sagaz de toda la Argentina
al guardarme la certeza del próximo ataque de la gran Alemania hacia el mundo.
“Otra de tus sagacidades, queridísimo Meca”. Un anciano, indignado, diría:
“Pero si lo sabía, señorito. Por qué no dijo nada?”. “Es que soy un sagaz”,
diría con sorna, sobrando la sobrada experiencia malgastada del viejo. “Ah, ya.
Usted es uno de esos. Cuanta sagacidad, cuanta galantería, hombre!”,
proferirían sus labrios crispados en una mueca de agonía ante tal
inconmensurable sagacidad. Pero basta ya, que se sobreentiende mi sagacidad (me
parece, creo) y mi anterior conocimiento de la inminente catástrofe que se
avecinaba sobre las pobres cabezas de los participantes. “Pero por qué?”,
pregunta el lector ahora.
“Es
usted un hater, que usted está lleno de bilis, eso ocurre!”
Y
no estaría muy lejos, aunque si soy un hater, soy un hater con pipa, ataviado
con fina galera y monóculo a la inglesa, que pertenece a una cierta inteligentzia, pero con una fina
inclinación hacia un delirium tremens ad
honorem. Yo odio, pero mientras lo hago, me tomo un tecito de valeriana, al
rato que despotrico sobre los políticos con el meñique levantado, seguido de
una risita socarrona, un poco a lo Antonella Lamas en Patito Feo (telenovela tristemente célebre por la admirable actuación de Juancho "Tocanenas" Darthés).
“Pero
señor Meca, como es eso de que usted ya se esperaba el rotundo fracaso? Acaso
es usted vidente?” – se atreve a inquirir el lector
“Porque
ninguna serie –comento, en tono liviano, como quien se arregla el sobretodo con
la suavidad de una pluma y la firmeza de un bancario- está a la altura del hype
puro. Porque la espera, la esperanza, ese halito vital que exhala la vida, que
se acumula como las plegarias a un Dios indiferente, nos dimensiona y
distorsiona, nos desilusiona al final de la carrera, nos deja indefensos ante un
ganador que ha perpetuado alguna trampilla, derribado algunos caballos
enemigos, y finalmente envenenado a algunos competidores unos minutos antes del
comienzo”.
“Esto
es absurdus”, logra aventurar el lector
“No
lo est, queridisimus. Es que soy un sagaz”, replico sin titubear.
Y
usted morirá al instante ante tanta sagacidad. Todo indica que los niveles de
sagacidad del caballero aquí presente exceden toda norma de medición de la
sagacidad. No hay ring-raje que resista a semejante acto de galantería popular.
Por ello me entrego a la paliza que sé y deseo recibir a manos de los
participantes. Debido a esto, particularmente. Debido a la búsqueda de una
sagacidad lo suficientemente colmante (esta palabra la inventé, porque soy un sagasus) para la vida de este rebelde
sin causa.
“Usted
me quiere decir que ninguna serie puede resistir las inclemencias de un hype lo
suficientemente poderoso y prolongado a lo largo de varios meses?” – se
pregunta el lector.
Me
limito a responder:
“En
efecto, querido lector. El poderoso hype es la mercancía que mantiene viva al
subproducto” – comienzo a decir, sagazmente
“Pero
que descaro!” –grita indignado este lector que ve la posibilidad de herir al
malhechor de no participante que tiene enfrente. “Usted sugiere que la serie es
el subproducto y el hype el producto principal?”
“En
efectus, querisimo lector. Usted lo ha puesto de mil amores. Imposible ser más
clarus ante semejante desconciertus de tema”
El
lector, ahora dominado por una cólera interminable, con las venas hinchadas, la
cara roja, y la vergüenza en la garganta, ha de proferir: “Es usted un hater,
lleno de bilis, ignorante, descarado!”
“Oiga,
cálmese” – me tomo el atrevimiento de todo un sagaz. “No soy un hater, y si lo
fuera, sería uno con pipa, ataviado de…”
“Si,
si, la pipa y el monóculo inglés” – me interrumpe el lector, impaciente. “pero
digame una cosa… Acaso no posee usted alma y pasión? Usted no es un hombre, es
un monstruo lleno de ojos que sueña pesadillas anti filántropas”
Ante
tal aseveración me veo acorralado. Busco alguna sagacidad escondida, algún as
bajo la manga, algún truquillo que deje invalidada la verdad que mis oídos han
sopesado bajo un cielo tan claro y diáfano como Jesús en la cruz. La verdad me
ha sido vomitada frente a mis ojos, y la sagacidad se quiere ir por el inodoro.
“Eso
no se lo permito, queridísimo. Yo, un anti filántropo? Absurdus! Me siento
cómodo con mi verdad”
“Pero
es la suya, estimado. No contradiga la felicidad ajena. No se haga monstruo, no
degluta a los hombres. Ayúdelos, mejor. Dele herramientas para entender su
desgracia y superar sus obstáculos. Hágase un hombre, el papelito de quimera
devoradora déjela para los políticos”, dijo astuto, un lector muy avispado.
Debo
confesar que con esta última oración me conquistó. Había nacido el amor. Pensé
que no sería posible en un mundo para nada idílico, esto de enamorarse. Y eso
que uno es un sagasus, y se atreve a llamar stultum a todos los hermanos que le
rodean. Pero al final, el sagaz es un hombre, y el monstruo solo destruye. La
palabra monstruo resonó en mi cabeza por unos instantes. Tendría que ir al
diccionario para buscarlo.
Monstrum:
prodigio, el que presagia algún grave acontecimiento/ monstruo, monstruosidad.
“El
que presagia algún grave acontecimiento?”, pensé. “Dios mio! He tirado una
bomba a la filantropía de este afable universo humano! He hecho el mal, debo
arreglarlo!”, pensé para mis adentros. Y decidido a enmendar un error de grueso
calibre, cité al lector a estas adorables páginas que ahora lee sin saber que
ya ha entablado conversación con este sagaz no participante.
“Usted
me ha citado. Digame, queridísimo y sagaz, que se le ofrece?”, preguntaría
usted, amable lector.
“Efectivamentem,
queridisimus. He pensado largo y tendido sobre lo que me dijo el otro día (por
“largo y tendido” entiéndase 5 minutos antes de irme a dormir y una búsqueda de
diccionario). Una afrenta que apenas ha superado mi sagacidad, pero que mi
orgullo de hombre ha visto más comprometedora aún.
“No
le culpo por ser un imbécil, estimado”, dice un tanto de soslayo el marqués
lector participante.
“De
ningún modus le permito la afrenta. Creo haber sido sincerus al aproximarme al
tedium que requiere abordaro este asuntum tan particularitus del que se trata
GoT”, le digo, un poco con sorna. Algo me decía que los latinismos no se
detendrían hasta muy avanzado el encuentrum. Seguí: “El hype es un elemetiam
esencialus en la creación de cualquier ficcionitas, non me malinterpretiam,
estimadisimus”
"Efectivamentem, queridisimus", espetó el conde Sagasus |
Quise
dejar en clarum que se había poseído de mi cuerpum un spiritas de afectación y
derroche de lujo y galantería. No podía detenerum. Todo se hacíam dificilitae
por mi animosa predispositio a la exageratio de mi suntuosa lingua. No pude
salirme con la mía. La excusa había perdido el brío en mi garganta antes de ser
proferida. Solo llegué a emitir un débil sonido, farfullando con la poca
capacidad de los músculos de la lengua, en un vano intento de hacerme merecer
el respeto debido de caballero: “Ist qua soy un sagasus”, susurré, las venas
del cuello apretadas contra el cuello de la fina levita. Había caído en la
cuenta de la inútil repetición a la que me sometía y que había perdido su
efecto humorístico algunos párrafos atrás. La explicación cobró, por último,
aquellos tintes de estupefacción y patetismo que, a fuerza de mi alma toda,
intentaba no imprimirle a mis palabras. Había dejado en claro una cosa: Era un
canalla, voz debilitada, orgullo apabullado. Ignominioso banquete el que me
había montado para que se lo comiesen, al final y un poco por lástima, las
ratas de la desdicha y la afrenta.
“Otra
afrenta más y moriré aquí mismo”, me dije.
Pero
el lector redobló la apuesta y se mostró compasivo. Se lo debo, es un favor
que, como el caballero que soy, deseo fervientemente que se haga honor a tan
humilde espíritu humano. Me dejó publicar estas palabras, me escuchó atento y
parsimonioso. Me ha dejado explicar el punto, y ahora ha desistido en salvarme
de las garras del demonio de la ignominia. Y no puedo sentirme más a gusto con
su decisión. Porque me lo merezco, soy un canalla. Un canalla sagasus, un
caballero de la afrenta y la desdicha, y me hago eco (Umberto) de mis honores
como sagasus muriendo como tal. Finalmente le dije al lector: “Usted tiene
razón, soy un canalla. Jamás volveré a enfrentarme al mundo. Ahora quiero paz (Marcos), y se la debo a usted, señor, que me ha abierto las puertas del
entendimiento con una facilidad que dejaría perplejo al prestidigitador más
talentoso”.
“No
hay de qué”, me dijo, sonrisa burlona en cara.
Aquella sonrisa majestuosa, pero
vil, malintencionada. En mis entrañas se revolvió el caldo de la ira. Un jugo
espeso y corroído me subió por el tubo, llegando a acidificar mi paladar, y
evaporándose como los efluvios de una noche de rocío. Antes de largarlo, como
un grito acuoso, quise doblegarlo y comprimirlo para dejar lugar a una última
astucia. Algo que logre imprimirle a mi afrenta publica algún toque redentivo.
Una jugada de ajedrez maestra, una inesperado giro de tuerca a lo Henry James.
Busqué en los fondos más oscuros de mi mente, tanteando la oscuridad para
hallar un escondite y un pozo, donde oscila, por arriba, el filo brillante de
un péndulo. Me acerqué al pozo, inclinando levemente la cabeza hacia delante
para escudriñar el interior. Allí encontré a una dama vestida de blanco, cuyos
dotes y silueta, recortada contra la negrura del pozo, resaltaban audazmente
sus cualidades: la blancura de la piel, la marca de la inocencia. Pero algo de
su fisonomía no estaba en tono con su exuberante porte. Las muecas del rostro. Esas
muecas se contorsionaban, mostrando un semblante de agonía y pesadumbre; los
ojos tristes y la mueca de un asco interior se apartaban de cualquier semblanza
general de una mujer en bienestar psíquico. Aquella musa subió del fondo hasta
arriba, donde me encontraba, sitiado por los demonios de la parálisis. SE
acercó al oído y me susurró, casi sin aliento, un tono que se asemejaba
extrañamente al gutural, pero en tonos bajos, casi latidos, muertos por el
espasmo de la garganta, inútiles y que desecharon la longeva practicidad de las
cuerdas vocales humanas para comunicar ideas, tan abominables en este caso,
como la negrura del pozo. Contemplé, no sin desconcierto, como los labios
comenzaron a dibujar un fresco terrible sobre el aire, ingresando por mi oído
izquierdo, y culminando en la vena aorta, apretándola, después de recorrer
todos los recovecos del fibroso cerebelo. La dama había aventurado un
pensamiento atroz y despiadado! Mientras lo ejecutaba, maldecía y se reía, y
yo, indefenso, me retorcía, rechazando la idea temerosa, una idea repleta de un
daño colosal. Repitió la frase cuantas veces creyó necesario, y ahora,
devastado, no podía olvidarlas:
“Péguele
al lector donde más le duele”
Recordé
súbitamente que llevaba conmigo un pedazo de cartón y un fibron indeleble Faber
Castel (ambos convenientemente guardados en el interior de mi levita), y
comencé a trazar unos despiadados mensajes sobre el marrón del cartón, con el
pulso herido y quejumbroso. Logré, a duras penas, un mensaje lo suficientemente
convincente como para deslumbrar al lector y sumirlo en un pozo de depresión
instantáneo. Antes de que se retirase, tomé al lector por la solapa del cuello,
lo traje hacia mí, dándole un caluroso abrazo fraternal. Entrelacé mis brazos,
acercando el cartón, ahora convenientemente provisto de un pequeño moño de
cinta adhesiva, y se lo pegué debajo del cuello, afirmándolo con suaves
palmadas que me esforzaba en encubrir por un apaciguamiento de su ánimo,
entrelazado con palabras de afecto y consideración por la anterior reyerta. El
lector se alejó, feliz de haberse reconciliado con un no participante, y yo,
vilmente parado, bajo un cielo gris que anunciaba una terrible tormenta,
viéndolo escapar, despreocupado, ignorando la bajeza de la que había sido
víctima. Me imaginé su cara al leer la odiosa frase. Cuanto horror! Cuanta
ansiedad que encierra el mundo del hype, mis estimadus! No tiene fin, la
desgracia. Aquella desgracia que, como dice Poe, conforma un vasto arcoíris de
padecimientos, tan diferentes pero íntimamente ligados entre sí. E inevitables.
Con aquello me contenté. Con la ansiedad y agonía que someterían los nervios
del lector, al descubrir, en un errante intento de rascarse un omóplato, la
existencia del terrible cartel, que rezaba, ni más ni menos que:
“Si
el final le decepcionó, espere el nuevo libro”
No
serviría de mucho tiempo, quizás el libro terminara por salvar la serie. O no?
Qué tal si la hunde? Qué tal si las esperanzas son enviadas a una fosa común de
pestilencia? No hay pruebas que refuten un triunfo, como tampoco un nuevo y
posible fracaso. Aquel lector, indefenso, se pasaría horas frente a la computadora,
esperando el ansiado lanzamiento. Y mientras tanto, yo sonreía como demonio
impío ante su inevitable sufrimiento.
Estoy ataviado con fina levita, suntuosa galera
y monóculo inglés, querido lector, pero he hecho esto y cosas peores… Porque
soy un sagasus...